Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Muñoz van den Eynde, Responsable de la Unidad de Investigación en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UICTS), Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT)
Las transformaciones que han tenido lugar desde el fin de la Guerra Fría han aumentado la polarización política en muchas partes del mundo hasta niveles nunca vistos. Las diferencias y los conflictos se alinean, generando además una intensa reacción emocional: negativa hacia el “otro”, pero positiva y acrítica hacia los “nuestros”. Se construye así una dinámica pueblo-antipueblo.
En combinación con la desinformación, la verdad también se polariza: hay una por cada ideología o clase social. Por ello, se hace difícil construir significados compartidos.
La polarización afecta a la esfera política y social, influye en la confianza en las instituciones y condiciona cómo se percibe la ciencia.
En el siglo XXI se suceden las crisis. La combinación de la polarización con el malestar que las crisis generan está produciendo a nivel mundial una tendencia a desconfiar de las personas que piensan de manera distinta, creen en otros valores, afrontan los problemas de manera diferente o tienen un estilo de vida o un nivel cultural distinto del nuestro. Eso contribuye a que se confíe más en las recomendaciones de personas cercanas que en las de los expertos.
La información se valora por su utilidad identitaria
La desinformación es un elemento central a la hora de construir los nuevos contextos en los que se inscribe la percepción social de la ciencia. No se reduce únicamente a la difusión de contenidos falsos, sino que configura un ecosistema en el que la información contrastada compite con bulos, interpretaciones interesadas y mensajes orientados a activar emociones.
La información deja de valorarse por su veracidad y pasa a consumirse en función de su utilidad identitaria y emocional. Es lo que conocemos como razonamiento motivado, entendido como la tendencia a aceptar y compartir aquella información que confirma las propias creencias, y a sospechar de la que las contradice.
Como señaló Harry Frankfurt en su libro On Bullshit: sobre la manipulación de la verdad, cuando las personas mienten, creen en la verdad y, como les importa, se esfuerzan por ocultarla. En un contexto de desinformación, la verdad deja de ser importante y se tergiversa para conseguir un objetivo o, simplemente, para controlar la narrativa.
Este es el caldo de cultivo del que se nutre el conspiracionismo. Ofrece relatos simples, cohesionadores y críticos, capaces de ordenar la incertidumbre atribuyendo causalidad a la acción oculta de élites, gobiernos o intereses privados.
La pandemia de la covid-19 intensificó de forma extraordinaria la interacción de estos elementos en su relación con el conocimiento científico. El temor social, la incertidumbre en las decisiones y el conocimiento limitado, coincidieron con una circulación masiva de bulos sobre el origen del virus, las medidas sanitarias y las vacunas. Como resultado, se dudó de la veracidad de la información y se cuestionó la legitimidad de las instituciones científicas, sanitarias y políticas.
Esta sospecha hacia la ciencia y las instituciones adquiere una expresión política e identitaria, dando lugar a lo que conocemos como populismo científico: la idea de que la gente corriente es una fuente legítima, o incluso superior, de conocimiento frente a unas elites académicas corruptas que se perciben como agentes con agenda propia que proclaman la verdad desde su torre de marfil. Esta revolución del sentido común supone una impugnación de la hegemonía cultural de los expertos en la que se cuestiona el privilegio de decidir qué cuenta como verdad.
La percepción social de la ciencia
Teniendo en cuenta este contexto, hemos preguntado a la población su opinión sobre distintos aspectos involucrados en la percepción social de la ciencia en el marco del proyecto PICA-CI y hemos analizado algunas de estas tendencias para intentar entender mejor la situación en la que nos encontramos. Estas son algunas de las conclusiones:
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Explicamos bien el conspiracionismo con cuatro variables: ideología (la más importante), exposición a noticias positivas sobre ciencia, exposición a noticias negativas sobre ciencia y actitud conspirativa hacia la misma. Cuanto más conservadoras las personas, más exposición a noticias negativas y más actitud conspirativa hacia la ciencia.
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La actitud conspirativa hacia la ciencia no es en realidad una actitud hacia la ciencia, sino un componente del conspiracionismo. Es decir, la ciencia se ha convertido en una institución más de las que desconfiar para quienes piensan de manera conspirativa.
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Las personas más conservadoras confían menos en el gobierno, la democracia y la justicia. Se puede interpretar este resultado como un efecto de la polarización. Habría que ver qué ocurre con un gobierno conservador.
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La ideología tiene un efecto doble en la imagen de la ciencia que va en sentido contrario. Influye negativamente a través del conspiracionismo. Pero influye positivamente de manera directa: las personas más conservadoras tienen una actitud más positiva ante la ciencia y mayor conocimiento de ella, aunque su actitud ante la ciencia es más idealizada y acrítica.
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Cuanto más se piensa de manera conspirativa, menor conocimiento se tiene sobre ciencia.
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Las personas muestran una imagen positiva de sí mismas, pero muestran una peor imagen de los demás; por ejemplo, están de acuerdo con la frase “la gente se irrita por cualquier cosa”. Es lo que hemos llamado clima social.
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Al intentar medir la actitud negativa hacia la ciencia, ha tenido más peso la idea de que está manipulada (“La ciencia está al servicio del poder”) que la actitud puramente negativa (“La ciencia no se preocupa por las necesidades de la gente”).
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Las personas más interesadas, y las que saben más, tienen una actitud más positiva hacia la ciencia. En cambio, el conspiracionismo disminuye esa actitud positiva.
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Confiar en las instituciones contribuye a tener una actitud idealizada hacia la ciencia. El conspiracionismo, sin embargo, ejerce el efecto contrario, pero influye menos en esta actitud que en la positiva. Esto sugiere que las maneras de pensar extremas se acaban tocando porque tener una imagen idealizada y poco realista de la ciencia también es negativo.
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Es habitual encontrar un alto interés por la ciencia en la población. Nuestros resultados coinciden pero, al mismo tiempo, muestran un menor interés por aprender o por invertir tiempo y esfuerzo en mejorar la comprensión de la ciencia.
Los resultados muestran que la realidad no es blanca y negra. Muestran también que la imagen de la ciencia es muy compleja. En este escenario, reconstruir la confianza en la ciencia exige algo más que combatir bulos: implica generar espacios compartidos, reforzar la educación crítica y reducir la polarización.
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Ana Muñoz van den Eynde recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología y es socia de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia.
Ramón Iker Soria Royuela recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología.
Unai Coto Suárez recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología
– ref. 10 claves por las que la ciencia puede perder terreno en una sociedad desinformada – https://theconversation.com/10-claves-por-las-que-la-ciencia-puede-perder-terreno-en-una-sociedad-desinformada-280237

