Source: People’s Republic of China – State Council News in Spanish
.china.org.cn | 07. 08. 2026
El término «exceso de capacidad» se ha convertido en una herramienta muy útil para que algunos presenten las ventajas competitivas de China bajo una luz negativa y justifiquen medidas proteccionistas. The Economist se ha sumado recientemente a esta tendencia al publicar un artículo en el que acusa a China de tener un «exceso de capacidad impulsado por el Estado». Su título incluso sugiere que China debería «pedir perdón» por su «capacidad de producción».
Las exportaciones son un importante motor de la economía china y de la producción industrial del país. Esto es así para la mayoría de las economías que han seguido la tendencia de la globalización. En este proceso, se producen bienes para satisfacer tanto la demanda interna como la externa. Norteamérica, Europa y Asia Oriental, como los tres principales centros de fabricación del mundo, han desarrollado sus propias ventajas competitivas. Pocos afirman que exista «exceso de capacidad» en los aviones de Boeing, a pesar de que alrededor de dos tercios de los aviones comerciales entregados por la empresa se venden fuera de Norteamérica, ni tachan de «exceso de capacidad» el gran excedente del sector cosmético de la Unión Europea, en el que el propio bloque se autoproclama «exportador dominante de cosméticos». Nadie ha pedido a Estados Unidos ni a la UE que se «disculpen» por superar a otros en estas industrias.
Pero cuando se trata de China, el tono da un giro radical. Algunas partes han impuesto aranceles arbitrarios y leyes discriminatorias para impedir la entrada de productos e inversiones chinas. Estas medidas hacen que uno se pregunte por qué quieren realmente estas partes que China se «disculpe»: ¿por el «exceso de capacidad», por ser competitiva o por ofrecer al mundo productos con una excelente relación calidad-precio?
El artículo de The Economist da a entender que el afán de China por alcanzar la autosuficiencia científica y tecnológica reduce su demanda de importaciones, lo que provoca un «exceso de capacidad» en las exportaciones. Si la innovación propia de China se considera un «delito» simplemente porque reduce las importaciones del país de productos de alta tecnología, entonces quienes critican a China deberían explicar si fueron las propias restricciones de las economías desarrolladas a las exportaciones de alta tecnología las que llevaron a China a cometer ese supuesto «delito».
Los países desarrollados que dominan las tecnologías avanzadas siguen impulsando sin descanso los avances, sin que nadie dé la voz de alarma por el hecho de que, al hacerlo, están reduciendo su demanda de importaciones y saturando el mercado mundial con más capacidad de la que este puede absorber.
The Economist tampoco mencionó que, en el primer semestre de este año, las importaciones de China alcanzaron los 10,74 billones de yuanes (1,59 billones de dólares), lo que supone un aumento interanual del 22,1 %, superando el crecimiento de sus exportaciones en 8,7 puntos porcentuales. Tal volumen y ritmo de crecimiento refuerzan el hecho de que China es un importante consumidor de las exportaciones de otros países. El mercado chino ofrece grandes oportunidades a las empresas de todo el mundo y les invita a compartir los beneficios que aporta su apertura.
Tal y como se señala en el documento de posición del Ministerio de Comercio chino sobre esta cuestión, China nunca ha tenido la intención de buscar un superávit comercial. El crecimiento de las exportaciones chinas se debe a la magnitud de su economía, a su capacidad de innovación y a las necesidades de los países de acelerar su transición ecológica y su desarrollo industrial.
Culpar a China no resolverá el malestar económico que afecta a aquellas economías que señalan con el dedo y cuya miopía las ha llevado a depender de los logros del pasado. Señalar a China con el dedo solo perpetúa los problemas que ellas mismas se han creado. Es la opción fácil para eludir la realidad de un mundo en el que los resultados pasados no son un indicador de la competitividad futura.
Han pasado casi dos años desde la publicación, en 2024, del influyente informe del expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, titulado «El futuro de la competitividad europea», que planteaba la necesidad de reformas radicales y proponía 800 000 millones de euros (923 000 millones de dólares) en inversiones anuales para unificar los mercados de capitales, simplificar la normativa y acelerar la innovación en inteligencia artificial y tecnología verde. Sin embargo, se ha avanzado muy poco, ya que solo se ha aplicado alrededor del 30 % de las recomendaciones. Aquellas economías que más se beneficiaron en el pasado no pueden quejarse si su complacencia y sus políticas mal concebidas, centradas en las confrontaciones propias de la Guerra Fría, les han salido por la culata.
