Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gema Hebrero Domínguez, Doctora en historia de la ciencia, física y astrofísica. Profesora Fisicoquímica, Ciencias Experimentales y Didáctica de las Ciencias, Universidad Camilo José Cela

José Miguel de Sarasa mira al cielo con preocupación. Las nubes amenazan con impedir la observación del fenómeno celeste previsto para ese día. El profesor de Astronomía Teórica del Real Observatorio de Madrid ha planificado todo minuciosamente junto a José Ramón de Ibarra, encargado desde 1805 del departamento del gran telescopio de Herschel.

Francisco Javier Parcerisa. Museo de Historia de Madrid., CC BY
Para sus cálculos ha utilizado las tablas matemáticas elaboradas por el astrónomo austriaco Johann Tobias Bürg y las del francés Jean-Baptiste Joseph Delambre, de las mejores de su época. Sin duda, la elevación del Observatorio respecto a los terrenos circundantes del Paseo del Prado y del Buen Retiro en Madrid facilitará la contemplación minuciosa del evento.
Sin embargo, ese 16 de junio de 1806 la meteorología parece ensombrecer la observación de una de las efemérides más admiradas –y en ocasiones temidas– por la humanidad: un eclipse, en este caso parcial, de Sol.
La razón mira al cielo
Contemplados con miedo y fascinación desde tiempos remotos, los eclipses, tanto de Sol como de Luna, totales o parciales, figuraban también entre los acontecimientos astronómicos que mayor asombro despertaban en el periodo ilustrado. Sin embargo, al igual que ocurría con otros eventos como los tránsitos de Venus, en este tiempo comenzaron a resignificarse a la luz de las ideas ilustradas de razón y utilidad.
En esta línea de pensamiento, los eclipses tenían una explicación que se sustentaba en las nuevas teorías newtonianas, la mecánica celeste y el cálculo infinitesimal. Era una de las pruebas de que las ideas vislumbradas por Galileo y consolidadas por Newton, Laplace y Lagrange describían el movimiento de los astros como si de una máquina bien engrasada se tratara.
A lo largo del siglo XVIII, la mecánica encontró su hogar en el firmamento y su principal apoyo en la astronomía observacional: los datos obtenidos durante los eclipses servían para confirmar con éxito lo predicho por la mecánica celeste.
Eclipses en la prensa ilustrada
Los eclipses, lejos de ser un asunto exclusivo de los astrónomos, también formaron parte del discurso público dieciochesco, en un tiempo en el que la ciencia comenzaba a abrirse a la población. Sin embargo, al igual que otras ideas ilustradas, circularon en espacios y comunidades muy diferentes que convivieron, unas veces en tensión, otras armoniosamente, con antiguas creencias aún en vigor.
La prensa periódica especializada, dirigida a una élite interesada y culta, defendía ideas como la razón, el progreso y la educación, y acercaba a sus lectores los últimos avances científicos y los descubrimientos astronómicos más significativos.
Europa lleva la ciencia a la sociedad
Un ejemplo de este tipo de prensa lo encontramos en Espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa. Entre 1787 y 1791, sus páginas reflejaron una selección de noticias y novedades científicas y culturales con la intención de acercar al público las ideas que circulaban por el continente europeo.
El ejemplar del [16 de junio de 1788] se hizo eco de la observación de un eclipse parcial de Sol realizada por el ingeniero Antonio Guilleman junto a su hijo Fernando en presencia del entonces príncipe Carlos, quien en pocos meses reinaría como Carlos IV, junto a su esposa y el infante don Gabriel. Sin duda, se trataba de una muestra del interés que este tipo de acontecimientos suscitaba en las élites ilustradas incluyendo a la propia familia real.
La observación fue realizada mediante la proyección de la imagen del Sol en una superficie. Guilleman utilizó dos tipos de mapas y un reloj de gran calidad –prestado por el príncipe Carlos– con el fin de medir el tiempo de las diferentes fases del eclipse con mayor precisión. De esta manera, pudo comparar los datos obtenidos observacionalmente con los teóricos reflejados en los mapas.
Astronomía en la plaza pública: almanaques y calendarios
Frente a este tipo de publicaciones, los almanaques y calendarios de la época reflejaban contenidos astronómicos junto a otros relacionados con la cultura popular o la astrología. Auténticos best-sellers de su tiempo, eran baratos y muy accesibles para todo tipo de públicos, y solían leerse en voz alta en plazas y cafés para llegar así a una población que, dada la alta tasa de analfabetismo, apenas sabía leer y escribir.
Uno de los autores de almanaques más famoso del Setecientos fue el salmantino Diego de Torres Villarroel, quien supo combinar en un mismo producto información, entretenimiento y literatura. Entre sus pronósticos más célebres destaca el dedicado al eclipse del 13 de junio de 1760, en el que combinaba datos astronómicos con predicciones de índole astrológica. En él anunciaba que el eclipse provocaría todo tipo de calamidades, como tempestades y granizadas violentas que producirían grandes pérdidas en las cosechas y el ganado. También las personas sufrirían sus efectos, manifestándose un aumento de múltiples dolencias y enfermedades, como hidropesía, fiebres, anginas, disentería, epilepsia o melancolía.
Este pronóstico ya suscitó una gran controversia en su época, siendo objeto de crítica e intenso debate, lo que reflejaba las tensiones que aún pervivían entre las nuevas ideas astronómicas y las más tradicionales basadas en la astrología.
Razón y tradición se unen
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, el Real Observatorio de Madrid también contribuyó a la circulación de los saberes astronómicos a través de periódicos y diversas publicaciones.
José Miguel de Sarasa pudo observar finalmente el eclipse parcial de Sol del 16 de junio de 1806 a pesar de las dificultades meteorológicas y lo difundió en los dos periódicos oficiales de la época: la Gazeta de Madrid y el Mercurio de España.
Ya con anterioridad, José Chaix, miembro también de la misma institución y uno de los mejores astrónomos de su tiempo, había publicado en los Anales de Ciencias Naturales de 1801 los datos de la observación, con un telescopio de 50 aumentos, del eclipse lunar del 2 de octubre de 1800.
Por otra parte, desde 1795, el [Estado encargó al Observatorio la elaboración del Calendario]. En un intento de llegar a un público más amplio, estos calendarios supieron combinar datos astronómicos y científicos –como las fases de la Luna, el movimiento de los planetas o los eclipses lunares y solares– con informaciones prácticas sobre costumbres y creencias populares, incluidos los días de misa obligada, ayuno, festivo y témporas. Esta mezcla de ciencia y tradición hacía que fueran más cercanos y comprensibles para un público más diverso y no necesariamente experto, constituyéndose como un puente entre la cultura popular y la ciencia.
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Gema Hebrero Domínguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Eclipses a la luz de la razón – https://theconversation.com/eclipses-a-la-luz-de-la-razon-277099
