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Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal que creía ciegamente en la autorregulación de los mercados

Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal que creía ciegamente en la autorregulación de los mercados

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Echeverry, Assistant Professor of Finance and affiliate researcher, ICS-NCID, Universidad de Navarra

Alan Greenspan (1926-2026). Rob Crandall/Shutterstock

El pasado 22 de junio murió a los 100 años Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal estadounidense (FED) entre 1987 y 2006, desde donde supervisó la expansión económica estadounidense más larga de una generación.

Greenspan, que llegó a ser aclamado como el mejor banquero central de la historia, también fue, apenas dos años después de su retiro, uno de los rostros de la crisis financiera que estalló en 2008, el mayor desplome financiero global desde la Gran Depresión.

Riesgo o incertidumbre

Es en esa doble cara donde Kevin Warsh, recién llegado a la presidencia de la FED, hará bien en estudiar para decidir qué conviene heredar y qué conviene desechar del legado de Greenspan.

No fue un académico de carrera sino un consultor de Wall Street obsesionado con los datos. The Economist lo ha retratado como “el músico de jazz que confiaba en los números igual que en las notas de una partitura”. Pero dejó una aportación intelectual de primer orden: el enfoque de gestión de riesgos de la política monetaria, que presentó en 2004.

A partir de la idea de que los bancos centrales operan siempre en la incertidumbre, Greenspan distinguía entre el riesgo –cuando se conoce la probabilidad del resultado– y la incertidumbre knightiana –cuando no se conoce–, y concebía la política monetaria como una decisión de ajuste estadístico. Así, el responsable de tomar las decisiones monetarias no debe fijarse solo en el escenario más probable sino en toda la distribución de desenlaces posibles, sopesando costes y beneficios, casi siempre asimétricos.

En su discurso sobre la energía de 2004, defendió que las señales de precios acaban resolviendo hasta los desequilibrios que parecen insalvables, y opuso el poder de los mercados al poder sobre ellos. Confió también en la tecnología y apostó a que el alza en la productividad que esta conllevaba contendría la inflación, aunque el paro cayera a mínimos, tomando en cuenta la premisa de que a menor desempleo mayor consumo y más riesgo de subida en los precios.

Fe ciega

Esa misma fe puede haber sido su debilidad. El gurú que antes de llegar a la FED criticaba el poder de los bancos centrales, no dudó luego en emplear a fondo sus herramientas: inyectar liquidez y bajar tipos en cada crisis, lo que el mercado bautizó como Greenspan put. Prefería no pinchar las burbujas sino limpiar después los destrozos. Un ejemplo: a finales de 1996 advirtió de que la “exuberancia irracional” de los inversores inflaba los precios en los mercados y advirtió del riesgo de una inminente burbuja financiera, pero no actuó en consecuencia. Y se opuso a la regulación de instrumentos financieros complejos, persuadido de que las entidades se vigilarían a sí mismas por puro interés.

La crisis de 2008 desmintió su exceso de confianza en la autorregulación de los mercados.

En su histórica comparecencia ante el Congreso estadounidense de octubre de ese mismo año, Greenspan reconoció haber “encontrado un defecto” en su visión del mundo: su fe en el libre mercado había sido demasiado ciega y los mercados deberían estar más regulados.

Economistas como Paul Krugman, John Taylor o Alan Blinder le reprocharon mantener los tipos demasiado bajos durante demasiado tiempo y arrastrar un punto ciego en materia regulatoria.

¿Qué preservar de la herencia de Greenspan?

Lo primero que merece conservarse es su marco de gestión de riesgos. Partiendo de que los modelos y previsiones son solo aproximaciones a una economía real que cambia sin cesar (y por tanto se mueve en la incertidumbre), abogaba por dar la primacía al juicio personal sobre el piloto automático en la toma de decisiones y comprar seguros contra las catástrofes de cola.

También está su defensa de la independencia del banco central, que Greenspan ejerció cuando plantó cara a la Casa Blanca de George H. W. Bush ante sus exigencias de dinero más barato. Es una lección incómoda para Warsh, nombrado bajo la presidencia de Donald Trump y, por tanto, bajo sospecha de docilidad.

En cambio, lo que debe desecharse es su excesiva confianza en la autorregulación de los mercados. Es una gran ironía que el colapso de 2008 fuese exactamente una de esas incertidumbres knightianas que el propio marco de gestión de riesgos de Greenspan exigía vigilar, pero que sus prejuicios ideológicos silenciaron. Aplicar la humildad ante el riesgo no solo a la inflación sino sobre todo a la estabilidad financiera –revisando la doctrina de “limpiar después” y tomando en serio la supervisión y control de los mercados–, es quizá la gran lección que deja.

Greenspan escribió, mejor que casi nadie, sobre los límites del conocimiento del banquero central. Su tragedia fue no aplicarse del todo su propia receta. Si Warsh quiere honrar al Maestro, hará bien en leer su música y corregir una que otra nota falsa.

The Conversation

David Echeverry no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal que creía ciegamente en la autorregulación de los mercados – https://theconversation.com/alan-greenspan-el-presidente-de-la-reserva-federal-que-creia-ciegamente-en-la-autorregulacion-de-los-mercados-285894

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