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El “caramel mocha” desplaza al café de olla: cuando el algoritmo gastronómico devora al patrimonio alimentario

El “caramel mocha” desplaza al café de olla: cuando el algoritmo gastronómico devora al patrimonio alimentario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandra del Carmen Meza Servín, Associate professor, Universidad de Guadalajara

shutterstock GaudiLab/Shutterstock

¿Cuándo dejamos de elegir la comida por su sabor, su historia o sus nutrientes y empezamos a seleccionarla por su paleta de colores? En la era de TikTok e Instagram, el acto milenario de alimentarse ha sufrido una mutación drástica. Hoy, la comida entra primero por la pantalla, pasa por los ojos y, finalmente, si acaso queda espacio para la autenticidad, llega a la boca.

Este fenómeno ha dado paso a lo que podemos denominar el “algoritmo gastronómico”: una estandarización visual de la dieta globalizada, donde el valor de un plato no reside en su herencia culinaria ni en su arraigo territorial, sino en su capacidad para acumular interacciones en redes sociales. Para la Generación Z –los nativos digitales nacidos entre 1997 y 2012–, el consumo de alimentos se ha convertido en un acto de construcción de identidad estética. Sin embargo, detrás de cada café con capas de colores perfectas o de cada bol de ingredientes exóticos se esconde una profunda crisis cultural, agrícola y ambiental.

Secuestro de la atención y hambre visual

El cerebro humano evolucionó para buscar alimentos de manera eficiente mediante la vista. No obstante, la exposición constante a imágenes hiperestilizadas de comida en redes sociales, un fenómeno conocido en la neurociencia cognitiva como hambre visual (visual hunger), ha jaqueado este mecanismo biológico.

Investigaciones sobre el comportamiento del consumidor demuestran que las plataformas digitales estimulan respuestas neuronales y fisiológicas asociadas al apetito incluso en ausencia de hambre física. Los restaurantes diseñados para ser “instagrameables” (con luces de neón, vajillas minimalistas y paredes florales) no venden comida: venden escenarios para la autorrepresentación digital.

Tomando como ejemplo la gastronomía mexicana, los alimentos tradicionales, que tienen tonos pardos o texturas complejas (como un mole negro, un guiso de frijoles de olla o un té de hierbas local), pierden la batalla por la atención frente a la saturación cromática de un polvo de té verde japonés (matcha) o un jarabe industrial de caramelo brillante. El criterio de lo aesthetic o estetizado, que incluye colores pasteles, capas definidas y simetría perfecta, desplaza la imperfección orgánica de la comida real.

Del té de limón al matcha: la comida más fotogénica arrasa

Este cambio de preferencias tiene un costo identitario devastador, particularmente en países con una vasta riqueza culinaria. En México, cuya cocina tradicional fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, se vive una silenciosa desconexión intergeneracional.

Cocineras tradicionales y defensores de los saberes agrícolas advierten sobre una pérdida acelerada de ingredientes y recetas ancestrales debido al desinterés de las nuevas generaciones. El traspaso oral de conocimientos, ese aprendizaje familiar donde las abuelas enseñaban a “curar” el café de olla con piloncillo y canela, o a hervir las hojas frescas del té de limón del huerto familiar, está siendo reemplazado por tutoriales de 15 segundos en formato vertical. Estos mensajes virales promueven recetas estandarizadas globalmente, como el “caramel mocha” (bebida de café que mezcla espresso, jarabe de chocolate y sirope de caramelo) helado o los “smoothie bowls” de açaí (fruto en forma de baya oscura de origen amazónico).

Al sustituir el té de limón (una planta de fácil cultivo doméstico y local) por el matcha importado, o el chocolate de mesa artesanal por jarabes transnacionales de alta fructosa, no solo se altera el paladar. Se rompe la cadena de transmisión cultural que ha sostenido la soberanía alimentaria de comunidades enteras durante siglos.

Desconexión con el territorio y el consumo local

El auge de la comida visual ataca directamente los cimientos de movimientos como el slow food (en español, comida lenta), que defiende una alimentación buena, limpia y justa. Este concepto propone la paciencia, el respeto por los ciclos de la naturaleza y el consumo de proximidad (kilómetro cero). En contraste, el algoritmo gastronómico exige inmediatez, novedad constante y uniformidad.

El reemplazo promovido por la lógica del algortimo y la atención destruye cadenas de producción locales y acentúa el desperdicio de alimentos,. Esto debido a que se descartan aquellos insumos que no cumplen con los parámetros fotogénicos del mercado.

Frente a esta homogeneización, las redes y el mundo digital ofrecen también contenidos que transitan en dirección opuesta, ofreciendo soluciones y alternativas que promueven la conciencia alimentaria y el consumo responsable. Es el caso de la miniserie de podcasts “Somos lo que comemos”, creada por Andrés Cota Hiriart y Claudio Martínez en el espacio Masaje Cerebral, donde se ofrece una visión diversa y anclada en la cultura del territorio. Hongos y micófagos, insectos comestibles, el rol central del maíz o la biotransformación de desperdicios son algunos de los temas abordados en estos programas divulgativos, con destacado nivel de audiencia y difusión en México.

A través de voces científicas e investigadoras, estas iniciativas nos recuerdan que la reconexión con el origen de lo que comemos no es una utopía, sino un compromiso social sustentado en la evidencia.

La mesa como espacio de resistencia

Para contrarrestar el impacto de las tendencias digitales, resulta fundamental abrazar la cocina del aprovechamiento, revalorizar la belleza rústica del producto local y convertir la sostenibilidad en el verdadero centro de nuestra cultura alimentaria.

Solo cuando volvamos a comer con ojos que, más allá de las pantallas, reconocen la historia, la biodiversidad y el respeto ecológico, el algoritmo dejará de dictar nuestra dieta y la mesa se convertirá en un espacio de resistencia sustentable.

The Conversation

Alejandra del Carmen Meza Servín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El “caramel mocha” desplaza al café de olla: cuando el algoritmo gastronómico devora al patrimonio alimentario – https://theconversation.com/el-caramel-mocha-desplaza-al-cafe-de-olla-cuando-el-algoritmo-gastronomico-devora-al-patrimonio-alimentario-288339

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