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¿Por qué (no) nos gustan las adaptaciones literarias al cine?

¿Por qué (no) nos gustan las adaptaciones literarias al cine?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Ángel Baños Saldaña, Profesor de Literatura Española, Universidad de Castilla-La Mancha

Jacob Elordi y Margot Robbie protagonizan la última adaptación de _Cumbres borrascosas_. Warner Bros

A lo largo del último año hemos sido testigos del estreno de algunas adaptaciones literarias al cine que están dando mucho que hablar. Nos referimos a películas como Hamnet, Los miserables. El origen o Cumbres borrascosas. También a series como La casa de los espíritus.

Cuando se produce una adaptación, la polémica está servida. Antes de que aparezca, algunos lectores ya difunden su veredicto: “El libro es mejor”. Los rituales comparativos también pertenecen al bando contrario, aunque son menos frecuentes: “La película supera el libro”.

Y esto seguirá pasando a lo largo de 2026. Nos encontramos a la espera de lanzamientos como La Odisea, Sentido y sensibilidad o, una vez más, otra versión de Los miserables.

¿Por qué nos atraen y, a la vez, nos generan tanta desconfianza las adaptaciones? Muchas veces estamos predispuestos a la negación, pero, aun así, vamos al cine. La respuesta tiene menos que ver con la calidad objetiva de las películas y más con nuestras expectativas como lectores-espectadores (“lectoespectadores”).

El mito de la fidelidad

Debemos admitir que existe una obsesión por la fidelidad. El público evalúa las películas a partir del “respeto” hacia el libro. Así, una adaptación funciona bien si reproduce escenas, mantiene diálogos intactos o configura a los personajes igual.

Este punto de partida, también adoptado por la crítica normalmente, se apoya en una idea implícita de dependencia. El libro es un producto valioso y el cine una versión empobrecida.

Pensemos en las discusiones en torno a la figura de Heathcliff en Cumbres borrascosas. Estas proceden de la elección de un actor blanco, Jacob Elordi, para interpretar a un personaje etnizado (“un gitano de piel oscura” en el libro). Pero… ¿acaso trata la película de incidir en la marginación racial? ¿O pretende alcanzar otro objetivo?

Es cierto que a las adaptaciones, teóricamente, las denominamos “objetos semióticos secundarios”. Sin embargo, la palabra secundario no significa “menos importante” ni “condicionado”.




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Si la película Cumbres borrascosas ha generado malestar por sus transformaciones, sucede lo contrario con Hamnet, donde la técnica del guion y de la dirección han recibido elogios. Se han valorado favorablemente la incorporación de una trama lineal, la concesión de mayor protagonismo a Shakespeare o el manejo de la intensidad emocional.

En cualquiera de los dos casos, las comparaciones se vuelven injustas: literatura y cine son artes diferentes que, además, emplean lenguajes y técnicas distintos. Pretender una fidelidad absoluta no solo es imposible, sino conceptualmente erróneo. Una adaptación “literal” sería, paradójicamente, una mala película.

El cine como relectura cultural

Las adaptaciones cinematográficas escogen una obra, reinterpretan su contenido y lo adecuan al público receptor. Por lo tanto, no solo se recupera la historia del libro, sino que esta se recontextualiza culturalmente.

La creatividad humana es hija de su tiempo. Se hace casi imposible realizar una película sobre un clásico sin incorporar, más o menos intencionalmente, los valores y el estilo de vida del presente. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, escribió Italo Calvino.

Cartel de una mujer de piel oscura presentada como la protagonista de La sirenita.
El aspecto físico de la protagonista de la última versión de La sirenita fue origen de críticas para quienes defendían que la protagonista del cuento era caucásica.
Disney

Más que no gustarnos, algunas adaptaciones nos incomodan. No se trata de que traicionen el libro, sino de que lo hacen hablar en otro registro. Las adaptaciones pueden funcionar como un instrumento político que deconstruye los discursos que configuran nuestra manera de pensar.

A este respecto, recordemos las tensiones en torno a la versión de La Sirenita protagonizada por Halle Bailey. Cuando se publicó el tráiler, los espectadores más puristas no simpatizaron con la transformación racial de la figura nórdica del cuento de Andersen. ¿Hubiesen cambiado de opinión sobre el resultado si no se hubiera modificado el color de piel del personaje?

También son las adaptaciones un espejo de la realidad y un termómetro cultural. Volvamos a Cumbres borrascosas y a la elección de Jacob Elordi para Heathcliff. La adaptación se desentiende del trauma social y racial decimonónico. Su reinterpretación del contenido discurre por el camino de una atracción sexual tóxica, fatalista e incompatible a largo plazo. De ahí la elección de dos iconos atractivos, Elordi (Nate Jacobs en Euphoria) y Robbie (Barbie en la película homónima de 2023).

Tampoco deben dejarse de mencionar otros temas que se refuerzan en la película, como las imposiciones de la gestación, la falta de decisión autónoma o las rivalidades estructurales que impiden la sororidad.

La difusión y nuestro horizonte de expectativas

Decíamos que las adaptaciones son “objetos semióticos secundarios” porque implican la difusión de un patrimonio pretérito. En nuestro caso, además, exigen un cambio de medio: pasamos del libro a la pantalla.

Esta transformación motiva la competición entre nuestro imaginario como lectores y las propias imágenes de la película. Afecta, por tanto, a nuestro horizonte de expectativas.

¿Pueden encarnar los actores hollywoodienses a los protagonistas griegos de La Odisea? Esta es la pregunta que se hacen muchos espectadores que dudan de los roles de Matt Damon como Odiseo o Zendaya como Atenea.

Otro tipo de expectativas participan del conservadurismo ideológico. La posibilidad de que el actor trans Elliot Page interprete a Aquiles ha armado revuelo. Hay quienes bautizan a la película como La Wokisea, es decir, La Odisea woke.

Tanto nos condiciona el horizonte de expectativas que, en muchos casos, para que una adaptación funcione necesita que el espectador no reconozca el libro de partida. Basta como ejemplo el éxito de Blade Runner (1982), que viene del libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick.

¿Qué hacer ante las adaptaciones?

La respuesta es sencilla: aprender a dialogar con ellas. Hemos comprobado que las miramos con un criterio equivocado. No se trata de pedirles que sustituyan el libro; cuando les exijamos una lectura propia, las disfrutaremos de verdad.

Las adaptaciones no borran las novelas. Al contrario, las releen y nos las acercan. Nos invitan a explorar nuevas perspectivas y a razonar de otro modo. Y sirven, sobre todo, para explicar el pasado a través de las transformaciones del presente.

Ese es su logro: hacer pensar, incomodar, decirnos que la historia se repite pero siempre con nuevos matices.


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The Conversation

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ref. ¿Por qué (no) nos gustan las adaptaciones literarias al cine? – https://theconversation.com/por-que-no-nos-gustan-las-adaptaciones-literarias-al-cine-278172

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