Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Albitre Lamata, Profesora ayudante doctora, experta en lengua española, Universidad Complutense de Madrid

Coincidiendo con la vuelta a las aulas, millones de estudiantes abren sus libros de texto para aprender matemáticas, biología, historia o lengua. Sin embargo, en la España de hace no tantos años existía una asignatura fundamental que dictaba cómo debía comportarse y hablar cada ciudadano: la urbanidad.
Bajo la apariencia de simples guías de protocolo, los manuales de cortesía se convirtieron en auténticos superventas pedagógicos. Lejos de ser neutros, estos libros ejercieron un estricto control sobre el lenguaje y la conducta cotidiana, fijando normas diferenciadas para cada género desde la infancia.
De la cortesía renacentista a los ‘best-sellers’ decimonónicos
Aunque las bases de este tipo de libros se remontan al siglo XVI con las obras de célebres humanistas como Erasmo de Rotterdam (De la urbanidad en las maneras en los niños, 1526) y Baltasar de Castiglione (El cortesano, 1528), fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando alcanzaron su edad de oro. La extensión de la educación primaria pública y la búsqueda de un modelo de “hombre cívico” propiciaron su éxito editorial.

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Se calcula que entre finales del siglo XVIII y principios del XX se publicaron en España más de un centenar de títulos distintos de manuales de urbanidad, sin contar sus reediciones. Uno de los motivos de este éxito fue su aprobación oficial como libros de texto en las escuelas de instrucción primaria. Obras de autores como Joan Cortada, Joaquim Rubió i Ors, José Oriol y Bernadet o Pilar Pascual de Sanjuán formaban parte del día a día de los colegios.
La microrregulación del lenguaje cotidiano
Desde la perspectiva de la pragmática histórica –la disciplina que estudia cómo se usaba la lengua en el pasado según el contexto social–, estos manuales operaban como reguladores de la norma lingüística al someter el uso de la lengua a una minuciosa regulación.
Precisamente un terreno de intenso debate fue la elección de los pronombres de tratamiento en el ámbito doméstico.
La mayoría de los tratadistas conservadores exigían que los hijos trataran de usted a sus padres, a quienes consideraban la cabeza de la jerarquía familiar. Autores como Joaquín Roca y Cornet condenaban el tuteo a los progenitores al considerarlo una “tiranía de la moda” que destruía la autoridad y el respeto. En contraste, escritores como María del Pilar de Sinués o José de Manjarrés defendieron el tuteo entre padres e hijos, precisamente porque el tú nacía del cariño sin restar respeto. Además, recordaban una paradoja religiosa: en las oraciones como el Padre Nuestro o el Ave María se trataba a Dios y a la Virgen de tú, por lo que era incoherente usar usted con los propios padres.
Asimismo, los manuales prohibían el uso del imperativo directo (como “dame” u “oye”) para realizar peticiones por considerarlo demasiado autoritario. En su lugar, recomendaban emplear fórmulas más suavizadas como “hágame usted el favor”, “tenga la bondad” o “sírvase usted”. Todo el comportamiento verbal, ya fuese en visitas, bailes, paseos o comercios, quedaba así milimétricamente codificado.
El doble código de género: la elocuencia frente al silencio
Sin embargo, el aspecto más revelador de estas obras radica en que no educaban a todos por igual, sino que promovían un doble código social. Mientras que a los niños se les encaminaba hacia la elocuencia, el razonamiento y el dominio de la vida pública, para las niñas el espacio reservado era el hogar y el ámbito privado.
A las alumnas se las instruía en la “dulzura” lingüística, la modestia y la sumisión. La locuacidad o la réplica femenina eran clasificadas como auténticos defectos. Si una niña o mujer necesitaba contradecir a alguien, debía hacerlo con mucho recato y, sobre todo, con acatamiento:
Oye mucho y habla poco,
y siempre elocuente
a la mejor ocasión.
En conversacion agena
no entres sin ser invitada;
si lo fueres, mesurada
toma parte en la cuestión.
Fragmento del libro “Urbanidad para niñas en verso” de José Codina (1898).
Como señalaba Joaquín Roca y Cornet en 1849, la cortesía en las niñas debía ser “innata y habitual”, calificando de “desagradable y hasta repugnante” a una mujer descortés. El silencio se convirtió así en la virtud femenina por excelencia para no alterar la imagen social ni el orden establecido en esa época.
Arqueología lingüística: el rastro de los sesgos actuales
Estudiar este tipo de libros nos permite realizar una verdadera “arqueología lingüística”. Conceptos de la sociolingüística y la pragmática moderna, como la noción de “imagen pública” de Erving Goffman o las estrategias de cortesía verbal de Penelope Brown y Stephen Levinson, ya estaban implícitos en las advertencias lingüísticas del siglo XIX. Estos manuales enseñaban que cualquier desviación de la norma dañaba la reputación social. En el caso de las mujeres, con normas mucho más severas, el mero hecho de tomar la palabra con firmeza se penalizaba como un acto descortés.
Comprender esta raíz histórica es fundamental para identificar los prejuicios comunicativos del presente. De esta forma, el dicho popular “calladita estás más guapa” no surgió de la nada: fue una consigna pedagógica e institucional extendida en estas obras durante generaciones. Desvelar el legado de los manuales de cortesía nos ayuda a entender por qué aún hoy persisten barreras invisibles en la participación de las mujeres en el discurso público.
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Paula Albitre Lamata forma parte del proyecto I+D+I de la Comunitat Valenciana “Líneas de evolución diacrónica en el español del siglo XX: teoría, materiales e instrumentos (EVOLXX)” (CIPROM/2026/056) y del proyecto de innovación docente “CORTES-IA: desarrollo de la competencia pragmática en la era de la IA” (UCM).
– ref. Cuando la escuela enseñaba que ‘calladita estás más guapa’: los manuales de cortesía y la educación lingüística – https://theconversation.com/cuando-la-escuela-ensenaba-que-calladita-estas-mas-guapa-los-manuales-de-cortesia-y-la-educacion-linguistica-292064
