Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica María Martínez Sariego, Profesora Titular de Universidad (Área: Literatura), Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Las redes sociales han multiplicado las formas de contacto entre desconocidos. También han ampliado las posibilidades del acoso. Si el exhibicionismo clásico tenía como icono al hombre de la gabardina, hoy una de sus manifestaciones más frecuentes es el denominado cyberflashing: el envío de imágenes sexuales no solicitadas –generalmente fotografías de genitales masculinos– a través de redes sociales, aplicaciones de mensajería o plataformas de citas.
Aunque pueda parecer un fenómeno típicamente digital, la lógica que lo sustenta no es nueva. La literatura del Siglo de Oro español ofrece ya una escena que, leída desde el presente, resulta sorprendentemente cercana.
Un soneto anónimo del Siglo de Oro
En el soneto anónimo “De cierta dama que a un balcón estaba”, atribuido a Francisco de Quevedo, una mujer se asoma al balcón mientras un labrador la contempla desde la calle con insistencia. Ella, al advertir su actitud, le pregunta qué le sucede. Él responde sin rodeos que la visión de su pierna le ha provocado excitación.
La dama lo rechaza con una fórmula proverbial que establece con claridad el límite entre contemplar y poseer: “Aquesto, hermano, no es más de ver y desear la fruta”. Un refrán o frase sentenciosa con un sentido similar sería “lo verás, pero no lo catarás”. O, más llanamente, “se mira, pero no se toca”.
La escena podría concluir ahí, como un episodio de galantería frustrada, pero el gañán, molesto por la negativa, responde exhibiendo obscenamente sus genitales y remata el gesto con un insulto dirigido a la mujer: “¡Pues ver y desear, señora puta!”.
La sospecha sobre la mujer visible
Para comprender plenamente el episodio conviene situarlo en su contexto. La mujer ventanera era una realidad cultural del Siglo de Oro, como refleja la pintura Mujeres en la ventana (1665-1675), de Bartolomé Esteban Murillo, que luego recreará Francisco de Goya en Maja y Celestina en el balcón (1812) y Majas al balcón (1808-1814).

National Gallery of Art (Estados Unidos)
Circulaban entonces refranes que asociaban el hecho de asomarse a ventanas y balcones con la coquetería o la provocación: “Mujer ventanera, poco costurera”, “Mujer ventanera, nunca llega a casadera”, “Mujer ventanera, busque a otro que la quiera”, “Moza que se asoma a la ventana cada rato, quiérese vender barato” o, directamente, “Moza ventanera, o puta o pedorrera” (donde pedorrera significa ‘chica presumida o proclive a la diversión inmoral’).
La ventana constituía un espacio ambiguo: permitía a la mujer ver el exterior sin abandonar el ámbito doméstico, pero al mismo tiempo exponía su imagen a la mirada masculina. Esa sola visibilidad bastaba para despertar la sospecha: la mujer se convertía en objeto de deseo, pero también de censura moral. La atención se desplazaba de este modo hacia su conducta –estar en el balcón, dejarse ver–, mientras que la reacción del hombre tendía a interpretarse como una consecuencia casi natural de esa supuesta provocación.
Del balcón al mensaje privado
Cuatro siglos después, la pantalla ha sustituido el balcón. Muchas mujeres reciben en sus mensajes privados imágenes sexuales enviadas por desconocidos sin haberlas solicitado ni consentido. El “hombre de la gabardina” ya no se oculta en callejones oscuros, sino en las profundidades de internet. Favorecido por el anonimato y la sensación de impunidad que proporciona el entorno digital, el cyberflashing prolonga una misma lógica de irrupción obscena: ya no hace falta la presencia física para invadir el espacio íntimo de otra persona, basta una pantalla.
Ahora bien, aunque el medio ha cambiado, persiste una misma lógica: la presencia pública de una mujer se entiende como indicio de disponibilidad. Un perfil en redes sociales, una fotografía o una interacción mínima pueden leerse como una invitación. Cuando esa expectativa no se ve confirmada, la respuesta puede adoptar la forma de acoso verbal, insulto o exhibición obscena.
No es cortejo, sino imposición
El cyberflashing se trivializa a menudo como una forma torpe de flirteo. Sin embargo, su significado es muy distinto. Enviar una imagen sexual no solicitada no equivale a iniciar una conversación, sino a irrumpir en el espacio visual de otra persona sin su consentimiento.
En el soneto atribuido a Quevedo, el gesto del labrador deja claro que no se trata de una tentativa de seducción, sino de una respuesta agresiva y degradante ante el rechazo. Algo semejante parece ocurrir en la actualidad. Quienes envían imágenes sexuales no solicitadas frecuentemente no buscan establecer un vínculo afectivo o erótico con la persona receptora. En muchos casos anticipan –e incluso buscan expresamente– una reacción negativa, lo que sitúa esta conducta más cerca del acoso que del cortejo. Algunas investigaciones la han relacionado, de hecho, con rasgos de la llamada tríada oscura de la personalidad: narcisismo, maquiavelismo y psicopatía.
Lo que el poema deja traslucir
La literatura refleja escenas que revelan la persistencia de ciertas conductas. El soneto atribuido a Francisco de Quevedo muestra con nitidez una lógica que sigue siendo reconocible: la confusión entre visibilidad y disponibilidad, la iniciativa sexual no solicitada y la reacción agresiva ante los límites marcados por la mujer.
Cuatro siglos separan aquel balcón barroco de los mensajes privados en Instagram o Tinder. La tecnología ha cambiado; pero ciertas formas de entender el deseo y el rechazo, no tanto.
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Mónica María Martínez Sariego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. En el Siglo de Oro las mujeres ya recibían imágenes no solicitadas de penes – https://theconversation.com/en-el-siglo-de-oro-las-mujeres-ya-recibian-imagenes-no-solicitadas-de-penes-281829
