Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jennifer Davinia Castrillo Felipe, Docente e investigadora en Psicología, Universidad Europea
“No tengas miedo, que es de mentira”. ¿Cuántas veces hemos pronunciado esta frase cuando un niño se asusta ante una máscara, una película o alguien disfrazado? Parece razonable: si le explicamos que no existe ningún peligro, debería tranquilizarse. Sin embargo, el miedo no siempre entiende de explicaciones.
Imaginemos a dos niños frente al mismo personaje de Halloween. Uno se ríe y quiere hacerse una fotografía. El otro rompe a llorar y se esconde detrás de su madre. Ambos observan exactamente lo mismo, pero viven experiencias completamente diferentes.
¿Por qué lo que divierte a uno puede aterrorizar al otro?
Durante la infancia, la capacidad para distinguir entre fantasía y realidad se desarrolla progresivamente. Incluso saber que algo no es real (que es un disfraz, por ejemplo) no implica que podamos controlar automáticamente nuestra respuesta emocional. Una máscara inquietante, un grito inesperado o una figura que aparece de repente pueden provocar una reacción de alarma, incluso cuando sabemos que no existe un peligro real.
Pensemos en nosotros mismos: sabemos que una película de terror es ficción y, aun así, podemos sobresaltarnos. ¿Por qué esperamos de un niño un control emocional que ni siquiera los adultos conseguimos?
Nuestras respuestas al cine de terror, por ejemplo, varían con la edad, según desarrollamos estrategias para afrontar ese tipo de contenidos. Por eso, las explicaciones racionales son útiles en niños mayores, pero los más pequeños, entre los tres y los cinco años, pueden necesitar más cercanía y acompañamiento.
El miedo también crece con nosotros
El miedo es una emoción básica que nos ayuda a detectar posibles amenazas. No es un fallo del desarrollo infantil ni algo que debamos eliminar. De hecho, a medida que crecemos no dejamos de sentirlo: lo que cambia con la edad es aquello que nos asusta.
Durante los primeros años pueden aparecer temores relacionados con la oscuridad, los personajes imaginarios o la separación de nuestros adultos de referencia. Más adelante adquieren importancia otras preocupaciones como hacer el ridículo delante de los compañeros, sentirse rechazado por un grupo de amigos o tener que hablar en público.
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No todos los niños experimentan los mismos miedos ni los superan al mismo ritmo. Influyen el temperamento, las experiencias anteriores, el contexto y las habilidades que van desarrollando para regular sus emociones. Por eso, mientras algunos pequeños disfrutan acercándose a alguien disfrazado de vampiro, otros pueden sentirse desbordados incluso antes de que esa persona se aproxime.
¿Cuándo un susto deja de ser divertido?
En contextos como Halloween, para no sentir miedo es importante que el niño desee participar, sienta que puede alejarse cuando lo necesita y también que le acompañe un adulto que responda a sus señales de malestar. Si comienza a llorar intensamente, intenta escapar o no consigue recuperar la calma, insistir en que continúe puede aumentar su angustia. No necesitamos convertir una celebración en una prueba de valentía.
Una experiencia de miedo puede resultar entretenida, a cualquier edad, cuando sentimos suficiente seguridad y control sobre lo que ocurre. No es lo mismo elegir ponerse una máscara que encontrarse inesperadamente con un adulto disfrazado que grita y se acerca bruscamente.
Cuando intentamos ayudar y conseguimos lo contrario
Ante el miedo infantil, los adultos solemos reaccionar con frases del tipo: “No pasa nada”, “No seas miedoso” o “Mira cómo los demás no lloran”. Sin embargo, minimizar o ridiculizar una emoción puede hacer que el niño se sienta incomprendido.
Validar su miedo no significa confirmar que existe una amenaza. Podemos decirle: “Esa máscara te ha asustado. Estoy aquí contigo”. Después, ofrecerle alternativas: observar desde cierta distancia, descubrir cómo es el disfraz sin la máscara o elegir otra actividad. También podemos anticiparle lo que encontrará: música, luces, disfraces o personas maquilladas. Acompañar no consiste en convencerlo de que deje de sentir miedo inmediatamente, sino en ayudarle a recuperar la seguridad.
¿Y si protegerlo demasiado mantiene el miedo?
Aquí aparece uno de los desafíos de la crianza. Cuando un niño tiene miedo, es natural querer eliminar inmediatamente aquello que le produce malestar. En ocasiones, retirarlo de una situación es necesario y adecuado.
Sin embargo, evitar sistemáticamente cualquier experiencia segura que le genere inquietud puede limitar sus oportunidades de aprender a manejarla. Afrontar gradualmente situaciones temidas, en condiciones adecuadas, puede favorecer nuevos aprendizajes.
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Esto no significa que Halloween deba convertirse en una intervención terapéutica ni que debamos obligar a los niños a enfrentarse a sus temores. Se trata de encontrar un equilibrio entre proteger, acompañar y permitir explorar a su propio ritmo.
¿Cuándo debemos preocuparnos?
Que un niño llore ante un disfraz no significa que tenga un problema psicológico. Conviene prestar atención cuando el miedo persiste, provoca un sufrimiento importante o interfiere en actividades cotidianas como dormir, acudir al colegio o relacionarse con otras personas. En esos casos, puede ser útil solicitar una valoración profesional.
Halloween dura una noche, pero las oportunidades para aprender a relacionarnos con nuestras emociones aparecen durante todo el año. Cuando nuestros pequeños se asustan ante un monstruo de mentira, no es tan importante insistir en que “no existe” como demostrarle que su miedo ha sido comprendido y que tiene a alguien cerca para ayudarle a recuperar la seguridad.
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Jennifer Davinia Castrillo Felipe tiene un gabinete privado, Síntesis: Centro de psicología, logopedia y pedagogía.
– ref. ¿Puede Halloween asustar demasiado a un niño? Cuando el miedo deja de ser divertido – https://theconversation.com/puede-halloween-asustar-demasiado-a-un-nino-cuando-el-miedo-deja-de-ser-divertido-295097

