Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation España
En la adolescencia me dio muy fuerte por leer a Jane Austen. Y después de devorar sus seis novelas, cada día me identificaba con una de sus heroínas: “me siento tan Fanny Price”, “es que esta réplica era tan Elizabeth Bennet”, “en esta situación he sido tan Emma Woodhouse”.
Por eso, cuando los adolescentes y jóvenes de ahora abrazan en redes sociales las Noches blancas de Dostoievski, al grito de “es que soy yo literal”, no puedo menos que entenderlos. Los llamados clásicos lo son por algo, y es porque nos apelan más allá del tiempo y del espacio. Porque lo que Marcela reclamaba en El Quijote sigue siendo lo mismo que piden tantas mujeres en 2025. Porque la paz que buscó Thoreau cuando se fue al bosque a pensar en soledad (aunque con cuidados maternos mediante) es lo que muchos ansiamos en esta primavera incipiente que se antoja movidita. Y porque cuando Arthur Miller denunció, a partir de sucesos del siglo XVII, la “caza de brujas” de Joseph McCarthy no lo sabía pero hablaba también de los linchamientos en redes sociales.
Pero no olvidemos, además, que la mayor parte de lo que hoy consideramos “clásicos” fueron en su época literatura popular. No nacieron en las alturas. La gente elevó esas obras, acudió a las representaciones de los dramas y se bebió por entregas los capítulos de las novelas por una razón muy simple: porque sentía una conexión con ellos.
Y la misma razón es la que hace que sigan entre nosotros.
Hace un tiempo sacamos una sección llamada “Clásicos cercanos”. En ella queremos, precisamente, acercar los clásicos a quienes ahora los miran desde una posición de miedo o respeto. Queremos bajarlos de su pedestal histórico y devolverlos a quien debe poseerlos: todo el mundo. Cualquier excusa es buena para hablar de un libro totémico y acercarse a él. Desde el estreno de la serie de televisión que lo adapta, hasta el escándalo de una representación que lo censura. Desde la condición mitológica del amor romántico y sus toxicidades hasta el poder decisivo que tuvo una mujer –Ofelia– para elegir su propio destino frente a un protagonista que no era capaz de hacer lo que sabía que tenía que hacer.
Para finalizar, y recordar la importancia que tienen los clásicos para el pueblo, cualquier pueblo, siempre me gusta pensar en el martes 6 de enero de 1920. En esa mañana, miles de madrileños se echaron a las calles a despedir con lágrimas y honores el féretro de Benito Pérez Galdós. Que la ciudadanía abarrotase aceras y calzadas para homenajear a un escritor indica que don Benito merece que le miremos no como a un sabio alejado de la tierra y aupado al canon literario, sino como a un igual. Alguien de la familia.
Un igual que, por supuesto, atravesaba el alma de sus personajes y, al hacerlo, conseguía hablarnos de nosotros mismos. Un clásico cercano.
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– ref. La selección: Clásicos cercanos – https://theconversation.com/la-seleccion-clasicos-cercanos-252945

