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Saber nadar no basta para evitar los ahogamientos

Saber nadar no basta para evitar los ahogamientos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan-Antonio Moreno-Murcia, Catedrático de Universidad, Universidad Miguel Hernández

Sunny studio/Shutterstock

Mientras usted lee este artículo, miles de personas estarán en el agua (mar, piscina, río o embalse) bañándose, practicando deporte, mejorando su salud o trabajando. La inmensa mayoría volverá a casa sin incidentes. Lamentablemente, algunas personas no lo harán o volverán con secuelas serias y permanentes.

Cada año se repiten las mismas secuencias: bañistas que sabían nadar desaparecen en el mar, menores que pierden la vida por bañarse sin la adecuada supervisión, personas que entran en aguas aparentemente tranquilas de las que no pueden salir, o familiares que intentan rescatar a sus seres queridos (incluso mascotas) y acaban convirtiéndose también en víctimas por no estar preparadas para ello. El ahogamiento es una de las principales causas de muerte y de morbilidad severa y permanente por lesiones no intencionales en el mundo.

¿Por qué se ahogan personas que saben nadar? Seguimos asociando la seguridad acuática casi exclusivamente con la capacidad de mantenerse a flote, pero no son conceptos equivalentes.

Evolución en el aprendizaje de la natación

Durante buena parte del siglo XX, el objetivo de aprender a nadar como mera capacidad de no hundirse tenía todo el sentido. Aprender a flotar, respirar y desplazarse en el agua supuso un enorme avance para millones de personas, pues estas competencias proporcionan una primera capa de protección frente al ahogamiento.

Sin embargo, muchos ahogamientos (mortales y no mortales) afectan a personas que saben nadar, incluso a aquellas que nadan muy bien. En muchos casos, lo que falla no es la falta de competencia natatoria, sino la capacidad para identificar y comprender el riesgo real, así como las decisiones que se toman.

Saber nadar ya no es suficiente

Existe una diferencia sustancial entre saber nadar (desplazarse en el agua sin apoyarse en el suelo y sin material de flotación) y estar preparado para desenvolverse con seguridad en cualquier entorno acuático. El común denominador de las piscinas familiares, las playas con oleaje, los ríos con corriente o los embalses con fondos impredecibles es que todos estos espacios tienen agua, pero presentan riesgos completamente distintos. La técnica de nado puede ser similar, pero las decisiones y las capacidades requeridas para bañarse con seguridad en cada escenario no son las mismas.

Diversas investigaciones muestran que muchas personas que saben nadar sobreestiman sus capacidades o subestiman los riesgos reales del agua. La confianza excesiva, la presión social del grupo o la respuesta emocional ante una emergencia pueden alterar la percepción del riesgo y favorecer la toma de decisiones precipitadas, desafortunadas y fatales.

En los últimos años, la enseñanza tradicional de la natación ha evolucionado hacia un concepto mucho más amplio: la competencia acuática. Este enfoque integra las habilidades motrices con el conocimiento del medio, la identificación de peligros, la regulación emocional y la toma de decisiones responsables y ajustadas a la realidad individual.

La educación que puede salvar vidas

Cuando se analizan los accidentes y los datos nacionales de ahogamientos, aparecen patrones sorprendentemente similares. Entrar en zonas de baño sin socorristas, ignorar las banderas y las señales de seguridad, bañarse tras consumir alcohol u otras sustancias, comportarse de forma imprudente, sobrestimar las propias capacidades y subestimar las condiciones del medio o rescatar a otras personas sin la debida preparación son situaciones que se repiten una y otra vez. Tampoco es infrecuente la falta de supervisión del baño de las personas más desprotegidas frente al ahogamiento (menores, mayores y personas con discapacidad). Salvo excepciones, el factor común no suele ser la falta de habilidad física, sino la toma de decisiones desafortunadas.

Esta realidad obliga a replantear cómo educamos a la población. Si enseñamos educación vial para conducir vehículos o caminar por las calles, hábitos saludables para prevenir enfermedades o primeros auxilios para responder ante una emergencia, ¿por qué no educamos también para convivir con seguridad en un medio al que millones de personas estarán expuestas durante toda su vida?




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Precisamente desde esta perspectiva nace el concepto de alfabetización acuática, esto es, de educación acuática preventiva en el ámbito escolar. Parte de una idea sencilla: la prevención de los ahogamientos comienza mucho antes de entrar al agua. Comienza cuando la población joven e infantil empieza a comprender el medio acuático, a reconocer sus límites y a tomar decisiones responsables.

La escuela constituye un escenario privilegiado para desarrollar esta cultura preventiva. Igual que educa para la salud, la economía, la sostenibilidad o la convivencia, también puede contribuir a que toda la población se relacione con el agua (disfrutar, practicar deporte, trabajar, mejorar la salud, etc.) de forma segura durante toda la vida.

Siete decisiones que pueden evitar un ahogamiento

Además de la importancia de elegir zonas de baño vigiladas por socorristas y con servicios de emergencia, la seguridad también depende de las decisiones cotidianas que cada persona toma antes y durante el baño.

  1. No confunda saber nadar con ser inmune al ahogamiento. La técnica natatoria no elimina los riesgos de una corriente, un oleaje intenso, un cambio brusco de profundidad, una pérdida de conocimiento o un problema con la fauna acuática. Evite nadar o bucear en solitario, no se aleje de la orilla y practique actividades y deportes acuáticos con material de seguridad (chalecos salvavidas, tubos de flotación, etc.).

  2. Antes de entrar al agua, valore el medio y piense de forma realista si podrá salir. El estado del agua, las características del entorno, las corrientes, la meteorología o la profundidad pueden dificultar o impedir su salida.

Bañeras en el pozo de las paredes de Navacepeda de Tormes, en el lecho del río Barbellido.
Angel L/Shutterstock
  1. Respete las normas de seguridad. Las banderas, la señalización y las recomendaciones o apercibimientos del personal de rescate deben entenderse como herramientas de prevención que pueden salvarle la vida a usted y a su familia.

  2. Ayudar sin comprometer nuestra vida. Ante una persona que se ahoga, debe llamar al personal de rescate. Si está sólo, ayude desde fuera del agua con medios de alcance o de flotación que pueda acercar o arrojar a quien se ahoga. Elija siempre zonas de baño vigiladas por socorristas, pues los rescates son maniobras muy peligrosas que deben ser realizadas por profesionales.

  3. Vigilar continuamente a las personas más desprotegidas frente al ahogamiento (menores, mayores y personas con discapacidad). Los ahogamientos de estas personas pueden producirse silenciosamente en piscinas familiares que carecen de vallado perimetral. Sobre todo, durante la comida o la siesta y en cuestión de segundos; sin que nadie se percate. Otro problema de las piscinas son los atrapamientos. Instale rejillas anti-atrapamiento en los sumideros de fondo y facilite el acceso directo al apagado de la depuradora. En estos casos, la velocidad de actuación es vital.

  4. No ceda a la presión del grupo y no se exponga a riesgos innecesarios. Si cree que aceptar un reto propuesto por el grupo puede comprometer su seguridad, no lo acepte. A veces, esta decisión marca la diferencia entre la vida y la fatalidad.

  5. Nunca entre al agua bajo los efectos del alcohol o de otras sustancias. El alcohol, las drogas y ciertos medicamentos pueden condicionar la percepción de la realidad, alterar el comportamiento y comprometer la capacidad para responder adecuadamente ante una situación complicada e inesperada.




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Cada ahogamiento representa una tragedia personal y familiar, pero también una oportunidad para reflexionar sobre cómo debemos educar a nuestra sociedad. Durante el siglo XX aprendimos a movernos en el agua. El gran desafío del siglo XXI consiste en comprender, respetar y convivir de forma segura con este medio.

Porque la mejor prevención contra el ahogamiento no empieza cuando alguien cae al agua. Comienza mucho antes, cuando educamos a las personas para vivir en, sobre y alrededor del agua.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Saber nadar no basta para evitar los ahogamientos – https://theconversation.com/saber-nadar-no-basta-para-evitar-los-ahogamientos-286988

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