Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Turienzo, Asesor técnico docente y profesor asociado, Universidad Camilo José Cela
¿Por qué, si la educación en España es un sector claramente feminizado, son tan pocas las mujeres que participan en el debate público? Las aulas españolas están mayoritariamente ocupadas por mujeres pero, cuando se abre el micrófono en los medios, las voces suelen ser masculinas.
En la etapa de infantil, las mujeres rozan la práctica totalidad del profesorado; en primaria y secundaria son mayoría; y también lo son entre el alumnado universitario en titulaciones vinculadas a la educación. Sin embargo, cuando la conversación salta del aula a la esfera pública -a los medios de comunicación, a las tribunas de opinión, a las entrevistas que marcan agenda- suelen hablar los hombres.
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Artículos y tribunas en los medios
Para comprender hasta qué punto ocurre esto, analizamos todos los artículos sobre educación no universitaria publicados durante un año en los dos diarios generalistas con mayor audiencia en España. Tras un proceso de selección sistemática, trabajamos con 461 piezas periodísticas. En ellas identificamos y clasificamos 1 401 intervenciones: declaraciones, entrevistas, tribunas o participaciones a petición del medio. No contabilizamos citas indirectas ni extractos de ruedas de prensa, sino voces que realmente «entran» en el debate.
El objetivo no era determinar quién tiene razón en cada controversia educativa -móviles en el aula, informe PISA, acoso escolar o EBAU-, sino mapear quién opina y en calidad de qué. Es decir, quién es reconocido como interlocutor autorizado cuando se define qué es un problema educativo y qué voces son escuchadas cuando se habla de cómo debería resolverse.
Intervenciones en medios
El primer dato es elocuente: el 51,5 % de las comparecencias corresponde a hombres y el 43,8 % a mujeres. El resto son intervenciones colectivas. En un sector donde las mujeres representan alrededor de dos tercios del profesorado no universitario, la brecha es clara, pues las intervenciones deberían ser mayoritariamente femeninas para poder hablar de una representación real.
Entre el profesorado de infantil y primaria, donde las mujeres superan el 80 % del total, solo el 65 % de las intervenciones corresponde a maestras. En secundaria, donde ellas representan aproximadamente el 60 % del profesorado, alcanzan el 40 % de comparecencias.
¿Qué ocurre en la universidad?
El patrón se repite en la universidad y en los centros de investigación. Aunque las mujeres representan en torno al 44 % del personal docente e investigador -y porcentajes mayores en el ámbito educativo-, su presencia en la prensa está más de 14 puntos por debajo de lo esperable (menos del 30 %). También desde los equipos directivos, donde ocupan una proporción relevante de cargos (67 %), los hombres intervienen con más frecuencia (51 %).
Opinadores no docentes
Resulta especialmente significativo lo que ocurre cuando se habla de educación con perfiles que no forman parte del profesorado. Cuando los medios recurren a «expertos educativos» -profesionales de la sociología, la pedagogía, la economía o la psicología que analizan el sistema- solo el 34 % de las intervenciones son de mujeres. En el caso de intelectuales no especializados en educación, el porcentaje apenas sube al 37 %. Es decir, cuanto más se asocia la intervención a autoridad técnica o simbólica, menor es la presencia femenina entre esas intervenciones.
Una excepción: las madres
Hay, sin embargo, una excepción llamativa: las familias. En este colectivo, las mujeres protagonizan más del 76 % de las intervenciones. Son mayoría clara cuando se habla desde la experiencia materna. La paradoja es evidente: la voz femenina es ampliamente recogida en educación cuando se vincula al cuidado y a la crianza, pero pierde peso cuando se trata de conocimiento y especialización profesional o liderazgo institucional.
Este patrón no puede explicarse únicamente por la distribución real de hombres y mujeres en cada categoría. Hay algo más. Nuestra investigación apunta a una combinación de factores materiales y simbólicos.
¿Por qué?
Entre los factores materiales, destaca la desigual distribución de los cuidados y del tiempo. Las mujeres siguen dedicando más horas a tareas domésticas y familiares aparte de sus responsabilidades profesionales, lo que puede limitar su disponibilidad para atender a periodistas o escribir tribunas.
Pero, además, persisten imaginarios que asocian la autoridad técnica, la dirección o la capacidad de análisis estructural a perfiles masculinos, mientras que vinculan a las mujeres con la dimensión afectiva y cotidiana de la educación. Así, la maestra de infantil encaja en el relato mediático como figura de cuidado; la experta que diagnostica fallos sistémicos, no tanto.
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¿Por qué es importante?
El problema no es solo de visibilidad, sino de poder. Participar en el debate público implica influir en la definición de los problemas y en la legitimidad de las soluciones. Los medios no son un simple espejo de la realidad: contribuyen a construirla. Seleccionar a unas fuentes y no a otras supone otorgar autoridad y, al mismo tiempo, restarla.
Si las mujeres -que sostienen mayoritariamente el sistema educativo- no ocupan proporcionalmente el espacio donde se decide cómo interpretarlo y reformarlo, su experiencia profesional queda parcialmente desplazada.
No se trata solo de que estén excluidas del espacio mediático, sino de que, en muchos casos, hablamos de un fenómeno de autoexclusión que ocurre porque no se sienten legitimadas para utilizar su voz. Y cuando su presencia se justifica por el rol de la maternidad, se refuerza la idea de que su legitimidad proviene más de su experiencia en el ámbito privado que en el profesional.
Futuros análisis
Nuestro estudio tiene límites: no analiza la extensión de cada intervención ni su impacto en redes sociales, donde los debates se amplifican. Tampoco entra en la percepción que periodistas y lectores tienen de la credibilidad según el género. Son líneas abiertas para futuras investigaciones.
Pero los datos ya permiten una conclusión clara: la feminización del sector educativo no se traduce automáticamente en una feminización del debate educativo. Ni siquiera la sobrerrepresentación femenina en las aulas garantiza igualdad de voz en la esfera pública. Si aspiramos a un sistema educativo más justo, quizá debamos empezar por preguntarnos no solo quién enseña, sino quién habla cuando discutimos qué significa educar.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. Las voces que faltan: mujeres y autoridad en la conversación pública sobre educación – https://theconversation.com/las-voces-que-faltan-mujeres-y-autoridad-en-la-conversacion-publica-sobre-educacion-276078
