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Qué son los ‘thanabots’: el duelo, convertido en un servicio de suscripción

Qué son los ‘thanabots’: el duelo, convertido en un servicio de suscripción

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Vitor Lima, Associate Professor of Marketing, ESCP Business School

PerfectWave/Shutterstock

Nos suena el teléfono, y cuando respondemos, la voz al otro lado es la de un amigo fallecido. Recibimos un mensaje de felicitación de cumpleaños de un hijo difunto. Esto es hoy posible y está pasando.

Los thanabots o robots de duelo son programas de inteligencia artificial que se entrenan con información sobre una persona fallecida, información que obtienen de sus perfiles e interacciones en redes sociales y otros datos personales. Estos rastros de la vida de un ser humano se transforman en una inquietante identidad parlante moldeada por familias, algoritmos y empresas.

Lo que antes pertenecía al ámbito de las sesiones de espiritismo, la religiosidad personal o la ciencia ficción se está convirtiendo poco a poco en un servicio de consumo habitual.

En 2013, un episodio de la serie de ciencia ficción Black Mirror titulado “Ahora mismo vuelvo” planteaba la siguiente situación: la protagonista, Martha, pierde a su pareja, Ash, en un accidente automovilístico. El dolor es tan grande que recurre a un servicio que reconstruye a Ash partir de su “huella” digital. Empieza con mensajes, luego pasa a una voz familiar y termina con un cuerpo sintético. Esta réplica conoce las frases típicas y los chistes de Ash. Aunque puede reproducir lo que él dejó atrás, no puede recuperar lo que significaba ser él.

Los servicios de suscripción a Griefbot actúan de forma muy similar a los objetos transicionales, ya que permiten a las personas en duelo seguir conectadas virtualmente con el difunto. (Shutterstock AI)
Shutterstock AI, CC BY

No tardó en aparecer un caso similar (sin la parte del cuerpo sintético) en el mundo real. La cofundadora del chatbot Replika, Eugenia Kuyda, utilizó mensajes de su amigo fallecido, Roman Mazurenko, para crear un bot conversacional al estilo de este.

Hoy en día, los thanabots o robots de duelo emplean mensajes, fotografías, vídeos, grabaciones de voz y publicaciones en redes sociales para simular el discurso y el comportamiento de una persona fallecida. Forman parte de una creciente “industria del más allá” digital que convierte los rastros de una vida en recreaciones interactivas.

Más allá de la experimentación

El concepto ha ido mucho más allá de la experimentación marginal. Microsoft posee una patente, concedida en 2020, para “crear un chatbot conversacional de una persona concreta” utilizando datos sociales como mensajes, datos de voz, imágenes y otro material personal. La patente indica explícitamente que la “persona concreta” puede ser alguien que ya haya fallecido, ya sea un amigo, un familiar, una celebridad o una figura histórica.

Los precios dejan clara la lógica comercial. Un informe reciente describía que la app HereAfter AI (que anunció su cierre a en el verano de 2026) ofrecía planes por unos 199 dólares estadounidenses, mientras que se decía que la empresa surcoreana DeepBrain AI ofrecía recreaciones de avatares 3D de alta gama por hasta 50 000 dólares estadounidenses (sin contar las cuotas de mantenimiento).

De recuerdo a identidad parlante

La gente siempre ha recurrido a objetos para mantener el vínculo con los difuntos. Un abrigo puede conservar un olor. Una receta puede evocar la voz de alguien cercano. Un mensaje de voz guardado puede condensar años en segundos. Pero los objetos conmemorativos más antiguos transmiten algo de la persona sin pretender ser ella misma.

Un thanabot cambia ese esquema. Habla en primera persona: “Recuerdo”, “Te echo de menos”, “Sigo creyendo”, aunque se trate de frases nuevas generadas tras la muerte. Una fotografía dice: “Esta persona estuvo aquí”. Un thanabot dice: “Sigo aquí”.

Ese cambio en el pronombre puede plantear problemas. El sistema se construye a partir de lo que otros pueden recopilar, como mensajes, hábitos registrados, fotografías, chistes y acciones recordadas. A continuación, representa un punto de vista, como si estos fragmentos hubieran recuperado la vida interior que en su día les dio sentido.

Lo que parece conservación es, en realidad, creación. Cada respuesta combina los datos de la persona fallecida con las selecciones de la familia, las indicaciones de quien está de luto, las predicciones de un modelo y las decisiones de diseño de una empresa. La respuesta suena como si proviniera de una sola persona, pero su autoría puede estar repartida entre muchas.

¿Qué se está manteniendo vivo?

¿Es saludable seguir hablando con los fallecidos? El duelo nunca ha exigido silencio. La gente habla ante las tumbas, escribe cartas a los difuntos, repite rituales compartidos e imagina lo que diría un ser querido. Mantener un vínculo puede formar parte del duelo.

La pregunta más difícil no es si las personas deberían mantener una relación con los difuntos. Es precisamente qué es lo que ese acto mantiene “vivo”.

Las relaciones contribuyen a hacernos quienes somos. Nos convertimos en parejas, padres, hijos y amigos a través de la forma en que otras personas nos reconocen y se dirigen a nosotros. La muerte nos arrebata a una persona, pero también trastorna parte de la propia identidad del superviviente. Un padre o una madre que pierden a un hijo también pierden la voz que convertía su labor parental en un intercambio vivo.

Imposibilidad de ‘pasar página’

Un thanabot puede recuperar parte de ese reconocimiento. Puede recordar el aniversario, repetir la broma familiar o volver a llamar a alguien “mamá”. Pero el servicio no se limita a recrear una versión del difunto: también puede preservar una versión de la persona viva que existía dentro de esa relación. Esto, por supuesto, puede ofrecer consuelo al principio.

Sin embargo, es posible que mantenga a la persona en duelo anclada en una versión anterior de sí misma, organizada en torno a una relación que la muerte ha transformado. Las empresas podrían estar vendiendo acceso a los difuntos y, con ello, acceso a una versión anterior del cliente.

¿Quién decide en quién se convierten los fallecidos?

Un thanabot puede decir cosas que la persona fallecida nunca dijo. Esto puede resultar atractivo, pero las dificultades éticas pueden surgir precisamente ahí. En 2025, el padre de Joaquín Oliver, un joven de 17 años asesinado en el tiroteo escolar de Parkland de 2018, creó una versión de su hijo basada en la inteligencia artificial y permitió que un periodista lo entrevistara. El avatar respondió a nuevas preguntas utilizando la voz de Joaquín y defendió públicamente su activismo contra las armas.

La misma cuestión se plantea en el ámbito privado, dentro de las familias. ¿Quién tiene derecho a autorizar una recreación: el cónyuge, un progenitor, todos los hermanos o solo la propia persona antes de su muerte? El amor puede motivar la reconstrucción, pero no otorga autoridad ilimitada sobre la identidad de otra persona. Y el consentimiento es solo el principio.

Un thanabot puede cambiar con el tiempo. Una actualización de software puede alterar su vocabulario, su sentido del humor, sus “recuerdos” o su tono político. Los familiares pueden subir nuevo material, lo que le permite evolucionar más allá de la vida con la que se le entrenó. En algún momento, la conservación da paso a la interpretación.

De la interpretación a la invención

La interpretación se convierte entonces en invención. La propiedad, por tanto, está dividida desde el principio. La familia puede aportar el archivo. La empresa controla el modelo, la interfaz y los servidores. La persona fallecida aporta la identidad que confiere al producto su valor emocional y comercial, pero ya no puede renegociar el acuerdo. Las empresas pueden decidir qué versión aparece, qué recuerda y cuánto tiempo permanece disponible. Es posible que una memoria de mayor calidad esté reservada a un nivel premium. Una voz familiar puede cambiar tras una actualización. El clon puede desaparecer cuando la empresa cierre.

El psicoanalista Jacques Lacan distinguía entre la muerte biológica y la muerte simbólica, que se produce cuando una persona desaparece de la memoria colectiva. La resurrección por suscripción, como sugerimos en otro estudio, introduce una tercera posibilidad: la muerte digital se produce cuando cesa el pago, el proveedor cierra o se retira el modelo.

El poder de la empresa tras una imagen querida

En este caso, la ética no es abstracta. Está integrada en el propio servicio: qué consentimiento cuenta, quién responde por las distorsiones, cómo se valora el duelo y si una familia puede pausar, exportar o eliminar definitivamente una recreación sin verse obligada a alquilarla para siempre.

Los difuntos siempre han hablado a través de sus pertenencias, los rituales y las personas que los recuerdan. Lo nuevo es la respuesta animada generada, junto con el poder de una empresa para editarla, interrumpirla y facturarla. En cuanto el duelo depende del tiempo de actividad del servidor, alguien se adueña de la siguiente frase.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Qué son los ‘thanabots’: el duelo, convertido en un servicio de suscripción – https://theconversation.com/que-son-los-thanabots-el-duelo-convertido-en-un-servicio-de-suscripcion-289324

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