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El aldeano de Schrödinger o cómo opinar sobre el mundo si no hay con qué compararlo

El aldeano de Schrödinger o cómo opinar sobre el mundo si no hay con qué compararlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Calvin Palomares, Ayudante Investigador en el departamento de Filosofía y humanidades, Universidad Pontificia Comillas

Un aldeano que no ha salido nunca de su aldea ¿cómo puede describirla, si no tiene con qué compararla?, se pregunta Schrödinger. Vishal Bhutani / Unsplash. , CC BY-SA

Hay una costumbre humana, muy filosófica y bastante cómica: comentar el mundo entero como si lo tuviésemos encima de la mesa, al lado del café y de las notas de trabajo. Schopenhauer lo habría descrito como un lugar triste y mal hecho, Leibniz, como el mejor de todos los mundos concebibles. Dicho con semejante seguridad, uno casi sospecha que los filósofos disponían de un catálogo comparado de mundos, con reseñas y política de devolución.

Erwin Schrödinger en 1933.
Nobel Foundation., CC BY-SA

El Premio Nobel de Física y padre de la mecánica cuántica Erwin Schrödinger (1887-1961), que no era precisamente un enemigo de la ciencia, se tomó muy en serio esta rareza. En su obra Mi concepción del mundo, el físico austriaco se detiene en algo que, de tan cotidiano, casi parece invisible: abrimos los ojos y ya hay mundo. Cosas, cuerpos, horarios, noticias, enfermedades, facturas y vecinos. Todo muy razonable. Todo muy normal. Tan normal que empieza a resultar sospechoso.

La metáfora del aldeano

Schrödinger introduce entonces una imagen magnífica. Pensemos en un hombre que jamás ha salido de su aldea. Nació allí, creció allí, conoció allí el verano, el invierno, la lluvia, el polvo, la humedad, el tedio y la risa. Un día, con admirable autoridad meteorológica y sin una sola muestra comparativa, declara: “El clima de mi pueblo es extraordinariamente cálido”. O quizá: “El clima de mi pueblo es extraordinariamente frío”. La pregunta sería inmediata: ¿comparado con qué? ¿Con qué otro clima, si nunca ha salido de allí?

El científico cuántico sugiere que hacemos algo parecido cuando juzgamos el mundo entero. Decimos que está bien hecho, mal hecho, que es triste, perfecto, defectuoso, admirable o insoportable. Pero ¿dónde está el segundo mundo con el que lo hemos comparado? ¿Nos han dejado probar otro universo durante quince días, con derecho a devolución si no quedamos satisfechos? No. Solo tenemos este mundo. Y, sin embargo, lo juzgamos, lo admiramos, lo condenamos, lo bendecimos, lo insultamos o lo diagnosticamos. La escena es ridícula, pero la ridiculez es filosóficamente muy seria.

Solo tenemos este mundo

Normalmente, nos sorprendemos cuando algo se separa de lo esperado. Una bajada en la factura de la luz, una promesa política cumplida, una reunión que termina a la hora prevista. Lo inesperado destaca contra un fondo de supuesta normalidad. Pero el mundo entero no puede destacar contra nada. No hay un escaparate de mundos posibles donde este figure con una etiqueta que diga: “Modelo defectuoso: revisar dolor y muerte”. Aun así, el mundo nos inquieta.

Ahí está la intuición más fina de Schrödinger. Lo extraño no es solo que haya mundo. Lo extraño es que podamos encontrar extraño el mundo, siendo como somos habitantes, inquilinos forzosos. Nunca hemos salido de la aldea, pero sospechamos que su temperatura tiene algo raro. Y, por supuesto, redactamos opiniones muy firmes sobre el asunto.

Dos maneras de vivir

Por eso, este científico distingue, aunque sin presentarlo en forma de manual, dos maneras de vivir. La primera acepta el escenario general sin demasiadas preguntas. Se sorprende de lo particular: hoy ha pasado esto, ayer ocurrió aquello, esta noticia es extraña, aquel fenómeno no estaba previsto. Es una actitud sensata, probablemente recomendable para dormir bien.

La segunda, en cambio, empieza a tener problemas con lo que todos llaman sentido común. No se pregunta solo por una gotera de la casa, sino por la casa entera y por el hecho bastante extraño de vivir dentro de ella.

La filosofía, en este sentido, no es una profesión: es una ligera incapacidad para aceptar la evidencia con buena educación y seguir haciendo vida normal.

Sin puerta para mirar desde afuera

Lo más interesante es que esta reflexión no viene de alguien que desprecie la ciencia. Viene de uno de los grandes físicos del siglo XX. Schrödinger sabía perfectamente que la ciencia explica fenómenos, relaciones, leyes y procesos. La ciencia puede explicarnos muchísimas cosas: cómo cae una piedra o cómo se comporta una onda, incluso, por qué no conviene discutir con la termodinámica.

Pero no nos presta una puerta para salir del universo, mirarlo desde fuera y ponerle una valoración. Tal vez, por eso, el saber no siempre mata el asombro; a veces, lo vuelve más incómodo, más extraño.

Quizá ahí empiece la filosofía: no en una solemnidad hinchada, sino en esta escena casi cómica. Un habitante del mundo se detiene, mira alrededor y descubre que lo más raro no es una excepción, sino la normalidad misma.

La filosofía comienza cuando el aldeano se da cuenta de que nunca ha salido de la aldea y, aun así, no puede dejar de preguntarse por qué este clima, el único que conoce, le parece tan extraño.

The Conversation

Joan Calvin Palomares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El aldeano de Schrödinger o cómo opinar sobre el mundo si no hay con qué compararlo – https://theconversation.com/el-aldeano-de-schrodinger-o-como-opinar-sobre-el-mundo-si-no-hay-con-que-compararlo-284273

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