Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Pobes, Investigador en el Instituto de Nanociencia y Materiales de Aragón (INMA) — CSIC/Universidad de Zaragoza, Universidad de Zaragoza
Hace unas semanas se hicieron virales vídeos en los que bebés con problemas de visión o audición recuperan estos sentidos gracias a unos implantes. Sus reacciones de asombro son conmovedoras. ¿Qué se siente al ver u oír por primera vez? Yo tuve la oportunidad de vivir, como investigador y físico, una experiencia que guarda cierta semejanza con esa sensación de descubrir un mundo nuevo que siempre había estado ahí, pero que nos había resultado invisible.
En 2011 viajé al Polo Sur como winter-over, es decir, para permanecer aislado durante el invierno en uno de los lugares más remotos del mundo. Pasé allí ocho meses, a temperaturas que llegaron a caer por debajo de los -60 ºC, cuidando de un instrumento que nos ha permitido abrir una nueva ventana al universo: el telescopio de neutrinos IceCube. La misión de los winter-over es garantizar que el detector siga funcionando cuando ningún avión puede llegar a la base.
Felipe Pedreros, IceCube/NSF, CC BY
El desconocido universo nos ofrece la oportunidad de experimentar algo parecido a ver u oír por primera vez. Nuestros sentidos son insensibles a una gran parte de la información que nos llega del cosmos, pero los científicos se las han ingeniado para desarrollar “implantes” que nos están abriendo nuevos ojos y oídos con los que descubrir, con asombro, algunos de los fenómenos astrofísicos más violentos.
El Premio Nobel de Física de 2026 reconoce la visión y el liderazgo de Francis Halzen, profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison, al concebir y guiar la construcción de uno de los “implantes” más sofisticados que existen: el telescopio de neutrinos IceCube.
Las partículas fantasma
Me inicié en la investigación estudiando cosas como los neutrinos y la materia oscura. Aparte de ser asuntos de por sí interesantísimos, los experimentos en física de astropartículas se llevan a cabo generalmente en lugares exóticos, como laboratorios subterráneos, islas tropicales, e incluso el Polo Sur. Y había llegado mi oportunidad de participar en un ingenio capaz de detectar neutrinos, partículas sumamente esquivas, en el corazón de la Antártida.
Los neutrinos se generan en una gran cantidad de procesos nucleares, desde el interior del Sol a los entornos de los agujeros negros. Pero también se generan en la Tierra, en los reactores nucleares, y los produce nuestro propio cuerpo en un proceso totalmente natural, la desintegración del potasio. Las energías implicadas cubren además un amplio abanico: en el rango superior, hay neutrinos miles de millones de veces más energéticos que las partículas aceleradas en los aceleradores de partículas de la Tierra.
Hasta la construcción de IceCube, éramos ciegos a estas partículas, que nos hablan de los procesos físicos más extremos del universo.
A -60 ºC
Garantizar que el instrumento toma datos de manera ininterrumpida, en particular durante el invierno polar en que la base Amundsen-Scott queda aislada, es la labor de esos winter-overs de los que formé parte.
Era diciembre de 2011 y justamente se cumplía el centenario de la llegada de los exploradores Roald Amundsen y Robert Falcon Scott a aquel lugar con el que yo solo había podido soñar. Las primeras semanas fueron frenéticas, aprovechando las 24 horas de luz y las temperaturas amables, de -20 a -30 ºC, para actualizar equipos y aprender todo lo necesario.
En febrero, con la partida del último avión, comenzaban los meses de aislamiento, y las temperaturas comenzaron a caer por debajo de los -60 ºC. Se impuso una noche perpetua. Fue entonces cuando se desveló la verdadera magia del lugar: auroras increíbles, vistas al corazón de la Vía Láctea y paseos acompañados únicamente por el sonido de tu propio aliento y el crujir de la nieve hueca, para inmortalizar esos momentos antes de que el frío congelara la cámara.
El día que observamos a “Epi”
La construcción de IceCube, que finalizó en 2010, no fue nada sencilla. Requirió perforar más de 80 agujeros de 2,5 kilómetros de profundidad en el hielo del Polo Sur para colocar más de 5 000 sensores de luz que observan lo que ocurre en las profundidades. Cada segundo, miles de partículas atraviesan el hielo, pero solo unas pocas al año son realmente neutrinos de interés, y un conjunto de ordenadores en un edificio en superficie se encarga de tratar de encontrar la aguja en el pajar.
Uno de los momentos clave de mi estancia allí se produjo durante las celebraciones de Nochevieja y Año Nuevo, cuando dábamos la bienvenida a 2012. Un apagón masivo en el edificio de control requirió horas de intenso trabajo para devolver los instrumentos a su funcionamiento normal. Ignorábamos que, en ese instante, un neutrino ultraenergético, que llevaba muy seguramente varios millones de años vagando por el cosmos, se dirigía directo al detector e impactó en él tan sólo unas horas después de haberlo recuperado. Los análisis posteriores encontraron a “Epi”, como fue bautizado, junto a otro neutrino también muy energético y al que se llamó, obviamente, “Blas”. Era el comienzo de la astronomía de neutrinos.
No fue posible identificar el origen de Epi o Blas, pero en los años posteriores se ha avanzado en la identificación de los lugares donde se generan neutrinos como ellos. Proceden de regiones cercanas a agujeros negros supermasivos que aceleran partículas cargadas hasta energías inconcebibles. En el proceso generan neutrinos que viajan prácticamente inalterados hasta nuestros instrumentos para revelarnos lo que allí ocurre. Aún hay muchas de esas partículas cuyo origen no podemos identificar, así que queda mucho por descubrir.
El enorme mérito de Francis Halzen
Durante el entrenamiento en Madison tuve la oportunidad de conocer a Francis Halzen, premio Nobel de física 2026, y me sorprendió su cercanía. Como curiosidad, él nunca ha viajado al Polo Sur. Siempre ha defendido que no tiene allí una labor específica que realizar y que el viaje es demasiado caro para los siempre ajustados presupuestos en investigación, por lo que cede su puesto a compañeros con responsabilidades en la construcción o el mantenimiento.
Pero es indiscutiblemente suyo el mérito de concebir un instrumento como IceCube e inyectar su entusiasmo al suficiente número de personas como para hacer realidad un proyecto que ha requerido más de tres décadas de paciente trabajo científico antes de dar sus frutos. Sus primeras palabras, de hecho, han sido para reconocer la contribución de todas las personas que lo han hecho posible.
Un futuro ampliado
IceCube ha abierto nuevos sentidos al universo, pero esto es solo el principio. Varios instrumentos similares están actualmente en construcción; entre ellos, KM3NeT, un gemelo de IceCube, pero submarino. Está ubicado en el Mediterráneo y cuenta con participación española.
Además, IceCube ha completado este año una actualización de su zona central para mejorar la sensibilidad a las energías más bajas, y está proyectada una ampliación para hacerlo hasta ocho veces más grande, aunque aún no está aprobada.
Esperemos que el reconocimiento del Nobel de este año dé el apoyo definitivo a esa ampliación, que permitirá mejorar la nitidez de nuestros nuevos ojos.
Fui contratado por la universidad de Madison en 2011 para cuidar el telescopio IceCube durante una campaña.
– ref. Mi experiencia en IceCube, el observatorio de neutrinos antártico que acaba de ganar el Nobel de Física – https://theconversation.com/mi-experiencia-en-icecube-el-observatorio-de-neutrinos-antartico-que-acaba-de-ganar-el-nobel-de-fisica-293735
