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La dulce historia de Halloween: de los banquetes celtas al ‘truco o trato’ moderno

La dulce historia de Halloween: de los banquetes celtas al ‘truco o trato’ moderno

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

El pan de calabaza (aquí recién horneado y cubierto con crema batida, nueces y jarabe de caramelo) aprovecha las virtudes gastronómicas del vegetal que se asocia tradicionalmente a Halloween. Elena Veselova/Shutterstock

Halloween, con sus calabazas iluminadas y sus calles llenas de disfraces, se asocia hoy casi exclusivamente con niños corriendo de puerta en puerta en busca de caramelos. Pero detrás de esta fiesta azucarada se esconde una larga historia de rituales agrícolas, transformaciones religiosas y hábitos culinarios que reflejan cómo las sociedades han entendido la muerte, la abundancia y la hospitalidad.

Porque la gastronomía de Halloween no nació en las fábricas de dulces del siglo XX, sino en las hogueras celtas y las cocinas rurales de Irlanda y Escocia.

Comer para honrar a los muertos

Antes de ser Halloween, la noche del 31 de octubre era Samhain, la festividad celta que marcaba el final de la cosecha y el inicio del invierno. En ese umbral temporal, los antiguos creían que el mundo de los vivos y el de los muertos se tocaban. La comida tenía una función simbólica esencial: no solo se ofrecía a los espíritus para apaciguarlos, sino que también se compartía entre los vivos como signo de comunidad.

Durante el Samhain se preparaban alimentos que celebraban la abundancia recién recolectada: panes de avena, coles, nabos, manzanas asadas y sidra. Era una cocina basada en la estacionalidad y la conservación. Las manzanas, por ejemplo, eran símbolo de inmortalidad y se usaban en juegos adivinatorios que sobreviven hasta hoy en el bobbing for apples, documentado al menos desde el siglo XVIII.

Con la cristianización del calendario, Samhain fue absorbido por el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de los Difuntos (2 de noviembre). De esa fusión nació la costumbre medieval de ofrecer soul cakes (pequeños pasteles de mantequilla y especias) a los pobres y niños que iban de casa en casa pidiendo oraciones por las almas del purgatorio. Cada pastel recibido equivalía a una plegaria pronunciada. Esta práctica, llamada souling, es considerada el antecesor directo del actual trick or treat (“truco o trato”).

El alma del dulce: del souling al trick or treat

El paso del souling religioso al trick or treat laico no fue inmediato. Durante siglos, la víspera de Todos los Santos siguió siendo una fecha para compartir alimentos y recordar a los muertos, pero la función de los visitantes se transformó. En Escocia y el norte de Inglaterra surgió el guising: niños y jóvenes disfrazados que recorrían las casas recitando canciones o poemas a cambio de frutas, pasteles o monedas.

Cuando los inmigrantes irlandeses y escoceses llevaron estas costumbres a América del Norte en el siglo XIX, el contexto cambió. Las ciudades industriales crecían y con ellas la necesidad de domesticar las celebraciones populares, que a menudo degeneraban en travesuras y vandalismo. En ese proceso de “civilización de Halloween”, los adultos y las escuelas empezaron a promover actividades seguras: fiestas en casa, desfiles y, sobre todo, la costumbre de dar dulces a los niños para evitar gamberradas. La idea era simple: si das algo dulce, evitas el “truco”.

Hay ‘trato’.
Tatevosian Yana/Shutterstock

Así nació el lema trick or treat, documentado por primera vez el 4 de noviembre de 1927 en el periódico canadiense Lethbridge Herald. En las décadas siguientes, el desarrollo de la industria confitera estadounidense transformó el gesto ritual en un mercado multimillonario. Durante los años 50 y 60, las empresas de caramelos (Hershey’s, Mars o Brach’s) vieron una oportunidad única: envases pequeños, porciones individuales y colores naranjas y negros. De repente, Halloween se volvió sinónimo de azúcar envuelta en celofán.

¿Qué se comía (y se come) en Halloween?

Si bien los caramelos monopolizan la fiesta moderna, en muchos lugares persisten o se han recuperado recetas tradicionales que hablan de una gastronomía de temporada, vinculada al otoño y al recuerdo de los muertos. Algunos ejemplos gastronómicos de esta fiesta son:

• Barmbrack (Irlanda): pan de frutas con especias, similar a un plum cake, en cuyo interior se escondían objetos (un anillo, una moneda, un guisante seco) que auguraban fortuna, matrimonio o pobreza para quien los encontrara).

• Colcannon: puré de patatas mezclado con pimienta, mantequilla y col, a veces con una moneda oculta. En muchas casas irlandesas era el plato central de la cena de Halloween.

• Toffee apples o manzanas caramelizadas: se popularizaron en Inglaterra y EE. UU. a principios del siglo XX, combinando el fruto otoñal por excelencia con el azúcar industrial.

• Bonfire toffee (Inglaterra y Gales): caramelo duro de melaza, asociado a las hogueras del 31 de octubre y del 5 de noviembre.

• Pumpkin pie y pumpkin bread (EE. UU.): aunque la calabaza decorativa proviene de la costumbre irlandesa de tallar nabos, el gusto norteamericano la convirtió en postre estacional, símbolo del otoño más que del miedo.

Estas recetas revelan un hilo conductor: la idea de compartir alimentos dulces y de buena conservación justo cuando la naturaleza comienza su fase de reposo. El azúcar, más allá de su sabor, funciona como talismán de energía frente al invierno.

Dulce capitalismo: la industria del miedo y el azúcar

Hoy se estudia también cómo el marketing alimentario infantil permea esta popular celebración. Por ejemplo, dos investigadores de la Universidad de Melbourne (Australia) analizaron la promoción de productos poco sanos durante Halloween como fenómeno de salud pública. La experta Shabnam Yousaf argumentó que Halloween se ha convertido en un ritual híbrido entre mito, cultura de consumo y simbolismo.

La industria también reinventó la gastronomía de Halloween en clave visual: tiendas y redes sociales se llenan de cupcakes con forma de fantasmas, galletas de calabaza, “sangre” comestible… En este nuevo folclore culinario, la creatividad doméstica sustituye al rito comunitario, pero el principio de compartir, pero el “dar algo para no recibir un truco”, se mantiene vivo.

Al mismo tiempo, culturas con sus propios ritos de los muertos han recuperado sus comidas tradicionales, como el pan de muerto en México, reafirmando que comer es una forma de diálogo con los que ya no están.

Devolverle sentido a lo dulce

La gastronomía de Halloween, más allá de las calorías, es un espejo de nuestra relación con la muerte y la abundancia. Lo que hoy se reduce a un intercambio comercial nació como un acto de hospitalidad hacia los vivos y los muertos. El “truco o trato” es la última versión de un gesto ancestral: ofrecer alimento para mantener la paz entre mundos.

Quizás el reto contemporáneo sea recuperar algo de esa conciencia. Cocinar un barmbrack, preparar un puré de colcannon o simplemente compartir una comida otoñal puede ser un modo de reconectar con el ciclo agrícola que dio origen a la fiesta. En tiempos de consumo acelerado, volver a esas recetas lentas es, de algún modo, un pequeño acto de resistencia.

Al fin y al cabo, Halloween no siempre fue una fiesta de dulces: fue, y puede seguir siendo, una celebración del vínculo que une a los vivos con su memoria, servida en la mesa entre sombras, risas y manzanas caramelizadas. Un banquete entre dos mundos.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La dulce historia de Halloween: de los banquetes celtas al ‘truco o trato’ moderno – https://theconversation.com/la-dulce-historia-de-halloween-de-los-banquetes-celtas-al-truco-o-trato-moderno-294487

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