Source: People’s Republic of China – State Council News in Spanish
.china.org.cn | 02. 07. 2026
Ansiedad y desequilibrio
El discurso «El choque de China 2.0» ha ganado terreno en algunos informes de centros de estudios occidentales y en comentarios de los medios de comunicación. Este sostiene que el rápido desarrollo de China en los sectores de las nuevas energías, la inteligencia artificial (IA) y otras tecnologías de punta depende de los mercados extranjeros para absorber el exceso de capacidad, reduce la participación de mercado de los países desarrollados a lo largo de la cadena de valor, limita a otras economías emergentes a la manufactura de bajo valor agregado y representa un impacto mayor para la economía mundial que el observado en la era de la manufactura tradicional. ¿Qué impulsa esta narrativa y qué propósito cumple? ¿Es el desarrollo de China realmente un «choque»? Para responder a estas preguntas, es necesario analizarla exhaustivamente.
Reformulación de tres conceptos
Aunque el «El choque de China 2.0» sigue la misma línea argumental que su precedente «El choque de China 1.0», su lógica es bastante diferente, como se muestra con mayor claridad en tres sustituciones conceptuales.
En primer lugar, la «competitividad» se reformula como «sobrecapacidad». A primera vista, «sobrecapacidad» suena como un término técnico neutral. Sin embargo, en esencia, suele ser un juicio político que se mide en comparación con la demanda interna de otro país. Alemania produce muchos más autos de los que compran sus consumidores; lo mismo ocurre con los chips de Corea del Sur y la maquinaria de precisión de Japón. Sin embargo, en estos casos, el excedente se considera competitividad, no un «exceso». ¿Por qué, entonces, un superávit comercial similar se convierte en blanco de críticas cuando se trata de China? Este doble rasero revela que el «exceso de capacidad» no es un juicio económico, sino una herramienta de retórica política que convierte la eficiencia china en una falla.
Los críticos acusan a los productos chinos de ser demasiado baratos, demasiado abundantes y demasiado buenos, y los califican de «desleales». Lo que inquieta al mundo occidental no es que a China le vaya mal, sino que a China le vaya muy bien.
En segundo lugar, la «capacidad sistémica» se replantea como «dumping subvencionado». «El choque de China 2.0» parte de la afirmación de que los sustanciales subsidios gubernamentales han creado un exceso de capacidad artificial, lo que ha llevado a un dumping de precios bajos en todo el mundo. Pero a juzgar por el desarrollo del rubro chino de nuevas energías en los últimos años, reducir el liderazgo del país en vehículos eléctricos, baterías y energía fotovoltaica simplemente a estas ayudas ignora la resiliencia de las cadenas industriales chinas.
La ventaja de costos en este sector proviene principalmente de tres factores. En primer lugar, cuenta con una densidad de cadena de suministro poco común en otros lugares, con un ciclo cerrado desde el refinado de litio hasta las celdas de batería y los vehículos completos, todo ello en un radio de varios cientos de kilómetros. En segundo lugar, la competencia interna es feroz, con docenas de empresas rivales en el mismo mercado, lo que recorta los márgenes y lleva la eficiencia al límite. En tercer lugar, la escala en sí misma genera un efecto de curva de aprendizaje. El precio de exportación de los módulos solares cayó de unos 18 centavos por vatio en 2023 a 13,7 centavos en el primer semestre de 2024, no debido a los subsidios de un solo organismo, sino por los efectos combinados de la capacidad, la tecnología y la competencia.
Si las subvenciones en sí mismas se consideran «desleales», entonces las economías que ahora están aumentando los aranceles difícilmente pueden justificar sus políticas. La Ley de Reducción de la Inflación y la Ley CHIPS de Estados Unidos implica cientos de miles de millones de dólares en apoyo industrial, mientras que la Unión Europea también ha utilizado elementos de política pública para respaldar sus tecnologías limpias. Cuando las subvenciones ya son una práctica común entre las principales economías, acusar únicamente a China de «comportamiento ajeno al mercado» se asemeja más a una ceguera selectiva.
En tercer lugar, la pregunta de «quién se beneficia» cambia a «quién sale perjudicado». «El choque de China 2.0» se enfoca casi por completo en las «fábricas afectadas», mientras ignora sistemáticamente un hecho: los productos chinos, más accesibles y de mejor calidad, brindan un raro «dividendo desinflacionario» a la clase media global, actualmente bajo una intensa presión inflacionaria.
El Centro de Investigación de Política Económica ha proporcionado estimaciones específicas: una disminución del 1 % en el valor unitario de las importaciones chinas podría rebajar los precios al consumidor de la zona euro para los bienes industriales no energéticos en casi un 0,15 % a lo largo de tres años. Dado que los precios de los bienes chinos han bajado alrededor de un 6,5 % desde principios de 2025, esto supone una disminución acumulada de alrededor de un 1 % en los precios de los bienes relacionados en la zona del euro para finales de 2028. Las industrias con mayor penetración de productos chinos han registrado la desaceleración más evidente en la inflación de los precios al productor. En otras palabras, la misma fuerza descrita como una «amenaza» deviene un alivio real para los hogares comunes.
La naturaleza de los aranceles es más evidente: no protegen a los consumidores, sino que les imponen un «impuesto de protección» regresivo. Cuanto más dependen los hogares de bajos ingresos de bienes de primera necesidad asequibles, mayor es la carga que soportan.
Contradicciones estructurales
Basada en estas tres sustituciones conceptuales, «El choque de China 2.0» expone el doble rasero occidental respecto al progreso económico y tecnológico de China. Las restricciones a su rubro de energías renovables, en particular, revelan la hipocresía que subyace a las afirmaciones occidentales de apoyar la transición verde. Además, existe una tendencia metodológica a utilizar discursos morales para enmascarar contradicciones estructurales económicas.
La primera es la paradoja de la transición verde. Si bien los países occidentales describen el cambio climático como un reto existencial, también han elevado las barreras arancelarias entre un 20 y un 30 % a las vías más económicas para la reducción de carbono: los paneles solares, las baterías y los vehículos eléctricos chinos. Si los aranceles hacen que un panel solar en Ohio sea mucho más caro que uno en el sudeste asiático, la transición a la energía verde se ralentizará inevitablemente.
Según la Agencia Internacional de Energía, China representó más del 80 % de la producción mundial de celdas de batería en 2025. En lugar de considerar esta capacidad como una solución disponible a la crisis climática, “El choque de China 2.0” sugiere que algunos prefieren encarecer y ralentizar el giro antes que permitir que la manufactura china participe en ella. Anteponer la competencia geopolítica a la acción climática es la verdadera “distorsión” a cuestionar.
El segundo error es metodológico, pero más profundo. La narrativa transforma lo que es básicamente un problema macroeconómico de ahorro e inversión en un enfoque moral sobre un país que perjudica a otro. La raíz del superávit o déficit comercial de un país reside en la brecha entre el ahorro interno y la inversión, no en la supuesta “injusticia” de sus socios comerciales. Estados Unidos ha tenido durante mucho tiempo ahorros insuficientes, consumo excesivo y altos déficits fiscales, mientras disfrutaba del “privilegio exorbitante” del dólar como moneda de reserva. Esta estructura hace que los déficits comerciales sean prácticamente inevitables, ya sea que el país con superávit sea China, Japón o cualquier otra economía con alto ahorro.
Atribuir el desequilibrio macroeconómico de Estados Unidos a la política industrial de China invierte la relación causa-efecto. Los aranceles pueden bloquear categorías específicas de productos chinos, pero no pueden bloquear la dependencia estructural de una economía con bajo ahorro respecto del ahorro externo. Esto explica por qué, incluso cuando los aranceles estadounidenses mermaron la participación directa de China en las importaciones estadounidenses de aproximadamente el 22 % en 2017 a casi el 9 % en 2025, los productos aún han ingresado a través de transbordos en México y Vietnam, lo que revela que la demanda global de la eficiencia china sigue firme.
«Oportunidad China 2.0»
Desde las teorías de la «Amenaza china» y el «Colapso de China» hasta la «Sobrecapacidad china», y desde el «El choque de China 1.0» hasta «El choque de China 2.0», el mundo occidental ha utilizado repetidamente estos discursos para frenar el desarrollo chino, creando un «consenso» y engañando a la opinión pública.
Japón enfrentó una forma muy similar de manipulación en la década de 1980. Muchos países que ahora señalan a los recién llegados por sus políticas industriales, protección arancelaria y orientación a la exportación, en su momento recurrieron a métodos parecidos, incluidos el Reino Unido, Estados Unidos, Japón y Corea del Sur.
La lógica de “El choque de China 2.0” no se centra en China como una “amenaza”, sino en la ansiedad de quienes crearon este concepto: ansiedad por una brecha de eficiencia, costo de la transición y un mundo que ya no se define por la versión de una de las partes sobre las “reglas del mercado”. Llamar a esta ansiedad “choque chino” puede ser políticamente conveniente, pero es económicamente engañoso. El diálogo sobre desequilibrios comerciales, capacidad y competencia leal es necesario, pero debe comenzar por analizar “El choque de China 2.0” desde otra perspectiva porque lo que refleja nunca ha sido solo China.
Si bien el término es ahora un tema recurrente en Occidente, numerosas instituciones y medios internacionales también se han referido a ella como “Oportunidad de China 2.0”. Este contraste refleja diferentes puntos de vista sobre su rápido desarrollo. Quienes usan la etiqueta “choque” quizás se resisten a reconocer la validez del modelo y la trayectoria de China e intentan mitigar su temor con imputaciones. Quienes hablan de “oportunidad” reconocen los beneficios de los avances tecnológicos y de los productos chinos en sectores emergentes, así como la posibilidad de avanzar juntos hacia el futuro.
Como segunda economía mundial, el mercado chino es a la vez independiente y parte integral del mercado global. En un momento en que la desglobalización liderada por Estados Unidos avanza a galope, China sigue apostando por una mayor apertura, cooperación y beneficio mutuo. Esta apertura no es una respuesta pasiva, sino una decisión estratégica activa. Cuando quienes defienden “el choque” intentan definir un nuevo contexto con un guion antiguo, China debe mantenerse firme en su vía de desarrollo, reforzar sus capacidades y ayudar a la comunidad internacional a compartir los beneficios inclusivos que brindan las nuevas energías, la IA y otros campos de alta tecnología.
La autora es decana del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de la Universidad de Estudios Extranjeros de Guangdong.
