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Una momia es mucho más que un monstruo de Halloween

Una momia es mucho más que un monstruo de Halloween

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología, Universidad de Salamanca

HitchLens/Shutterstock

Cada mes de octubre, la imagen de la momia reemerge para convertirse en uno de los iconos más reconocibles de la festividad de Halloween. Pero no comenzó siendo un personaje de terror, ni mucho menos.

En el siglo XIX, la literatura romántica representaba a las momias egipcias con fascinación exótica o intención satírica. Sir Arthur Conan Doyle alteró este panorama al publicar, en 1892, El lote número 249, un relato corto de terror gótico que presentó, por primera vez, a una momia reanimada mediante magia antigua y capaz de ejecutar crímenes deliberados.

El interés popular por las momias alcanzó una dimensión global entre 1922 y 1923, a raíz del hallazgo de la tumba de Tutankamón, acontecimiento que los periódicos convirtieron en el mito de la maldición del faraón.

Cartel de 1942.
FilmAffinity

Años después, las producciones cinematográficas de Universal Pictures consolidaron la apariencia visual del personaje como una criatura torpe, envuelta en tela deshilachada, que caminaba arrastrando un pie, que es como aparece en La tumba de la momia (1942) y sus secuelas. Ese arquetipo caló y todavía continua vigente.

Pero las momias no son solamente ese típico monstruo que asusta a pequeños y mayores: preservan información biológica de enorme valor científico. En ellas se conservan microorganismos patógenos, hongos saprófitos y microbiomas primigenios que revelan la historia compartida entre las infecciones humanas y los procesos de conservación física.

Hongos letales

Varios estudios han demostrado que diversas especies de hongos del género Aspergillus –como Aspergillus flavus, Aspergillus niger y Aspergillus terreus– están presentes en las momias y en las tumbas que las albergan. La inhalación masiva de las esporas de estos hongos desencadena cuadros graves de aspergilosis pulmonar invasiva o sinusitis micótica en personas provistas de un sistema inmunitario debilitado.

Esta vía de contagio explica el fallecimiento de exploradores expuestos a recintos sellados. El aristócrata Lord Carnarvon murió en 1923 debido a complicaciones respiratorias asociadas a sinusitis fúngica a raíz del ingreso en la tumba de Tutankamón. De manera equivalente, diez científicos presentes en la apertura del sepulcro del rey Casimiro IV de Polonia perecieron en 1973, después de inhalar el ambiente de la cámara que estaba cargado de esporas de hongos.

Momias con infecciones

En las últimas décadas, diversos estudios paleopatológicos han confirmado la presencia de material genético de Mycobacterium tuberculosis en momias egipcias y en cuerpos precolombinos de América del Sur, demostrando que la tuberculosis ya circulaba en el continente americano antes de la llegada de los europeos.

De igual modo, análisis recientes en una momia boliviana de 700 años determinaron la presencia confirmada más antigua de Streptococcus pyogenes,que es causante de infecciones de garganta.

Por otro lado, a partir del tejido hepático preservado de una excepcional momia infantil del siglo XVI perteneciente a la dinastía Joseon y hallada en Yangju (Corea del Sur), un equipo de científicos logró extraer ADN antiguo y reconstruir el genoma completo de 400 años de antigüedad del virus de la hepatitis B. Eso permitió comparar sus mutaciones con las de cepas contemporáneas para calibrar la tasa de evolución del virus, demostrar su estabilidad genética a lo largo de los siglos y aportar datos clave sobre su origen geográfico en Asia oriental.

Son ejemplos de cómo las momias nos permiten estudiar enfermedades que aún hoy nos afectan.




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Momias naturales

La momificación y, por tanto, la detención de la putrefacción exige neutralizar la actividad de bacterias, hongos e insectos necrófagos. En el antiguo Egipto, las prácticas de embalsamamiento incorporaron betún extraído del Mar Muerto. Aquella sustancia rica en azufre e hidrocarburos aromáticos formaba un escudo biocida –es decir, destructor de microbios– que impedía el paso de la humedad y la colonización de los hongos.

En el medio natural, a veces ocurren procesos de momificación sin intervención humana. Para que esto se produzca, tiene que haber elementos del entorno que impidan la multiplicación de las bacterias, como ocurrió con el Hombre de Cashel, una “momia de pantano” que se mantuvo durante 4000 años enterrada en las turberas del norte de Europa, concretamente en Irlanda. Las turberas combinan la falta de oxígeno con bajas temperaturas y un grado elevado de acidez para detener el desarrollo de bacterias aeróbicas. Esa acidez permite que se preserven la piel y los órganos internos, mientras que la interacción entre aminoácidos corporales y azúcares reductores genera la reacción de Maillard, la misma que está detrás de la elaboración del caramelo y el tostado de la carne, que en el Hombre de Cashel es responsable de su tono oscuro.

Ötzi, el Hombre de Hielo.
South Tyrol Museum of Archaeology

Otra momia humana natural, aún más antigua y encontrada en los Alpes, cerca de la frontera entre Austria e Italia, es Ötzi, el Hombre de Hielo. Las muestras intestinales tomadas de su cuerpo revelaron la presencia de la bacteria Helicobacter pylori. Pero la momia no es una reliquia estática, sino un sistema biológico dinámico, por lo que, junto a las bacterias intestinales que ya tenía Ötzi cuando estaba vivo, se han hallado bacterias y levaduras psicrófilas, microorganismos adaptados al frío en el entorno del glaciar que llegaron después de su muerte. Además de un tercer grupo de bacterias procedentes de la contaminación desde su descubrimiento, hace 30 años, durante su traslado y manipulación.




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Negocio con polvo de momia

Desde el siglo XVI, y a pesar de las restricciones legales, la exportación legal o ilegal de momias egipcias se convirtió en un negocio floreciente, propiciando el saqueo de tumbas. Muchas de ellas, antes de ser enviadas a Europa desde El Cairo y Alejandría, se fragmentaban en múltiples porciones para rentabilizar las transacciones, destruyendo material de enorme valor documental.

Gran parte de esas momias que se comercializaban estaban destinadas a fabricar Mumia vera Aegyptiaca, un fármaco y preparado cosmético derivado de restos de momias reducidas a polvo. Durante siglos fue utilizado en la medicina árabe y europea como remedio hemostático, cicatrizante y panacea universal contra enfermedades como la peste bubónica.

La compañía farmacéutica Merck siguió vendiendo Mumia vera Aegyptiaca hasta bien entrado el siglo XX. La lista de precios publicada en 1924 la valoraba en 12 marcos de oro por kilo ¿Era eficaz? Quizás, en parte, puede que sí. Un reciente estudio publicado en PNAS ha demostrado, en células en el laboratorio y usando muestras históricas de este polvo, su capacidad para reducir moderadamente el daño celular provocado por la gripe.

Parece indiscutible que, más allá de mitos y de supersticiones, aún tenemos mucho que aprender de las momias y de los microorganismos que contienen.

The Conversation

Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Una momia es mucho más que un monstruo de Halloween – https://theconversation.com/una-momia-es-mucho-mas-que-un-monstruo-de-halloween-294887

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