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David Hockney, el artista que obligó a Gran Bretaña a hacer sitio al color, la alegría y la identidad ‘queer’

David Hockney, el artista que obligó a Gran Bretaña a hacer sitio al color, la alegría y la identidad ‘queer’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Simon Mckeown, Professor of Art, School of Arts & Creative Industries, Teesside University, Teesside University

Nacido en Bradford y moldeado por la disciplina de las escuelas de arte del norte, David Hockney aportó al arte británico una actitud de clase trabajadora, casi punk: “haz el trabajo, confía en tu ojo, no busques la aprobación de nadie”. Hockney conseguía que el éxito pareciera algo natural: todo color, buen humor, gafas geniales, cigarrillos y un encanto un tanto bohemio. Pero para un joven artista gay procedente de una ciudad industrial del norte, el camino no había sido fácil.

Hockney sabía lo que era ser juzgado antes de que se le viera como se merecía. En Gran Bretaña, los prejuicios de clase se detectan a través del acento. Su acento de Bradford transmitía historia, poesía y garra, pero en el Royal College of Art de Londres se burlaban de él. Al ver los dibujos de aquellos compañeros que se reían, decidió superarlos con sus trazos.

Bradford había educado a Hockney. El norte no era un desierto cultural a la espera de ser rescatado por Londres, sino un lugar de escuelas de arte serias, profesores, creadores y tradiciones visuales. Lo que le faltaba no era talento ni disciplina, sino la autoridad automática concedida a quienes se formaban gracias al privilegio.

Collage sobre David Hockney hecho por Marcus Levine en Bradford.
Collage sobre David Hockney hecho por Marcus Levine en Bradford.
Stephen Armstrong / David Hockney Collage, CC BY-SA

Hockney rechazó el destino que le habían asignado. Abrió las puertas para quienes le siguieron, demostrando que la escuela de arte, el éxito y la autoridad cultural no estaban reservados a quienes nacían dentro de las viejas redes que querían definir el gusto y la confianza. Su respuesta al prejuicio de clase, al esnobismo regional, a la homofobia y al control estético no fue adaptarse al punto de vista dominante. Se embarcó en una carrera artística de por vida, trabajando más duro, observando con mayor atención y creando más, hasta que los guardianes de la cultura no tuvieron más remedio que reorganizarse a su alrededor.

Creó innovadoras obras sobre el placer, el color y la amistad. Retrató la vida gay, no a través de la lucha, sino a través de la domesticidad, la ternura y el deseo, un enfoque valiente y agudamente inteligente antes de la despenalización parcial de las relaciones sexuales entre hombres en Inglaterra y Gales en 1967.

Como Boy George en el pop, Hockney hizo visible la diferencia a través del color, el humor y el estilo, de una forma que el gran público pudiera disfrutar antes de comprender necesariamente su trasfondo político. Frente al peso gris de los prejuicios heredados, ofreció algo brillante, accesible y discretamente radical. Mostró la felicidad cotidiana y así contribuyó a que los prejuicios contra ella resultasen ridículos, haciendo que la aceptación pareciera algo que ya se debería haber producido hace tiempo.

La última etapa de la carrera de Hockney también desafió la discriminación por edad y por discapacidad. Al usar una silla de ruedas, rechazó la suposición de que los cuerpos mayores o discapacitados implican una aptitud cultural mermada. Igual que un enfermo Henri Matisse haciendo recortes en su última década, Hockney hizo de la vejez algo activo, inventivo y de relevancia pública.

El arte de ver

Más allá de las piscinas y la luz de California, Hockney insistía en que el arte es un experimento sobre el acto de ver. Nunca consideró la mirada como algo pasivo. Adoptó la Polaroid, el fotocollage, el iPad, la proyección y la exposición inmersiva. Vivió el presente asimilando continuamente todo aquello que le ayudara a ver.

Su trabajo con el físico Charles Falco sobre el uso histórico de lentes, espejos y dispositivos ópticos en la pintura no fue una actividad secundaria, sino parte de una investigación de toda una vida sobre las tecnologías de la visión.

En Pearblossom Hwy (1986), Hockney utilizó cientos de copias fotográficas para fracturar el espacio y poner a prueba la percepción, al tiempo que se negaba a aceptar la cámara como autoridad definitiva. Se podría construir una montaña con todas las fotografías que no han logrado capturar la majestuosidad de un arbusto, un roble, una colina ondulada o, precisamente, una montaña. Para Hockney, ver no era lo mismo que registrar: la cámara podía atrapar un instante, pero el paisaje requería tiempo, atención, el clima y la experiencia corporal de estar allí.

Su obra posterior hizo explícita esa lucha por capturar el tiempo. Una y otra vez, Hockney se preguntaba cómo una imagen plana podía contener el color, la luz y el paso de las estaciones. Esto alcanzó una forma monumental en A Year in Normandie (2020), un friso hecho en iPad de más de 90 metros de largo.

Aquí, el tiempo se hace espacio. Recorremos su longitud, pasando por el invierno, la primavera, el verano y el otoño como si atravesáramos la vida misma. La obra captura el tiempo, pero también lo deja escapar, enseñándonos la fragilidad y la humildad humanas a través de las cosas más sencillas: un camino, un árbol, un campo, una explosión de flores de espino.

Vistos junto a los de otro artista del norte de Inglaterra, LS Lowry, los paisajes de Hockney cobran aún más fuerza. Los mundos industriales de Lowry, sociales, corporales, humeantes y abarrotados, son ahora –en gran parte del Reino Unido– un recuerdo pictórico. Las carreteras, los árboles, los campos y las flores de Hockney pueden llegar a tener algún día una carga similar. No solo registran un lugar, sino una frágil idea de la tierra, la estación y el sentido de pertenencia.

En una era medioambiental, detenerse a ver con atención las flores al borde de la carretera, los árboles, las estaciones y la luz cambiante no es una huida de la política. Es un acto radical y una forma de cuidado. La insistencia de Hockney en la observación pausada parece más una advertencia que una nostalgia.

Hockney no intentó escapar del norte ni de sus orígenes; al contrario, hizo que el norte fuera imposible de ignorar. Utilizando las herramientas digitales actuales, nos pidió que estudiásemos lentamente los espacios locales en su totalidad. Su legado no es solo que entrara en el canon artístico. Es que hizo que el canon fuera más cálido: más nórdico, más queer, más popular, más colorido, más curioso desde el punto de vista tecnológico y más abierto a la alegría y el placer.

Hockney convirtió el humor, la amistad y el goce en formas serias de intercambio. En un momento en el que algunas voces se benefician de la división, y en el que la crisis medioambiental y la guerra pesan de lleno sobre la vida cotidiana, el mensaje de despedida de Hockney, “ama la vida”, resulta más impactante que nunca.

The Conversation

Simon Mckeown recibe una subvención del Consejo de Investigación en Artes y Humanidades.

ref. David Hockney, el artista que obligó a Gran Bretaña a hacer sitio al color, la alegría y la identidad ‘queer’ – https://theconversation.com/david-hockney-el-artista-que-obligo-a-gran-bretana-a-hacer-sitio-al-color-la-alegria-y-la-identidad-queer-285405

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