Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Díez Ruiz, Professor, Faculty of Education and Sport, Universidad de Deusto
Donald Trump vuelve al centro del tablero con una estrategia comercial tan agresiva como simbólica. Ha anunciado una nueva política de aranceles, pretende negociar individualmente con cada país europeo, se ha erigido en el negociador indispensable para las guerras en curso, ha renombrado el Golfo de México y, en un gesto que roza lo grotesco, ha expresado su interés en comprar Groenlandia.
A simple vista, todo parece parte de un teatro político. Pero detrás de estos movimientos hay una lógica coherente –aunque inquietante– basada en su forma de entender el poder y la negociación.
Una estrategia de máxima presión
La esencia de esta táctica se basa en desestabilizar el marco normativo existente para imponer nuevas reglas de juego más favorables a los intereses estadounidenses. Trump no busca acuerdos multilaterales ni soluciones equilibradas: prefiere negociar de uno en uno, rompiendo bloques y alianzas.
Se trata de un golpe en la mesa para intentar redibujar el tablero y repartir nuevas cartas en el momento en que no le gusta cómo se está desarrollando la partida. En lugar de sentarse con la Unión Europea como un todo, opta por fragmentar el frente europeo, aprovechando las diferencias internas entre países.
Esta estrategia que algunos llaman diplomacia transaccional, clásica en el mundo empresarial, busca dividir para vencer. En geopolítica, sin embargo, los daños colaterales son mayores y más duraderos.
Una táctica coherente con su biografía
Trump es un empresario antes que un político. Su libro The Art of the Deal ya anticipaba el enfoque que ha llevado a la política exterior: generar tensión, ofrecer amenazas creíbles, mostrarse impredecible y capitalizar la confusión para obtener ventajas.
Steve Bannon, uno de sus antiguos asesores, se refería a la idea de “inundar la zona”: abrir tantos frentes y hacer tanto ruido mediático que no fuera posible sentar las bases de un diálogo racional. Lo importante no es el equilibrio global sino el beneficio inmediato, visible, preferiblemente cuantificable y presentable como victoria doméstica.
En este contexto, aranceles, declaraciones incendiarias o “comprar Groenlandia” no son ocurrencias aisladas, sino parte de una estrategia de presión que busca reafirmar el eje de poder estadounidense y hacer de contrapeso ante el ascenso chino de las últimas décadas.
¿Es este el estilo de negociación estadounidense?
La cultura negociadora de EE. UU. suele ser directa, estar orientada a resultados y poner el énfasis en el interés nacional. Sin embargo, Trump lleva esta lógica al extremo: rompe con el enfoque diplomático tradicional, basado en la construcción de alianzas y la confianza mutua, y se mueve en el terreno de lo unilateral y lo disruptivo.
Su visión es la del poder como imposición, no como influencia. No le interesa tanto el consenso como la ventaja. Actúa, en ultima instancia, ejerciendo coerción sobre el resto.
¿Qué es lo que realmente pretende?
Más allá de lo comercial, Trump apunta a reconfigurar el orden internacional. Busca un mundo donde EE. UU. actúe como potencia autónoma, sin verse limitada por tratados, bloques o instituciones multilaterales.
La lógica subyacente es la del realismo político: cada Estado vela por sí mismo, y los más fuertes imponen las condiciones. El creciente ascenso chino le plantea la coyuntura de que, si no lo intenta frenar ahora, quizás luego será demasiado tarde. La paradoja es que, quizás por lo desacertado de estas medidas, lo que consiga en última instancia sea el aceleramiento del sorpasso chino como primera economía global.
Todo parece indicar que quiere consolidar una posición hegemónica para EE. UU., utilizando la economía como herramienta de poder y la política exterior como un escenario de negociación dura. No es tanto un plan estratégico a largo plazo como una serie de movimientos tácticos que, acumulados, buscan recolocar el centro de gravedad global.
No obstante, el efecto más previsible lo enfrentará la propia economía (y ciudadanía) estadounidense con una mayor inflación.
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La estrategia de Trump no es improvisada, sino coherente con su manera de entender el mundo. Pero sus consecuencias pueden ser profundas pues erosiona alianzas históricas, incrementa la desconfianza global y abre las puertas a nuevos equilibrios de poder que otros países –como China o Rusia– seguramente sabrán aprovechar. Quemar puentes siempre fue más fácil que construirlos.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. Trump y el arte de desestabilizar: aranceles, fragmentación y geopolítica a golpe de titular – https://theconversation.com/trump-y-el-arte-de-desestabilizar-aranceles-fragmentacion-y-geopolitica-a-golpe-de-titular-254560

