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Por qué todos los docentes deberían entender cómo funciona el cerebro

Por qué todos los docentes deberían entender cómo funciona el cerebro

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Katya Martin Requejo, Profesora e investigadora en neuroeducación, Mondragon Unibertsitatea

Imaginemos a Lucas, un alumno de cinco años que no logra quedarse sentado durante la asamblea. El docente A, sin formación en cómo funciona el cerebro, agota su paciencia. Piensa que el niño desafía las normas o que le faltan límites familiares. El docente B, que tiene conocimientos de neuroeducación, respira tranquilo. Sabe que el cuerpo de Lucas necesita moverse para mantener la atención. En lugar de obligarlo a estar quieto, le ofrece un cojín de movimiento para balancearse. O le pide que sea su ayudante para repartir el material.

La diferencia entre ambos profesores no es solo la buena voluntad, sino el conocimiento.

Entender el desarrollo del cerebro cambia la mirada del profesor; permite comprender qué hay detrás de la conducta y el aprendizaje. La neuroeducación nos da información valiosa para todas las edades: ayuda en la infancia con los periodos sensibles o en los cambios emocionales de la adolescencia. Además, nos enseña a ver la diferencia entre lo que es una variabilidad natural y un desafío en el desarrollo.

Impulsar el desarrollo antes de los 6 años

Entre los 0 y 6 años se asientan las bases del aprendizaje futuro. En esta etapa, el cerebro infantil se construye a una velocidad asombrosa.

Los conocimientos sobre el cerebro permiten al docente identificar y estimular los pilares del aprendizaje a tiempo (agilidad con los sonidos, control del cuerpo o de la vista…). Por ejemplo, el maestro sabe que los juegos de lenguaje o el conteo rápido no son simples pasatiempos: son las raíces biológicas de la futura lectura y del cálculo. Si detecta dificultades en estas áreas, actúa de inmediato.

Para ello, utiliza juegos de palabras, de movimiento y sensoriales, lo que blinda al maestro contra la prisa pedagógica. Ya no intenta acelerar procesos para los que el cerebro aún no está preparado. El docente ayuda así a madurar las bases del aprendizaje.




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Esta intervención planificada favorece una inclusión preventiva. Además, ayuda a preparar los cerebros para las futuras exigencias respetando su biología.

De 6 a 12: ajustar la mirada a la maduración funcional

En esta etapa, el cerebro se reorganiza para afrontar aprendizajes culturales como la lectura y las matemáticas, un proceso conocido como reciclaje neuronal.

Aquí entran en juego las funciones ejecutivas, el centro de control para planificar, organizarse y atender. Su desarrollo no sigue una línea recta ni es igual para todos. Esta madurez varía muchísimo entre los alumnos del aula.

A veces, un niño olvida siempre el material, no frena sus impulsos o no espera su turno. Estas conductas se suelen etiquetar como falta de interés o de atención, pero puede ser una simple falta de madurez. El maestro comprende que el centro de control (la corteza prefrontal) puede presentar un desfase madurativo de hasta tres años en algunos niños. Y esto puede ocurrir sin que exista ningún trastorno.

Este conocimiento transforma la gestión del aula. El docente ya no se siente desafiado, comprende que el alumno aún no tiene las herramientas biológicas para responder. Por eso, aplica ayudas visuales o recordatorios que compensan esa falta de madurez temporal.

Trabajar a favor del cerebro adolescente

La adolescencia es una etapa de limpieza y especialización cerebral. El cerebro elimina conexiones en desuso para ganar velocidad y eficiencia. Este proceso se conoce como poda sináptica.

Saber esto permite al docente aliarse con la biología del alumno. Por ejemplo, le permite comprender por qué los jóvenes tardan más en tener sueño, un cambio que altera su descanso. Su baja alerta por la mañana no es una falta de respeto: es una realidad biológica que reduce su rendimiento en las primeras horas.




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Por otro lado, el docente comprende el desequilibrio madurativo del adolescente. Su sistema emocional está muy activo, pero su freno racional aún sigue en obras.

En esta edad, el motor es la relevancia social. Por ello, es vital diseñar retos reales donde trabajen en equipo y tengan autonomía. Se pueden proponer proyectos basados en sus intereses y que ayuden a mejorar su propio barrio o su centro. Así, al vincular el aprendizaje con su identidad, el compromiso sustituye a la rebeldía.

De la retórica a la práctica fundamentada

El conocimiento sobre el cerebro dota al docente de un mapa para navegar la diversidad del aula. La diversidad es la norma neurobiológica, no la excepción. Entender esto permite diseñar entornos que respeten y potencien el ritmo de cada estudiante.




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Además, este saber protege al maestro contra los neuromitos, falsas creencias sin base científica que dañan la educación. La ciencia no quita humanidad a la enseñanza, sino que le da herramientas reales. Así, la inclusión se convierte en una práctica diaria que cuida el potencial de cada estudiante.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Por qué todos los docentes deberían entender cómo funciona el cerebro – https://theconversation.com/por-que-todos-los-docentes-deberian-entender-como-funciona-el-cerebro-279983

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