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Las ficciones no dejan de mirar al pasado para entender qué sucede en el presente

Las ficciones no dejan de mirar al pasado para entender qué sucede en el presente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Ares Cuba, Profesor de literatura española, Universidade da Coruña

Imagen de una escena de _Barry Lindon_, de Stanley Kubrick. Warner Bros.

En 1982, Stanley Kubrick confesó en una entrevista que, desde principios de los años 70, rondaba por su imaginación la idea de filmar “una historia contemporánea que realmente comunicase cómo es esta época psicológicamente, sexualmente, políticamente, personalmente… Sería la película más difícil de realizar”.

Algunas críticas señalan que se refería a la futura Eyes Wide Shut, estrenada poco después de su fallecimiento en 1999. Sin embargo, otras apuntan a que Kubrick dedicó toda su carrera a filmar alguna versión de esa historia.

Sin ir más lejos, Barry Lyndon, estrenada en 1975, está construida sobre personajes arquetípicos que el público moderno podía reconocer. La intención de Kubrick nunca fue trazar los rasgos de la sociedad del XVIII, sino retratar una visión contemporánea sobre ella. El cineasta consideraba que, para que un espectador de finales del siglo XX empatizara con un personaje de casi dos siglos antes, era necesario recoger sus rasgos más intemporales y humanos. Esta idea incluso determina el lenguaje que se utiliza en la película, en donde se huye constantemente de fórmulas arcaicas como el voseo, las voces de germanía, el énfasis retórico, etc.

Las múltiples vidas de Alonso Quijano

Kubrick sistematizó un modelo de lectura histórica que, sin embargo, ya había sido descubierto por la literatura siglos antes. Solo así se puede explicar la capacidad de una novela como El Quijote para despertar la simpatía de épocas tan antagónicas como el Barroco, la Ilustración y el Romanticismo. Cada uno de estos siglos fue enriqueciendo, con su visión, el sentido de la novela.

Composición fotográfica de Luis de Ocharan, en la revista española La Esfera en donde se retrata al Quijote y a Sancho Panza.
Wikimedia Commons

Así, el lector barroco solo veía en ella una parodia de los libros de caballerías que, hacia principios del siglo XVI, eran el no va más del incipiente mercado editorial. Posteriormente, intelectuales ilustrados como Gregorio Mayans elogiaron su verosimilitud y su lenguaje, pero se distanciaron de su protagonista, a quien consideraban un ser extravagante, en cierto modo enemigo de los ideales ilustrados del buen gusto y el bienestar social. El Romanticismo, por su parte, rechazó esa visión satírica y ensalzó a Alonso Quijano como un exponente de libertad espiritual frente a una realidad material limitante.

La teoría de la literatura ya ha conceptualizado este fenómeno como “horizonte de expectativas”. Es decir, el conjunto de criterios utilizados por los lectores para juzgar textos literarios en un periodo determinado. Estos criterios están marcados por la sociedad del momento y definen aquello que debe ser considerado literario (un poema, una novela, etc.) y aquello que no (una receta de cocina, un manual científico, etc.). De esta manera, podemos afirmar que la cualidad literaria de una obra no depende de sus elementos intrínsecos, sino del estatus que se le otorgue en cada época.

Así, por ejemplo, la Odisea no era una obra literaria para la sociedad griega, sino un compendio de teorías sobre el mundo mezcladas con consideraciones ético-morales y estructuradas sobre una narrativa. Para la visión contemporánea, la Odisea es literatura porque la hemos despojado de su carácter teórico y la hemos interpretado como una sucesión de aventuras fantásticas.

Para los lectores (y, ahora, espectadores) contemporáneos la Odisea es una historia de aventuras.
Universal Pictures

El arte transformado en tiranía

Este mismo proceso es el que explica por qué los medios de la cultura pop, tales como el cine, las series o los videojuegos, no pueden retratar con absoluta fidelidad el sentir general de las épocas históricas que en teoría representan: porque hacerlo no aportaría nada. Cuanto más alejada es la época que se retrata, más protagonismo parece tener la mirada contemporánea. No nos interesan las sensibilidades del pasado, sino cómo sirve este de marco para nuestros intereses actuales.

Un ejemplo de ello es la saga cinematográfica de El señor de los anillos. Esta adaptación de la trilogía de novelas de principios del siglo XX muestra una sociedad medieval idealizada. Pero no idealizada por la presencia de dragones, trols, elfos o magia –que hasta cierto punto podríamos considerar herencias del medievo europeo–, sino por la finalidad que estos tienen en la obra.

En la Edad Media, los héroes eran humanos elegidos por Dios. Solo podían ser humanos, ya que es el único ser creado a imagen y semejanza de la divinidad omnipotente. El resto de criaturas mitológicas quedaban entonces relegadas al papel de monstruos, encarnaciones del demonio. Sin embargo, en El señor de los anillos, los enanos o los elfos son tan heroicos como los humanos. Trabajan codo a codo con ellos. La comunidad del anillo está formada por hombres, por hobbits, por enanos, por elfos.

La trilogía dirigida por Peter Jackson seculariza asimismo el conflicto. Los personajes no hacen ofrendas ni piden clemencia, sino que su destino depende de sus acciones en la tierra, en el mundo material. Además, trae conceptos contemporáneos, como nación o totalitarismo, incomprensibles bajo una mentalidad medieval, pero perfectamente entendibles a principios del siglo XXI, cuando se estrenó.

La mirada al Medievo

De hecho, la épica es el género medieval que más fortuna ha encontrado en la cultura actual. Así, aporta una estructura narrativa muy tensionada que enfrenta a un protagonista débil y vulnerable contra enemigos que parecen superar los límites humanos.

Los juegos y videojuegos basados en el juego de rol Dragones y mazmorras emulan esta dinámica a través de un personaje que tiene que ir acumulando puntos de experiencia para aumentar sus capacidades. Mientras en las narraciones medievales ese protagonista estaba destinado a vencer gracias a una fuerza metafísica, en videojuegos como Baldur’s Gate III son las propias acciones del jugador las que determinan su destino, que no tiene por qué ser positivo.

Imagen del juego Baldur’s Gate III.
Larian Studios

En esta línea, hay que destacar el uso educativo de la saga Assassin’s Creed, que en ocasiones permite al jugador explorar épocas históricas como el antiguo Egipto, Grecia, la era vikinga o el mundo árabe medieval sin misiones. Aunque dichos escenarios estén supervisados por expertos, no necesariamente se trata de un fiel reflejo del sentir de sendas etapas históricas. Si bien el juego transmite con mucha fidelidad elementos materiales como la arquitectura, la tecnología o la geografía, en lo que respecta a los acontecimientos políticos está más limitado, debido a su componente narrativo. Esto no desvirtúa su potencial educativo, sino al contrario, porque siembra una curiosidad en el jugador que podrá ser saciada a posteriori.

La literatura, el cine y los videojuegos siguen utilizando el antiguo Egipto, el mundo grecorromano, la Edad Media o el viejo Oeste como ambientaciones para su ficción. ¿Es que no nos hemos cansado ya?

No. Porque lo que percibimos no es el sentir de una edad que ya conocemos a través de los libros e internet, sino nuestra mirada cambiante, que golpea la caja de resonancia del pasado.


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Gabriel Ares Cuba no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las ficciones no dejan de mirar al pasado para entender qué sucede en el presente – https://theconversation.com/las-ficciones-no-dejan-de-mirar-al-pasado-para-entender-que-sucede-en-el-presente-285562

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