Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Macarena Ponce Romero, Profesora del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidade de Santiago de Compostela

Sea por su color, su timbre o por algo que desconocemos, hay voces que se reconocen al instante y forman parte de nuestra memoria colectiva. Por eso, cuando esa voz cambia (o cuando lo percibimos así) la reacción suele ser inmediata.
La reciente reaparición pública de Amaia Montero en los conciertos de La Oreja de Van Gogh ha vuelto a situar su voz en la mirada pública. Como suele ocurrir cuando una cantante regresa a los escenarios, las reacciones se han polarizado. Algunos oyentes hablan de fragilidad, otros perciben cierto descontrol y otros señalan una pérdida de brillo respecto a etapas anteriores. Pero ¿somos realmente objetivos cuando escuchamos voces familiares? ¿Qué significa exactamente que digamos que una voz ha cambiado?
La respuesta no es tan sencilla como parece.
Desde la fonética, la ciencia que estudia la producción y percepción de los sonidos del habla, y desde la lingüística clínica, que analiza las alteraciones de la comunicación humana, sabemos que la percepción de una voz está influida por numerosos factores. Lo que el oyente interpreta como una mejora o un deterioro puede responder a cambios muy distintos entre sí.
Una voz nunca es exactamente la misma
Existe una tendencia a pensar que la voz es una característica fija, una especie de huella sonora inmutable. Sin embargo, se trata de un fenómeno extraordinariamente dinámico. La voz cambia a lo largo de la vida porque cambian también los órganos que la producen y las condiciones en las que se utiliza. La edad modifica progresivamente la musculatura laríngea, la elasticidad de los tejidos y la capacidad respiratoria. A ello se suman los efectos acumulados de décadas de uso profesional, especialmente en perfiles que emplean la voz en grandes audiencias.
En el caso de los cantantes, intervienen factores propios de la práctica vocal: la técnica de emisión, la gestión del esfuerzo, el descanso, el mantenimiento de la voz y la dosificación de su uso a lo largo de giras y grabaciones. A ello se suman las decisiones interpretativas y los distintos estilos que adopta el intérprete. Pequeñas variaciones en cualquiera de estos aspectos pueden traducirse en cambios perceptibles en la voz.
Lo que realmente percibe el oído
Cuando escuchamos una voz solemos describirla mediante términos cotidianos como áspera, apagada, potente o cansada. Aunque parezcan impresiones subjetivas, estos juicios están basados en parámetros acústicos concretos.
Uno de ellos es el timbre, la cualidad que permite distinguir dos voces incluso cuando emiten la misma nota. Pequeñas modificaciones en la configuración del tracto vocal o en la vibración de las cuerdas vocales pueden alterar significativamente esa sensación sonora.
También influye la estabilidad de la frecuencia fundamental, es decir, la regularidad con la que vibran las cuerdas vocales, relacionado con la percepción de control. Del mismo modo, las características del vibrato, como su amplitud o su velocidad, contribuyen a que una interpretación resulte más firme, más tensa o más relajada para quien la escucha.
Otro aspecto fundamental es la coordinación entre respiración y fonación. La voz depende del flujo de aire que asciende desde los pulmones. Cuando esta coordinación varía, pueden aparecer cambios en la intensidad, la duración de las emisiones o la sensación de esfuerzo vocal.
Por ello, cuando percibimos una voz como inestable, esa impresión puede deberse a distintos fenómenos fisiológicos que generan sensaciones auditivas similares.
La voz también se ‘construye’ en la mente
La lingüística perceptiva lleva décadas mostrando que escuchar no consiste únicamente en recibir información acústica. El oyente interpreta lo que oye a partir de expectativas, recuerdos y experiencias previas.
Cuando una voz forma parte de la memoria colectiva, como ocurre con la de Amaia Montero, la comparamos automáticamente con la imagen sonora que conservamos de ella (especialmente si está ligada a experiencias emocionales intensas). En este proceso interviene un fenómeno bien conocido en percepción: tendemos a considerar como referencia ideal la versión que hemos escuchado repetidamente durante años. Cualquier desviación respecto a ese modelo suele percibirse con especial intensidad.
Por eso, cuando se afirma que una voz ha perdido calidad, conviene preguntarse qué se está comparando exactamente. A menudo, la valoración mezcla cambios acústicos reales con expectativas construidas a partir de recuerdos.
Escuchar con prudencia
El caso de Amaia Montero ilustra hasta qué punto tendemos a interpretar los cambios vocales como signos evidentes de mejora o deterioro. Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja. Como hemos señalado, una voz puede sonar diferente por razones muy diversas: el paso del tiempo, años de uso profesional, modificaciones técnicas, cambios en la respiración, nuevas formas de interpretar o la combinación de varios factores a la vez.
Quizás la principal lección sea que las voces, igual que las personas, se transforman. Esperar que una cantante conserve exactamente la misma sonoridad décadas después supone ignorar la naturaleza cambiante del propio instrumento vocal. Por tanto, la pregunta no es si Amaia Montero suena igual que hace veinte años. Lo que interesa es qué nos dice su voz actual sobre una trayectoria artística (y humana) atravesada por el tiempo y sobre cómo nosotros, como oyentes, la recordamos.
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Clara Macarena Ponce Romero forma parte del grupo Koiné de la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente, participa en el proyecto financiado por FEDER / Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades – Agencia Estatal de Investigación, Corpus y densidad de datos. Versión robusta del ‘corpus Koiné’ de habla infantil (PID2024-158897NB-100).
– ref. La voz bajo juicio: la lingüística detrás del caso Amaia Montero – https://theconversation.com/la-voz-bajo-juicio-la-linguistica-detras-del-caso-amaia-montero-283914
