Source: The Conversation – (in Spanish) – By Almudena Gómez-Ramos, Profesor Titular de Economía, Sociología y Política Agraria, Universidad de Valladolid
El sector agrario atraviesa una profunda transformación impulsada por los ajustes que exige el mercado, el impacto del cambio climático y las crecientes demandas ambientales procedentes de Europa. En este contexto, la innovación ya no es una opción, sino una condición imprescindible para la supervivencia. Quienes no logran adaptarse corren el riesgo de quedar fuera, como ya está ocurriendo con numerosas explotaciones que desaparecen o son absorbidas por otras de mayor tamaño.
En España, menos de tres de cada diez explotaciones agrarias están dirigidas por mujeres y, en promedio, son más pequeñas y menos rentables. Aun así, muchas agricultoras y ganaderas lideran transformaciones clave en el medio rural mediante la innovación, la diversificación y nuevas formas de producir y comercializar, aunque a menudo su papel siga siendo poco visible.
Durante décadas, el trabajo de las mujeres en la agricultura y la ganadería ha quedado diluido en el ámbito familiar, como si fuera una prolongación natural de los cuidados y no una actividad económica con identidad propia. No es que no participaran: es que su contribución rara vez se reconocía como tal. Esa invisibilidad histórica sigue proyectando su sombra en el presente. Persisten esos roles asignados y una falta de autovaloración de su trabajo y de lo que este implica.
Y es ahí donde reside la paradoja: aunque las mujeres siguen siendo minoría en la titularidad de las explotaciones, están protagonizando una parte significativa de los procesos de innovación que están transformando el sector agrario.
Algo está cambiando en el campo
Hoy, muchas agricultoras y ganaderas no solo participan en la actividad agraria, sino que están impulsando formas distintas de innovar. Porque innovar en el campo no consiste únicamente en incorporar maquinaria más avanzada o adoptar nuevas tecnologías –aunque ellas también lo hacen–. Es, cada vez más, repensar el modelo productivo, explorar nuevas formas de comercialización, diversificar actividades o reconstruir vínculos con el territorio.
En este terreno, las mujeres están ampliando los límites de lo que entendemos por innovación. Junto a las mejoras técnicas, es frecuente encontrar iniciativas que combinan producción y transformación. También apuestan por la venta directa o los circuitos cortos, incorporan el agroturismo o generan redes de colaboración entre productoras. Son estrategias que no solo buscan rentabilidad económica, sino también sostenibilidad, arraigo territorial y calidad de vida.
Este enfoque más amplio no es casual. Responde, en muchos casos, a una manera distinta de entender la explotación agraria: no solo como una unidad productiva, sino como un proyecto vital. La innovación, así, deja de ser una decisión puntual para convertirse en un proceso continuo de adaptación, aprendizaje y conexión con el entorno.
En este punto, conviene preguntarse si estamos entendiendo la innovación con mirada adecuada. Muchas iniciativas impulsadas por mujeres no se reconocen porque no encajan en indicadores centrados en la tecnología o la productividad, lo que evidencia la necesidad de ampliar cómo se define y mide la innovación agraria. Además, estas innovaciones suelen basarse en la colaboración, el intercambio de conocimiento y la cooperación entre actores. Reconocerlas y valorarlas resulta esencial para promover un modelo agrario más territorial, cohesionado y sostenible para las comunidades rurales.
El potencial transformador convive con una realidad llena de obstáculos
Las mujeres siguen siendo minoría en la titularidad de las explotaciones, especialmente en las de mayor tamaño y rentabilidad. También tienen menor acceso a las ayudas de la PAC (Política Agraria Común), en parte asociadas con estructuras productivas que históricamente las han excluido. La mayor parte de las ayudas que reciben las explotaciones en Europa están vinculadas a la superficie cultivada, lo cual perpetúa la brecha de género respecto al importe medio recibido.
A ello se suman barreras menos visibles, pero igualmente decisivas. La falta de tiempo derivada de la sobrecarga de cuidados, la escasez de servicios en el medio rural o la ausencia de referentes femeninos en posiciones de liderazgo limitan sus oportunidades de emprender y consolidar proyectos innovadores. En muchos casos, no se trata de falta de capacidad o de iniciativa, sino de un entorno que no está diseñado para ellas.
El territorio tampoco ayuda. En amplias zonas rurales, la despoblación, el envejecimiento y la falta de infraestructuras dificultan el acceso a formación, mercados o redes de apoyo. La conectividad digital, clave para muchos procesos innovadores, sigue siendo insuficiente en algunos espacios. Innovar, en estas condiciones, exige un esfuerzo añadido.
En los últimos años se han incorporado desde la PAC medidas orientadas a favorecer la participación de las mujeres en el sector primario. Pero la mayor parte de estas intervenciones siguen operando bajo una lógica aparentemente neutral que, en la práctica, reproduce desigualdades. No basta con incluir a las mujeres como beneficiarias: es necesario revisar las reglas del juego. De lo contrario, las políticas actúan sobre los síntomas de la desigualdad, pero no sobre las causas que la generan.
Porque la cuestión de fondo no es solo cuántas mujeres hay en el sector, sino en qué condiciones participan, qué capacidad de decisión tienen y si el propio sistema les está permitiendo –o impidiendo– ser verdaderas agentes de transformación.
Ante esta coyuntura, las agricultoras reclaman políticas más adaptadas al territorio, menos burocracia y mayor presencia en los espacios de decisión. También demandan medidas concretas para reducir la incertidumbre en el sector agrario, mejorar el acceso a la tierra y al asesoramiento, facilitar la conciliación, reforzar las infraestructuras rurales y simplificar los marcos normativos.
Ha llegado el momento de cambiar la mirada
No se trata solo de incorporar más mujeres al campo, sino de reconocer su papel clave en la transformación del medio rural. Muchas respuestas a desafíos como la sostenibilidad, la cohesión territorial o el relevo generacional pasan por las formas de innovación que ellas impulsan. El futuro agrario depende también del modelo de desarrollo que se quiera promover. En un modelo vinculado al territorio, las mujeres ya están marcando el camino.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. Innovar en el campo también es cosa de mujeres, pero ellas lo hacen de otra manera – https://theconversation.com/innovar-en-el-campo-tambien-es-cosa-de-mujeres-pero-ellas-lo-hacen-de-otra-manera-282096

