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La Ley del Juego: no es lo mismo apostar que echar una partida de ‘Catán’

La Ley del Juego: no es lo mismo apostar que echar una partida de ‘Catán’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Emiliano Labrador Ruiz de la Hermosa, Assistant researcher, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Las máquinas tragaperras o las casas de apuestas animan a ‘jugar’ en ellas, aunque el término tenga poco que ver con lo que hacemos cuando jugamos al escondite, por ejemplo. Elmer Laahne PHOTOGRAPHY/Shutterstock

El Gobierno de España ha impulsado una reforma integral de la Ley de Regulación del Juego. Su prioridad es actualizar un marco normativo que ya arrastra 15 años de antigüedad frente al auge exponencial del juego digital y las nuevas tecnologías. La iniciativa se encuentra actualmente en fase de consulta pública (abierta hasta el 22 de junio de 2026) para recoger aportaciones de la ciudadanía y colectivos implicados.

Si se fija, el párrafo anterior menciona, con lenguaje utilizado por el Gobierno, dos veces la palabra juego. Pero no se refiere a “Acción y efecto de jugar por entretenimiento” ni a un “ejercicio recreativo o de competición sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde”. Está hablando de ‘apuestas’: “pactar con otra u otras [personas] que aquel que se equivoque o no tenga razón, perderá la cantidad de dinero que se determine o cualquier otra cosa”, también según la RAE.

Pero no es lo mismo la Lotería Primitiva que el juego de mesa Virus!. En inglés se diferencia el “game” del “gambling”, al igual que en muchos otros idiomas. Esto no ocurre en castellano, lo que trae no pocos problemas a la hora de diferenciar ambos conceptos.

Breve repaso de la historia del juego

El primer juego de mesa documentado es el babilónico Real juego de Ur, que –se estima– tiene unos 4 500 años. Por “documentado” entendemos que hay un tablero, fichas y algunas indicaciones por escrito de cómo se juega. El arqueólogo británico Sir Leonard Wolley lo encontró cuando excavaba en la ciudad de Ur (antigua Mesopotamia, actual Irak) entre 1922 y 1934.

Tablero de juego de madera; la superficie está formada por 20 placas cuadradas de concha con incrustaciones variadas; los bordes están hechos de pequeñas placas y tiras, algunas esculpidas con un ojo y otras, posiblemente, con rosetas; en el reverso hay t
Uno de los cinco tableros de juego hallados por Sir Leonard Woolley en el Cementerio Real de Ur, que actualmente se conserva en el Museo Británico.
British Museum/Wikimedia Commons

No obstante, se tiene constancia de juegos egipcios más antiguos (y de hecho similares a este) como el Senet o el Mehen, con más de 5 000 años de antigüedad. Si seguimos hacia atrás, se han encontrado, datados en el Pleistoceno, hace unos 12 000 años, dados de hueso y madera en América del Norte y, en el Neolítico, tableros hechos de losas de piedra con agujeros en las actuales Jordania, Siria e Irán.

Pero la necesidad humana de jugar es realmente heredada de nuestro pasado animal, como demuestran diversas investigaciones. Y es que el juego es un excelente “simulador” de supervivencia, que ayuda a aumentar la flexibilidad cognitiva y enseña cohesión social y empatía, entre otros muchos beneficios.

Desde hace miles de años

Aunque hoy asociamos el juego al ocio, nace de sistematizar el azar. El juego en la antigüedad servía como herramienta trascendental, se empleaba para la adivinación (como los astrágalos grecorromanos en la guerra o el amor), como mapa del inframundo (el Senet y el viaje del alma), para predecir el destino (el Juego Real de Ur), o incluso para resolver conflictos políticos y religiosos sustituyendo batallas a muerte, como ocurría con el juego de pelota mesoamericano.

Se han encontrado dados de 4, 6 o 20 caras, huesos tallados, piedras inscritas, y tablillas planas o redondeadas, quemadas o talladas. La posición en que caían, el número, los símbolos e incluso el sonido que provocaban eran usados como guía.

Pero además, estos múltiples y sofisticados sistemas de azar se usaban con otro propósito. Estamos hablando de las apuestas. La evidencia más antigua, unas pirámides de cuatro caras, la encontramos en la Ciudad Quemada (la actual Irán), hace alrededor de 4 800 años. También hay apuestas documentadas en Mesopotamia, Egipto, en el poema épico Mahabharata (hacia el siglo IV a. e. c.), y a lo largo de toda la historia y en (casi) todas las culturas.

La adicción que provocan las apuestas no pasó desapercibida por los gobernantes, que las usaron para financiar obras públicas, como la construcción de algunas secciones de la Gran Muralla China, o para reparaciones de la ciudad de Roma por parte del emperador Augusto. En las apuestas se ha perdido de todo, según el contexto (guerras, festivales u olimpiadas): desde mantas, joyas y fortunas hasta la propia libertad.

Las apuestas no son un juego

Con tal relevancia histórica, cuesta creer que hasta 1938, fecha en que se publica Homo Ludens del historiador cultural holandés Johan Huizinga, no se comenzase a estudiar seriamente el juego. Aunque ampliado posteriormente, este texto sentó las bases actuales de análisis, al proponer características esenciales que delimitaban qué es el concepto.

Entre ellas enunciaba que es libre (no se puede obligar a jugar), se produce en un momento del tiempo y del espacio (tiene un principio y un fin), exige toma de decisiones (no sirve quedase de brazos cruzados), tiene reglas y objetivos (si no, estamos hablando de juguetes), es una simulación (no tiene relación con el mundo real), es gratuito (no puede implicar interés o beneficio material) e introduce el concepto de círculo mágico (en el juego uno entra, se transforma en algo o alguien, y al salir vuelve a ser la misma persona).

Diferentes cajas de juegos de mesa.
¿Buscamos regular esto?
mailcaroline/Shutterstock

Estos elementos, con algunas variantes menores, son los más aceptados hoy en día para definir el juego. Y precisamente ellos demuestran que las apuestas no lo son, pues rompen sus pilares más relevantes.

Los sistemas de apuestas no suelen ser libres. Como sucede en la popular serie El juego del calamar, muchas personas participan desesperadas por ganar dinero. Los dueños de los negocios de apuestas lo saben, por eso sitúan las casas de apuestas generalmente en barrios vulnerables. Las apuestas tampoco son una simulación, ni gratuitas. Pero, sobre todo, rompen el círculo mágico: en casos en los que deriva en adicción, una vez que se cae en la ludopatía, es muy difícil salir, y raramente al hacerlo uno es la misma persona.

El lenguaje construye

Los gobiernos han promovido históricamente los juegos de azar atraídos por sus altos beneficios, permitiendo a las empresas lucrarse al vender esperanza de enriquecimiento.

Pero utilizar la palabra ‘juego’ en lugar de ‘apuestas’ puede hacer parecer que la actividad es más neutra de lo que realmente es. Llamar Dirección General de Ordenación del Juego a un departamento que se ocupa del deporte y las apuestas, o Ley del juego a una regulación que penaliza a los sistemas de apuestas, es la forma más directa de blanquear a estas últimas. Porque no estamos hablando de hacer una redada en un campeonato de Catán, o de registrar las oficinas de una editorial de juegos.

Por eso, dejemos de utilizar la palabra “juego” para denominar aquello que sucede fuera de entornos puramente lúdicos, y abracemos el cambio de sintagma. La primera que debe hacerlo es la propia Administración pública, que llama a su departamento “Loterías y Apuestas del Estado” pero anima a sus usuarios a “jugar”.

The Conversation

Emiliano Labrador Ruiz de la Hermosa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La Ley del Juego: no es lo mismo apostar que echar una partida de ‘Catán’ – https://theconversation.com/la-ley-del-juego-no-es-lo-mismo-apostar-que-echar-una-partida-de-catan-284245

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