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Descuartizadores, vampiros y caníbales: por qué debemos comprender (antes que vender) a los monstruos

Descuartizadores, vampiros y caníbales: por qué debemos comprender (antes que vender) a los monstruos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Pérez Fernández, Profesor de Psicología Criminal, Psicología de la Delincuencia, Historia de la Psicología, Perfilación e investigador psicosocial. Experto en historia de la novela gráfica., Universidad Camilo José Cela

Tero Vesalainen/Shutterstock

La cultura popular contemporánea empuja al público a entretenerse con remozadas historias de vampiros, caníbales y toda suerte de criminales exagerados y grotescos. No es un género nuevo, pero en las últimas décadas, impulsado por el discutible fenómeno del true crime, se ha consolidado con enorme vigor la exposición de un sadismo criminal rayano en lo pornográfico.

El fenómeno contradice lo esperable en una sociedad occidental cada vez más culta y formada. Alimenta el debate acerca de la necesidad de estos materiales y de las posibles consecuencias de su consumo prolongado. Las manifestaciones culturales destinadas a horrorizar a las masas se diluyen en el terreno de la diversión.

Lo que realmente habría que analizar es qué motiva a un individuo a sentir placer mutilando a otro; por qué un asesino no se conforma con eliminar a su víctima, sino que además necesita cuartearla o consumirla; por qué, terminado el proceso, experimenta la necesidad de repetir.

La función multidisciplinar de la criminología es comprender la etiología del delito y encontrar sus mecanismos a fin de diseñar estrategias preventivas y, en lo tocante a estas casuísticas extremas, no está sobrada de argumentos productivos.

La cultura del crimen

El canibalismo es antiquísimo en la historia humana. En la Gran Dolina de Atapuerca se han encontrado restos humanos con señales de procesamiento que han documentado el fenómeno ya en la prehistoria. El devenir histórico-cultural motiva que allá donde los paleoantropólogos observan comportamientos “naturales” del pasado humano, psiquiatras y psicólogos encuentren hoy conductas patológicas.

La cultura humana es también una cultura del crimen y cada época posee sus manifestaciones criminales concretas. Pese a la antigüedad y domesticación del impulso caníbal, una nueva generación de antropófagos sorprende al mundo. Así, José Luis Calva Zepeda, conocido como el Caníbal de la Guerrero, pretendió revestir sus actos de asesino en serie que devoraba a sus víctimas de una pátina de intelectualidad a principios de este siglo.

Ed Gein, en una foto tomada en 1958.
Ed Gein.
Wikimedia Commons, CC BY

Ed Gein, por su parte, era un granjero sin estudios que creció apartado del mundo por una madre dominante y religiosa. Fallecida esta, sus fantasías y delirios lo indujeron a profanar tumbas y coleccionar restos humanos.

Muy diferente fue Armin Meiwes, el Caníbal de Rotemburgo, culto, formado e integrado. En 2001 publicó en una web de contactos un mensaje buscando a alguien que aceptase ser devorado. Respondió Bernd Jürgen Brandes. El caso llevó a la justicia alemana a una situación sin precedentes: el canibalizado había consentido participar.

La peripecia de Issei Sagawa resulta igualmente perturbadora. En 1981 invitó a su apartamento parisino a Renée Hartevelt, una joven holandesa de la que estaba enamorado. Tras ser rechazado, la asesinó y posteriormente consumió partes de su cuerpo. Diagnosticado inicialmente con una enfermedad mental y extraditado a Japón, terminaría en libertad y convertido, paradójicamente, en una figura mediática.

Casos como los de Sagawa y Meiwes plantean la incómoda cuestión de cómo clasificar a individuos aparentemente “cuerdos” cuyas motivaciones sexuales trascienden cualquier estándar. ¿Son rehabilitables? ¿Acaso hay algo de lo que rehabilitarlos?

Vampiros: la moda que viene y va

La ingesta de sangre, fronteriza con el canibalismo, se reviste de superstición pseudorreligiosa: quien la bebe se apropia de la fuerza vital de la víctima. Cuando aparece ligada al crimen expresa poder, posesión y dominación absoluta. Los ejemplos históricos son variopintos: Peter Kürten, el Vampiro de Düsseldorf, y Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento, son, posiblemente, los más conocidos. Motivaciones psicóticas, sexuales, económicas o instrumentales se mezclan de manera diferente en cada uno, burlando posibles patrones y desaconsejando las explicaciones universales.

Retrato en blanco y negro de una mujer
Enriqueta Martí.
Wikimedia Commons, CC BY

Esta casta de criminales es tan fronteriza que sus componentes tienden a superponerse entre sí.

El dinero, de hecho, puede constituir un poderoso incentivo hacia la sangre y la carne humanas. La célebre historia de Enriqueta Martí, la Vampira de Barcelona, vinculó su figura al supuesto comercio de remedios elaborados con restos infantiles. Más allá de cuanto haya de realidad, exageración periodística o leyenda en el relato transmitido posteriormente, su historia ilustra de manera excelente cómo crimen, superstición y construcción mediática pueden entrelazarse.

Descuartizadores, secuestros y fantasías

En Francisco García Escalero, el Matamendigos, confluyeron abandono, alcohol, psicofármacos y una grave enfermedad mental. Actuó entre 1987 y 1993. Lo terrible del caso es que, pese a sus antecedentes y el deterioro físico que sufría, pudo matar reiteradamente en una gran ciudad sin que los mecanismos sociales, judiciales, policiales y sanitarios consiguieran impedirlo o simplemente advertirlo. Todo falló a lo largo de seis años.

Andrei Chikatilo, la la Bestia de Rostov.
Wikimedia Commons, CC BY

Contemporáneo suyo fue Andréi Chikatilo, la Bestia de Rostov, cuyos crímenes ofrecen una intensa vinculación entre sadismo y sexualidad. Un evento que puede observarse, con manifestaciones diferentes, en infinidad de asesinos sistemáticos: el daño, la manipulación del cadáver y la prolongación de la posesión de la víctima forman parte de fantasías donde dominación y placer llegan a confundirse.

Sin embargo, las obvias motivaciones sexuales no siempre se reconocen. Anatoli Onoprienko asesinaba aparentemente para robar; José Juan Martín Montañés, el Descuartizador de Cádiz, aniquiló a su amigo Javier Suárez Samaniego en 1989 para simular un secuestro y obtener un rescate.

El hecho es que incluso en crímenes y criminales aparentemente instrumentales como estos, aparecen conductas expresivas que exceden la pretendida finalidad económica.

¿Cómo se forman estas personalidades?

¿Por qué, mientras que la cultura occidental lucha por incrementar las libertades y el bienestar material, aparecen estos monstruos? ¿Se han descuidado los elementos ético-morales básicos? ¿Es el estilo de vida moderno, individualista y egocéntrico, lo que consolida estas personalidades disfuncionales? ¿Es un problema psicofisiológico desconocido?

No hay respuestas unívocas que permitan ensillar al unicornio. Descuartizadores, vampiros y caníbales comparten el hecho de que suelen ser criminales solitarios que se afanan en medirse con el cuerpo de sus víctimas, manipularlo, dominarlo y poseerlo hasta extremos difícilmente concebibles.

Jeffrey Dahmer, sin cerrar el expediente, aporta alguna pista más: una infancia negligente, repleta de señales que el medio ignora o no sabe interpretar, puede anticipar terribles horrores. El pequeño Jeff diseccionaba animales, desarrolló problemas con el alcohol y fue avanzando hacia fantasías cada vez más perturbadoras que hicieron de él un asesino sexual aficionado a los experimentos y coleccionista de restos humanos.

Un hombre con uniforme de presidiario en blanco y negro.
Bundy en la prisión de Tallahassee (Florida), en 1978.
Wikimedia Commons, CC BY

Irónicamente, el éxito tampoco protege necesariamente frente a estos impulsos. Ted Bundy era camaleónico: atractivo, con estudios, inteligente, activo políticamente y capaz de comportamientos socialmente valorados. Esa apariencia disfrazaba un sadismo extremo que convertiría sus asesinatos en una prolongación de sus fantasías de dominación.

Su final, en la silla eléctrica, ofrece una última lección: la hipocresía sociocultural que prefiere concentrarse exclusivamente en la pena antes que explorar otras posibilidades.

La sociedad encierra, aísla y castiga, pero no facilita un estudio sistemático y coherente del criminal. Quizá uno de los principales obstáculos que todavía impiden alcanzar respuestas productivas, anticipatorias y preventivas resida precisamente ahí: castigamos (y comercializamos) aquello que nos horroriza antes de habernos atrevido a comprenderlo.

The Conversation

Francisco Pérez Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Descuartizadores, vampiros y caníbales: por qué debemos comprender (antes que vender) a los monstruos – https://theconversation.com/descuartizadores-vampiros-y-canibales-por-que-debemos-comprender-antes-que-vender-a-los-monstruos-293055

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