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Doce días, 82 entrevistas y una lección: la ciencia en directo

Doce días, 82 entrevistas y una lección: la ciencia en directo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo Corell Almuzara, Catedrático de inmunología, Universidad de Sevilla

Stokkete/Shutterstock

En doce días he respondido más de ochenta veces a las mismas preguntas sobre el brote del crucero MV Hondius. He dibujado más de veinte infografías para televisiones, radios y pódcasts. Y he comprendido que algo ha cambiado, definitivamente, en lo que la sociedad espera de los científicos.

El hantavirus dejó de ser una palabra desconocida o remota. Aprendimos que se asocia a roedores, regiones australes o manuales de enfermedades infecciosas, y ocupó titulares, tertulias, informativos, redes sociales y conversaciones familiares. Cuando cuento que he atendido 82 entrevistas en esos doce días, lo digo y todavía no me lo creo del todo.

Como inmunólogo y divulgador, lo viví desde un lugar poco habitual: no desde la distancia tranquila del despacho, sino desde el centro mismo de la demanda informativa. Pedí permiso a los estudiantes para contestar el teléfono durante las clases –sabían que era RTVE, Telecinco, Antena 3, el ABC, la COPE o la SER– y les daba igual. Pero cuando el lunes llegué después de haber concedido una entrevista a Jordi Wild en su pódcast The Wild Project –un espacio que quizá muchos académicos no consideran prioritario–, varios estudiantes exclamaron entusiastas: “¡Enhorabuena profesor, le ha entrevistado Jordi Wild!”

Entonces me di cuenta de que yo también era viejo. Este formato llega a una audiencia más joven y masiva que las televisiones convencionales: en once días supera las 800 000 reproducciones.

La pizarra de la cocina

El segundo o tercer día comprendí que las palabras no bastaban. Cada entrevista repetía la misma escena: el periodista preguntaba si el hantavirus era contagioso, yo respondía que sí pero con matices, mencionaba que requería contacto íntimo, y veía en la cara del presentador la duda de qué significaba exactamente “íntimo” en un contexto de salud pública.

Decidí dibujarlo. Una noche, en la cocina de mi casa de Sevilla, abrí un programa de diseño y, con ayuda de un par de herramientas de inteligencia artificial generativa, dibujé las seis situaciones de contacto íntimo que sí suponen riesgo de contagio del virus Andes en el contexto de un crucero: compartir camarote, compartir cama, tener un contacto íntimo o muy cercano, cuidar al enfermo sin protección, manipular ropa o fluidos contaminados o procurar atención sanitaria sin EPI adecuado.

La frase de cierre se escribía sola: “No es cruzarse en un pasillo o compartir brevemente un espacio.”

Esquema de 6 contactos humanos de riesgo.
Elaboración propia

A la mañana siguiente, esa imagen estaba en tres platós de televisión. Para el final del segundo día, había sido reproducida por una agencia de noticias internacional. Y al cabo de la semana, era ya el referente visual que la mayoría de los españoles asociaba a su entendimiento del riesgo de contagio.

Acabé preparando más de veinte infografías sobre cuestiones que cambiaban casi a diario: qué diferencia había entre las cepas americanas y euroasiáticas, los contactos humanos de riesgo, por qué algunos pacientes empeoraban bruscamente o por qué la palabra “letal” no debía confundirse con “pandémico”.

Hubo un día en que no pude comer. Varios días dormí apenas tres horas. Y de esas 82 entrevistas, solo una me ofreció remuneración. Las demás ni lo insinuaron. Yo tampoco lo pedí. No porque el esfuerzo fuera pequeño –fue desmesurado–, sino porque entendí que, en ese momento, estaba realizando un servicio público. Pero este es otro melón que tenemos que abordar en algún momento: el valor relativo que le dan a la ciencia (y a los científicos) los medios de comunicación.

La ciencia en directo no tiene red

Uno de los aprendizajes más duros de estos días es que la ciencia, cuando entra en directo, pierde la esencia de su espacio natural. La ciencia necesita datos, contraste, revisión, prudencia y tiempo. Esto colisiona con lo que nos demandan: la televisión necesita claridad inmediata. La radio necesita frases comprensibles. Las redes sociales necesitan síntesis. Los medios digitales necesitan titulares. Y la ciudadanía necesita respuestas.

El problema es que, en una crisis sanitaria, no siempre hay respuestas sencillas o completas: ¿por qué un país exige una PCR confirmatoria y otro acepta una primera prueba? ¿Por qué unas cuarentenas son obligatorias y otras recomendadas? ¿Cuál es el día cero de una exposición? ¿Qué hacemos con personas que estuvieron en contacto con un caso antes de saber que era un caso? ¿Qué pasa si aparecen síntomas durante la repatriación? ¿Hay que aislar a todos, a algunos o a nadie?

Estas preguntas pueden parecer sencillas cuando se formulan en un plató. No lo son. Combinan biología, salud pública, derecho sanitario, logística internacional, capacidad hospitalaria, criterios de laboratorio, diplomacia y percepción social del riesgo.

Si a esto sumamos que algunos periodistas –afortunadamente los menos– intentan manipular al entrevistado para obtener la respuesta que buscan y tensan aún más el a veces bochornoso desentendimiento entre administraciones, el científico se encuentra en un terreno que no es el suyo.

La otra cadena de transmisión: el miedo

En una zoonosis hay una cadena de transmisión biológica, pero también una cadena de transmisión emocional. El miedo se transmite. La sospecha se transmite. Los bulos se transmiten. La crispación política se transmite. Y, a veces, lo hacen más rápido que el propio virus.

Durante estos días tuve que desmentir ideas absurdas, como que el hantavirus pudiera transmitirse por insectos o que un barco fondeado supusiera un riesgo para la población general por la llegada de roedores nadadores. Algunas de esas afirmaciones no nacían de la ciudadanía anónima, sino de espacios de responsabilidad pública. Cuando la desinformación se reviste de autoridad, el daño se multiplica.

En una intervención en TVE señalé precisamente el riesgo de que los bulos saltaran al terreno político y aumentaran innecesariamente la alarma social. La escena tuvo además un punto humano: tuve que abandonar el programa porque llegaba tarde a clase. Silvia Intxaurrondo, la conductora del programa, lo convirtió en un pequeño homenaje a la docencia y a la divulgación científica. Resume bien estos días: del plató al aula, de la alarma mediática a la obligación cotidiana de seguir enseñando.

He atendido a medios de todas las orientaciones ideológicas. Lo he hecho deliberadamente. En una crisis sanitaria, el científico no puede comunicar solo en espacios afines: hay que hablar allí donde está la ciudadanía. En general, me he sentido querido, buscado y respetado. También ha habido momentos incómodos. Algún entrevistador me trató con modos inadecuados. Y algunas productoras tienen “enganchado” al invitado a la videoconferencia demasiado tiempo antes de tu participación –lo que llaman “estar prevenido”–, sin entender que eso te resta minutos de sueño, de estudio, de comer o de ir al baño.

La comunicación científica no debería ser una prueba de resistencia personal. Pero muchas veces lo es.

La infografía como vacuna contra el ruido

En estos doce días comprobé de nuevo algo que ya había aprendido durante la pandemia: una buena imagen puede explicar en segundos lo que una entrevista tarda varios minutos en ordenar. Por eso preparé más de veinte infografías. No eran adornos. Eran herramientas de precisión comunicativa.

La divulgación visual no simplifica la ciencia si se hace bien. La vuelve accesible. Y en una crisis, hacer accesible la información no es un lujo: es una intervención de salud pública.

No me quejo de haber hecho 82 entrevistas. Las hice porque creo que había que hacerlas. Me preocupa más que hayamos normalizado que esta disponibilidad extrema de los científicos se sostenga sobre voluntarismo, vocación y sacrificio personal. La sociedad necesita expertos disponibles, sí. Pero también necesita cuidar a quienes sostienen esa conversación pública.

The Conversation

Alfredo Corell Almuzara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Doce días, 82 entrevistas y una lección: la ciencia en directo – https://theconversation.com/doce-dias-82-entrevistas-y-una-leccion-la-ciencia-en-directo-282882

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