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‘Curis’ y bromas que no lo son: el peligro del ciberacoso como pasatiempo

‘Curis’ y bromas que no lo son: el peligro del ciberacoso como pasatiempo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Aránzazu Basterra González, Profesora e Investigadora. Facultad de Educación, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

DimaBerlin/Shutterstock

Una fotografía manipulada, un vídeo compartido sin permiso o un grupo de WhatsApp creado para reírse de un compañero pueden parecer una simple diversión entre adolescentes. Pero ¿qué ocurre cuando alguien se convierte en el blanco de las burlas y estas no terminan al salir de clase?

En internet, una humillación puede llegar a muchas personas, permanecer accesible y reaparecer mucho tiempo después. Distinguir una broma de una situación de acoso o ciberacoso es una responsabilidad compartida por las familias y los centros educativos.

Cuando la diversión se convierte en humillación

Las relaciones entre iguales también se construyen en los espacios digitales. En grupos de mensajería, redes sociales o plataformas de videojuegos circulan bromas, memes y vídeos que forman parte de la interacción cotidiana de los adolescentes. El problema surge cuando se utilizan para ridiculizar, excluir o humillar a alguien.

Manipular una fotografía, difundir una conversación privada o compartir una grabación sin consentimiento son algunos ejemplos. Recientemente han aparecido los llamados “curis”: cuentas de creación anónima en redes sociales, sobre todo Instagram y TikTok, que abren los estudiantes para hacer memes sobre la vida en sus institutos. En ellas se publican viñetas, dibujos toscos, calcos o reinterpretaciones deliberadamente mal hechas de personajes de series, anime o videojuegos se usan para parodiar situaciones cotidianas.

En este partido nos la jugamos: Vídeo sobre el ciberacoso de la Agencia Española de Prevención de Datos.

Agresiones fuera de clase a compañeros

Estas situaciones pueden comenzar durante el fin de semana y hacerse visibles en el aula el lunes, mediante miradas cómplices, risas, aislamiento o comentarios que solo comprende una parte del grupo. Lo que ocurre en internet no se queda en internet: las experiencias digitales y presenciales están estrechamente vinculadas, y una humillación en las redes puede deteriorar la convivencia escolar.

No toda broma ofensiva constituye automáticamente ciberacoso, pero llamarla “broma” tampoco elimina el daño ni exime de responsabilidad a quienes participan en su difusión. Para valorar si existe acoso, hay que atender al contexto, la intencionalidad, la repetición o persistencia y el desequilibrio de poder.




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El entorno digital amplifica el daño y lo prolonga. Una publicación puede guardarse, reenviarse o compartirse de nuevo, manteniendo la exposición de quien sufre el ciberacoso. La Comisión Europea advierte de que la permanencia y difusión de estos contenidos pueden intensificar el daño y favorecer nuevas situaciones de victimización. Que el grupo se ría no convierte la humillación en una broma inocua.

Cómo actuar cuando alguien sufre

Las víctimas de acoso por internet no solo sufren las consecuencias de ese maltrato psicológico, sino que viven con la incertidumbre añadida de quién ha visto, conserva, o volverá a circular el contenido en cuestión. De esta manera, no encuentran refugio, a menudo, ni siquiera fuera de la escuela o en sus propios hogares.

El primer paso es escuchar sin juzgar. Expresiones como “no hagas caso” o “son bobadas” pueden infravalorar el sufrimiento y trasladar la responsabilidad a quien lo padece. Es importante validar su malestar, reconocer su valentía al contarlo y transmitirle que no tiene por qué afrontarlo en soledad. Puede recurrir a una persona adulta de confianza, a su tutor o al equipo directivo del centro.




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Conviene conservar pruebas, como capturas de pantalla o mensajes, sin volver a difundir el contenido. También se puede denunciar en la plataforma y bloquear las cuentas implicadas, aunque estas medidas no sustituyen la intervención adulta. Si los hechos involucran a compañeros del centro, deben comunicarse al tutor o al equipo directivo para valorar las medidas de protección necesarias y detener la situación. Si se difunden imágenes sexuales o violentas sin consentimiento, la Agencia Española de Protección de Datos dispone de un Canal Prioritario para solicitar la retirada urgente de determinados contenidos.

La responsabilidad de los centros y las familias

Que el ciberacoso ocurra fuera del horario escolar no significa que carezca de relevancia educativa. La Ley Orgánica 8/2021 contempla la protección de la infancia y la adolescencia frente a la violencia ejercida mediante las tecnologías digitales. Los centros no pueden limitarse a prohibir los móviles o sancionar cuando el daño ya se ha producido. También deben prevenir, detectar y actuar para proteger a quienes sufren estas conductas.




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Educar para la convivencia digital implica trabajar con situaciones cotidianas, ayudar al alumnado a reconocer el daño que pueden causar sus acciones y mostrarle que reírse, compartir una publicación o guardar silencio ante una humillación puede contribuir a mantenerla. La intención de hacer gracia no justifica el sufrimiento causado.

¿Puede mi hijo estar participando?

La investigación también respalda la importancia de la prevención educativa. La evaluación del programa Safety.net, aplicado en centros escolares, encontró una reducción de la cibervictimización entre iguales en el grupo que recibió la intervención frente al grupo de comparación. Estos resultados apoyan la incorporación de la convivencia digital a la acción tutorial, aunque no garantizan la eficacia de todos los programas ni la suficiencia de una intervención puntual.

Quienes presencian estas situaciones también pueden contribuir a frenarlas o agravarlas. Reírse, reaccionar a una publicación o reenviar una imagen puede ampliar su difusión y reforzar la humillación. En cambio, dejar de compartir el contenido, apoyar a la persona afectada y pedir ayuda a un adulto puede ayudar a detenerla. No se trata de exigir al alumnado que resuelva por sí solo una situación que puede superarle, sino de enseñarle que ser testigo también implica una responsabilidad.




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Las familias deben mantener un diálogo habitual con sus hijos sobre sus relaciones digitales y cómo se sienten. Los cambios de ánimo, el aislamiento, las alteraciones del sueño o el rechazo a acudir al centro pueden justificar una conversación, aunque no confirman por sí solos que exista ciberacoso. También es importante identificar si el menor puede estar sufriendo estas conductas, participar en ellas o presenciarlas. Si ha contribuido a una humillación, la familia debe ayudarle a comprender y asumir sus consecuencias y colaborar con el centro cuando sea necesario.

Una broma deja de ser inocua cuando se utiliza para humillar a alguien. Reconocer el daño, no contribuir a difundirlo y pedir ayuda cuando sea necesario son pasos esenciales para que la convivencia digital no se convierta en una fuente de sufrimiento.

The Conversation

Aránzazu Basterra González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ‘Curis’ y bromas que no lo son: el peligro del ciberacoso como pasatiempo – https://theconversation.com/curis-y-bromas-que-no-lo-son-el-peligro-del-ciberacoso-como-pasatiempo-295218

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