Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cristina M. Gámez-Fernández, Profesora Titular de Universidad especializada en literaturas y culturas en lengua inglesa, Universidad de Córdoba

¿Quién no se ha visto alguna vez haciendo listas para el año nuevo, imaginándose una mejor versión de su vida en la que todo funciona a la perfección? ¿Quién no se ha suscrito a cualquier pódcast, cuenta de Instagram o TikTok que le ayude a aprender “esas estrategias infalibles” para lograr sus metas? ¿O quién no ha dudado de su estado físico al percatarse de que va a pilates solo un par de veces a la semana mientras su compañera de trabajo tiene un entrenador personal y se suplementa con creatina?
En todos estos ejemplos queda patente que las historias de superación personal y los autodenominados especialistas, coaches y demás personajes mediáticos están más de moda que nunca. ¿Qué motiva este fenómeno?
A la búsqueda de una solución
Ante la aceleración por estar “en forma”, cuidar de la salud mental, acompañar a los mayores, supervisar a los hijos, destacar en el trabajo y ser buena persona, el agotamiento no tarda en asomar.
Aun así, el motor sigue estando ahí: mantengo la ilusión de que puedo convertirme en mi mejor versión, poner mi granito de arena para frenar el cambio climático o dejar un mundo más decente del que me encontré. Sin embargo, ante la avalancha de retos, el agotamiento regresa de nuevo. Y es normal, porque el discurso que he ido interiorizando a lo largo de los años se desmorona cuando la exigencia se hace cada vez mayor.
Entonces, en ese momento, busco urgentemente una nueva narrativa de esperanza que me ayude a mantener este ritmo frenético.
Virtud, emoción… faro
Hoy en día podemos encontrar la palabra “esperanza” en cualquier conversación, ya sea en la cola del supermercado o en un eslogan rotulado en una taza y un llavero.
Pero… ¿qué es realmente la esperanza? Comúnmente se define como un horizonte remoto de posibilidad de cambio que nos orienta en momentos de adversidad como si fuera un faro. El ejemplo más cercano que todos compartimos, en el que buscamos esperanza, es la pandemia, todavía fresca en nuestras retinas como una experiencia que nos puso a prueba individual y colectivamente.
El concepto se aborda desde múltiples campos académicos, e incluso en estudios inter- o transdisciplinares. Por ejemplo, se clasifica como una virtud en el ámbito de la teología y los estudios sobre las religiones; como una emoción en la psicología, la neurociencia o la filosofía moral y política, e incluso como un mecanismo afectivo en la crítica literaria y teórica.
Este enorme interés de la ciencia, así como en el día a día de las redes sociales, los medios de comunicación y la cultura, responde a la necesidad creciente en nuestras sociedades de encontrar esos faros. Pero ¿qué efectos tiene en quienes la consumimos? Y, más interesante aún, ¿son solo efectos positivos?
No siempre es un buen motor
En nuestra experiencia personal normalmente revestimos estos relatos de un halo positivo. Como ejemplo nos sirve el título de la Bula del Jubileo ordinario del año 2025 del papa Francisco que era “Spes non confundit”: la esperanza no defrauda.
Por lo general, se relaciona la pérdida de la esperanza con la depresión y, en última instancia, con la muerte. De ahí las famosas frases “la esperanza es lo último que se pierde” o “mientras hay vida, hay esperanza”.
Pero nada más lejos de la realidad. El término no remite necesariamente a lo positivo. Pensemos en la esperanza de crear un “mundo mejor” que tenían tanto Nelson Mandela como… Adolf Hitler. La visión de un futuro diferente subyace al discurso esperanzador de ambos. Los diferencia radicalmente que, mientras Mandela buscaba acoger a diferentes grupos sociales, para el genocida cualquier pueblo que no fuese el ario debía desaparecer de su territorio.

National Portrait Gallery
Aunque pueda sorprender, esta ambigüedad de las narrativas de esperanza no es nueva. La tradición cultural occidental integra una interpretación negativa de la esperanza junto con la vertiente optimista más conocida. El poeta griego Hesíodo ya decía que la esperanza era la única desgracia que no consiguió liberarse de la caja de Pandora y Eurípides advertía de su maldad, que se representaba con la diosa Elpis.
Desde Platón, pasando por Nietzsche, hasta críticos contemporáneos como Lauren Berlant, Mark Fisher y Franco “Bifo” Berardi, muchos son los autores que exploran el perjuicio de las narrativas de esperanza. La pregunta entonces es otra: ¿cómo contribuyen estas a manipularnos?
Un mensaje dañino
Tener esperanza no es negativo en sí mismo, por supuesto. Los problemas comienzan en los momentos difíciles, cuando nos sentimos vulnerables, perdidos y abrumados por las muchas tareas pendientes. Entonces, empezamos a prestar demasiada atención a todo ese ejército mediático de narrativas. Y necesitamos creer en ellas desesperadamente.
En este caldo de cultivo, es más fácil convencernos del mensaje que transmiten: “tú puedes, pero solo si haces el sacrificio personal incondicional para alcanzar tu ideal”. Por ejemplo, hazme creer a pies juntillas que el trabajo duro me garantizará la independencia económica que tanto necesito a mis ya 30 años, y estaré más dispuesta a trabajar 10 horas con un contrato a media jornada.
Ojo, que este fenómeno se puede complicar todavía más. La tormenta perfecta combina las narrativas de la esperanza con los discursos del miedo. Estos últimos normalizan ideologías claramente discriminatorias para que aceptemos políticas que justifican la injusticia y la violencia. Pero las narrativas de la esperanza son más insidiosas, porque se aseguran de controlar a las personas a través de sus propios deseos sin tener que vigilarlas.
¿Podemos escapar de este fenómeno? No existe una solución simple ni rápida dada la complejidad del problema. Pero la literatura y el arte son herramientas muy útiles para desmantelar esas narrativas cómplices con nuestra forma de vida neoliberal. Sus reflexiones nos permiten visibilizar la brecha que existe entre qué poseemos y lo que creemos que deberíamos tener, cómo nos sentimos y cómo deberíamos hacerlo o quiénes somos y quiénes deberíamos ser. Nos ayudan a darnos cuenta de que quizás no merezca la pena perseguir esas aspiraciones a toda costa e, incluso algunas, ni siquiera perseguirlas.
Porque… ¿cuáles son las que siguen operando en su propio horizonte sin que se dé cuenta?
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Cristina M. Gámez-Fernández es la Investigadora Principal del proyecto de investigación “Resistencias ante el Capitaloceno: Narrativas de esperanza en el siglo XXI” (referencia PID2023-147494NB-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, la Agencia Estatal de Investigación y por el FEDER.
– ref. ¿Necesitamos narrativas de la esperanza o solo sirven para manipularnos? – https://theconversation.com/necesitamos-narrativas-de-la-esperanza-o-solo-sirven-para-manipularnos-280675
