Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Merino, Universidad de Deusto
En la película Padre no hay más que uno 4: Campanas de boda, una escena resume con humor buena parte del debate actual sobre la crianza. Milagros, la abuela interpretada por Loles León, intenta despertar a una de las niñas para ir al colegio. La pequeña se resiste, grita y se niega a levantarse.
La abuela prueba entonces a aplicar lo que entiende por crianza consciente: le dice con voz calmada que comprende su frustración, que a ella también le gustaría quedarse en la cama hasta las once y que ambas van a respirar profundamente. Pero la niña continúa chillando. Milagros pierde la paciencia y termina amenazándola a gritos con arrancarle las coletas. La rabieta cesa de inmediato. Al salir de la habitación, comenta satisfecha al padre: “Eso de la crianza consciente sí funciona”.
Todos nos podemos reconocer en los extremos que plantea la escena: por un lado, una educación basada en razonar, validar y acompañar cada emoción; por otro, una autoridad brusca sostenida en el miedo. Entre ambos polos se sitúa una pregunta importante: ¿la crianza respetuosa ofrece realmente una alternativa a los modelos tradicionales o, bien entendida, recupera algo que la psicología lleva décadas defendiendo: la combinación de afecto, sensibilidad y límites claros?
De dónde viene la crianza respetuosa
En los últimos años, la crianza respetuosa (conocida en inglés como gentle parenting) ha ganado gran visibilidad en redes sociales, blogs y libros para familias. La autora británica Sarah Ockwell-Smith contribuyó a popularizar esta denominación y a presentarla como una forma de educar basada en la empatía, el respeto, la comprensión y los límites. La propuesta resulta atractiva: escuchar al niño, comprender qué hay detrás de su conducta, evitar la humillación y ejercer la autoridad sin violencia.
Sin embargo, su difusión ha avanzado mucho más rápido que la investigación científica. La crianza respetuosa no nació de una teoría psicológica evaluada sistemáticamente, sino que se extendió mediante libros de divulgación y comunidades digitales.
Evidencias tras la moda
El primer estudio empírico que analizó qué entienden por crianza respetuosa quienes se identifican con ella no se publicó hasta 2024. En ese estudio, los padres y madres destacaban tres elementos: regular sus propias emociones, ayudar a sus hijos e hijas a gestionar las suyas y mostrarles afecto.
Sin embargo, también se observó una gran diversidad en su aplicación. Algunos progenitores combinaban la validación emocional con una dirección adulta clara; otros empleaban respuestas más centradas en las preferencias infantiles. Además, no se hallaron diferencias claras entre quienes se consideraban padres “respetuosos” y el resto en los estilos educativos clásicos.
¿Nuevo nombre para un modelo de crianza ya existente?
Esto plantea una pregunta fundamental: ¿estamos realmente ante un modelo nuevo? Si la crianza respetuosa incluye afecto, sensibilidad, explicación de las normas, límites consistentes y una autoridad no coercitiva, se aproxima mucho al estilo educativo autorizativo o democrático descrito desde hace décadas por la psicología del desarrollo.
Este estilo educativo combina calidez con expectativas claras y exigencias adecuadas a la edad. La evidencia lo relaciona con un mejor ajuste infantil, mientras que los estilos permisivos, caracterizados por mucha calidez, pero poca regulación, se asocian con más dificultades de conducta.
Respetar es solo una parte
La cuestión no consiste en elegir entre afecto y autoridad. Ambos son necesarios. Respetar a un niño no significa que pueda decidir siempre, que toda norma deba negociarse o que los adultos tengan que evitar cualquier frustración. Significa reconocer su dignidad, escuchar sus emociones y evitar respuestas violentas o humillantes. Pero también implica asumir una responsabilidad que el niño todavía no puede ejercer: proteger, orientar y establecer límites.
Pero comprender y validar las emociones infantiles solo representa una parte de la tarea educativa. Los niños también necesitan aprender a convivir con reglas externas, aceptar consecuencias y relacionarse con personas cuyos deseos no siempre coinciden con los suyos. Necesitan, en definitiva, amor y límites.
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Gestionar frustraciones y decir no
La frustración razonable forma parte de ese aprendizaje. Esperar un turno, aceptar un “no”, reparar un daño o cumplir una responsabilidad no perjudica el desarrollo dentro de una relación segura. Al contrario, contribuye al autocontrol, la flexibilidad y la tolerancia al malestar. Validar una emoción no implica aceptar cualquier conducta: se puede comprender el enfado y, al mismo tiempo, mantener la norma necesaria que ha desencadenado el enfado.
El problema aparece cuando la crianza respetuosa se simplifica en las redes sociales. Mensajes como “Toda conducta expresa una necesidad” o “Hay que respetar siempre los ritmos del niño” contienen una parte de verdad, pero pueden interpretarse de manera extrema.
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El resultado puede ser una parentalidad en la que se teme decir “no”, se negocia constantemente y se confunde el malestar infantil con un daño que debe evitarse. En ese punto, la propuesta deja de parecerse al estilo autorizativo y se aproxima a un funcionamiento permisivo.
Además, esta interpretación puede tener un coste emocional para los adultos. Algunos padres y madres se sienten agotados, inseguros y muy críticos consigo mismos cuando no consiguen mantener siempre la calma. La idea de que un buen progenitor debe ser permanentemente paciente y disponible puede convertirse en un ideal imposible y generar culpa.
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De la crianza respetuosa a la parentalidad consciente
Aquí resulta especialmente útil la parentalidad consciente o mindful parenting. Ambos enfoques comparten la escucha, la empatía y la regulación emocional, pero la parentalidad consciente también invita al adulto a observarse: ¿qué estoy sintiendo? ¿Estoy respondiendo a la situación o reaccionando desde el cansancio?
La parentalidad consciente incluye atención plena, conciencia de las emociones propias y ajenas, aceptación sin juicio, autorregulación y compasión hacia el hijo y hacia uno mismo.
En una investigación realizada por nuestro equipo con población española, estas capacidades se relacionaron con mayor afecto parental, más autocompasión y menos estrés.
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En otro estudio piloto, un programa breve de mindfulness o atención plena para padres y madres de adolescentes mejoró la atención consciente, la satisfacción con las propias capacidades parentales y la relación con los hijos.
Una crianza verdaderamente respetuosa no elimina la autoridad, la ejerce sin humillar. No evita toda frustración, ayuda a sobrellevarla. No coloca la gratificación inmediata o la eliminación del malestar en el centro, sino las necesidades infantiles. El reto es ofrecer afecto, seguridad y límites claros y protectores.
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Laura Merino no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Crianza respetuosa: la cuestión no es elegir entre afecto y autoridad – https://theconversation.com/crianza-respetuosa-la-cuestion-no-es-elegir-entre-afecto-y-autoridad-284001

