Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología
No son solo las máquinas que usamos, esos móviles a los que no podemos cambiar la batería cuando ya no funciona, porque ni siquiera podemos abrirlos para sacarla. O esos coches eléctricos con los que, para arreglar el menor ruidito, más que saber mecánica hay que hacerse un máster en informática.
También es el software que usamos, esas aplicaciones que nos retocan una foto o esos sistemas operativos que nos permiten escribir solo con pinchar un icono en la pantalla, pero no tenemos ni idea de cómo funcionan, ni qué mecanismos –envío de datos privados en segundo plano, por ejemplo– se mueven tras bambalinas cuando los tenemos encendidos. Vivimos rodeados de cajas negras, objetos tecnológicos de los que dependemos en nuestro día a día, pero, obedeciendo a las más oscuras leyes del secreto comercial, nos llegan sin libro doméstico de instrucciones, solo aptos para su reparación y comprensión por expertos cualificados.
“¿Es posible luchar contra esta pobreza modernizada que nos sumerge en la impotencia y nos convierte en meros autómatas?”, se pregunta el profesor de filosofía Luis Ángel Campillos Morón. Podríamos, por qué no, aprender a programar para no ser programados. En la era de la inteligencia artificial, es más necesario que nunca, “para entender y supervisar lo que generamos con estas tecnologías”, opina la investigadora en internet de las cosas Paula Lamos, que propone en su artículo unas cuantas herramientas fáciles para programadores caseros.
Otra arma que podemos utilizar para no sentirnos indefensos es la información. Podemos aprender, por ejemplo, cómo funcionan los algoritmos que parecen leernos la mente y ofrecernos justo ese producto que sin saberlo necesitábamos. O enterarnos de qué son esos avatares animados por IA generativa con los que hablan los chavales cuando videojuegan –gracias, FundeuRAE por incorporar este verbo maravilloso que, aunque también cuenta con honorables detractores, nos permite prescindir de su versión extendida y redundante–.
Saber lo que virtualmente se cuece ahí fuera es el primer paso para tomar el control de nuestra vida digital. Igual nos motiva apostar por software (de inteligencia artificial o no) de código abierto para el beneficio de la humanidad, y detectar esos otros (la mayoría) que, digan lo que digan, son cerrados para beneficio de unos pocos, incluidos, sí, AlphaFold o DeepSeek.
Un buen berenjenal, sin duda, en el que no estarían de más nuevas reglas actualizadas. Porque buenas intenciones como la Ley de IA europea necesitan, para ser prácticas, un contexto jurídico que permita aplicarlas y prevenir los daños en vez de centrarse solo en su reparación a posteriori. Además, cada vez serán más necesarias normas para aplicar en los conflictos que surgen en entornos virtuales. Y eso, sin hablar de neuroderechos para defender nuestra integridad frente a chips cerebrales que puedan manipularnos.
Mucha tela para cortar que, mejor, dejamos para otro día.
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– ref. La selección: sobrevivir a la invasión de las cajas negras – https://theconversation.com/la-seleccion-sobrevivir-a-la-invasion-de-las-cajas-negras-251731

