Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Marín Serrano, Profesor Titular de Universidad. Psicología del Lenguaje. Psicología del Pensamiento, Universidad de Murcia
Don Quijote y Sancho Panza avanzan por los caminos de La Mancha mientras mantienen una larga conversación. En su diálogo se corrigen, se malinterpretan, se acompañan y se influyen, y en ese proceso cada uno transita por la mente del otro.
– O yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.
– Peor será esto que los molinos de viento –dijo Sancho–. Mire, señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
–Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Cervantes convirtió esa larga conversación que se desarrolla entre Don Quijote y Sancho en uno de los grandes escenarios de la literatura, pero también en una magnífica intuición validada por la psicología actual: conversar es construir un espacio común entre dos mentes distintas.
En el pasaje citado, la referencia a “los molinos de viento” funciona como un indicador a un episodio pasado ubicado en el “common ground” o “terreno común”, que es como definen los expertos aquello que los interlocutores comparten: conocimientos, recuerdos, supuestos, experiencias, normas, expectativas y formas de interpretar una situación.
Sancho presupone que ambos comparten la memoria evocada, aunque no compartan su interpretación. El common ground puede incluir también el conocimiento mutuo de un desacuerdo: Sancho presupone que Don Quijote interpretará caballerescamente la escena, mientras que Don Quijote asume que Sancho le corregirá desde su realidad ordinaria y práctica.
Más que intercambiar información
La psicolingüística contemporánea ha mostrado que una conversación es mucho más que hablar por turnos. Mientras escuchamos a nuestro interlocutor, anticipamos lo que va a decir, valoramos sus intenciones, recordamos lo ya dicho, calibramos el tono emocional de sus expresiones y vamos preparando nuestra respuesta. Todo eso sucede a una velocidad extraordinaria.
La conversación fluida exige que la comprensión y la producción se superpongan parcialmente: no esperamos a que el otro termine, vamos proyectando posibilidades mientras escuchamos para ir elaborando nuestra respuesta.
En el núcleo de este proceso está el citado concepto del common ground o terreno común. Curiosamente, los expertos advierten que para que funcione ese territorio compartido no basta con que exista (es decir, que se compartan conocimientos, creencias o experiencias y expectativas), sino que se debe reconocer mutuamente, se debe ser consciente de que existe.
Por eso, gracias a ese saber y entender común, muchas conversaciones pueden ser económicas, alusivas y sorprendentemente eficaces entre amigos o familiares: una frase mínima puede activar una historia completa. En cambio, entre desconocidos hay que explicar más, precisar más, construir desde un terreno raso.
Malentendidos y ajustes
El common ground explica también la alta frecuencia de los malentendidos. Ese contexto que suponemos compartido en ocasiones no lo es. Asumimos como evidente una ironía, una alusión o una intención, para luego chocar con la realidad de la incomprensión o estupor ajeno.
La salud conversacional depende en gran medida de la reparación de esas descoordinaciones: preguntar, aclarar, reformular, volver atrás, decir: “no, no quería decir eso”. La conversación no es un mecanismo perfecto, es una práctica frágil que se sostiene mediante ajustes continuos.
Imaginar la mente del otro
Por eso adaptamos nuestras palabras al interlocutor: elegimos ejemplos, nivel de detalle, tono y grado de confianza según quién nos escucha. Esta adaptación, conocida como audience design (“diseño para la audiencia”), exige representarnos la mente del otro. Conversar implica preguntarse qué sabe, qué ignora, qué puede inferir. Decidir qué le puede resultar claro, ofensivo, ambiguo o innecesario.
Cuando dos personas conversan, tienden a establecer, mantener y actualizar permanentemente el terreno común. A esto contribuye también el alineamiento lingüístico: pactos implícitos con nuestro interlocutor para utilizar etiquetas que reduzcan el esfuerzo referencial.
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Por ejemplo, en una conversación cotidiana podemos preguntar por una camisa que andamos buscando y nos cuesta describir: “una que es de color beige claro, con un bolsillo y los puños…”, hasta que damos con una clave de reconocimiento: “la que llevé a la boda de Julia”. A partir de ese momento, la referencia conversacional a la camisa buscada se resume en “la camisa de la boda de Julia” o quizás simplemente “la camisa de la boda”.
Ese alineamiento reduce el esfuerzo comunicativo, pero también tiene una dimensión afectiva: repetir una palabra del otro, adoptar su ritmo o aceptar su forma de nombrar algo puede ser también una manera sutil de mostrar atención, cercanía o complicidad.
Es interesante mencionar que también existe algo parecido, pero en la propia mente, en el proceso de escritura: cuando escribimos lo que pensamos, estamos de alguna manera alineándonos con nosotros mismos.
¿Y en un segundo idioma?
Cuando la conversación se produce en una segunda lengua, el alineamiento tiende a ser menos automático y más dependiente de factores como el nivel de competencia lingüística o el esfuerzo cognitivo.
Por ejemplo, en una interacción entre un hablante nativo y un estudiante de segunda lengua, el estudiante suele repetir partes de lo oído. Cuando escucha “a blank sheet of paper” (un folio de papel en blanco), el estudiante puede responder “a blank piece of paper” (un trozo de papel en blanco), alineándose en parte, pero evitando la expresión menos segura para él: mientras que la palabra sheet para referirse a un folio de papel puede ser menos conocida, el recurso a la palabra “piece”, trozo, es más accesible.
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En ocasiones, el hablante de segundo idioma evita alinearse cuando está inseguro de una forma lingüística. Por ejemplo, si su interlocutor usa “they gave you one as a gift” (te dieron uno de regalo), el estudiante puede comprender la estructura pero responder “they gave one to me as a gift” (me dieron a mí uno de regalo), manteniendo su propia construcción más controlada con la partícula “to” para especificar el complemento indirecto, aunque en inglés no sea imprescindible.
En estos casos, el alineamiento no desaparece, pero se vuelve selectivo: el hablante ajusta unas partes del enunciado mientras conserva otras que le resultan más accesibles o seguras.
Miradas opuestas, territorio compartido
Las conversaciones de Don Quijote y Sancho no eliminan la distancia entre ambos. Don Quijote no cesa en su mirada caballeresca del mundo, ni Sancho abandona su prudente saber popular. Pero el diálogo abre entre ellos una zona intermedia y compartida donde esos mundos pueden conocerse sin confundirse. Su encuentro se produce en el terreno común: un espacio verbal donde las diferencias no desaparecen, pero se tornan habitables.
El common ground no es solo un mecanismo cognitivo útil para interpretar frases. Es una de las bases de nuestras relaciones personales y sociales. Las amistades, las familias, las parejas, los grupos profesionales y las comunidades políticas dependen de historias compartidas, palabras comunes, referencias reconocibles y modos relativamente estables de entender lo que se dice.
Cuando ese terreno se empobrece, la conversación se vuelve más costosa, más defensiva y propensa al malentendido. Cuando se cultiva, permite la confianza, la cooperación, la pertenencia y el reconocimiento mutuo.
En una época marcada por la comunicación fragmentaria y la sustitución de la conversación natural por intercambios editados, breves o polarizados, conviene recordar que hablar con otros no es solo transmitir información.
Conversar es crear un espacio para que una mente pueda acercarse a otra. Tal vez ahí resida una de las funciones más profundas de la conversación: construir el suelo común sobre el que puede sostenerse el camino de nuestra vida compartida.
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Javier Marín Serrano recibe fondos del ministerio de ciencia, investigación y universidades y la fundación Séneca (Comunidad Autónoma de la Región Murciana) a través de la financiación de las ayudas a la realización de proyectos de investigación.
Olena Vasylets no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Conversar no es solo hablar por turnos: cómo nuestras mentes construyen un terreno común – https://theconversation.com/conversar-no-es-solo-hablar-por-turnos-como-nuestras-mentes-construyen-un-terreno-comun-281600
