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Volveremos a coger trenes como si nada hubiera pasado

Volveremos a coger trenes como si nada hubiera pasado

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Moisés de la Serna, Profesor e investigador de Psicología, Universidad Internacional de Valencia

El andén amanece bajo el mismo compás metálico de siempre: el silbato de salida, el cierre neumático de las puertas y esa prisa matinal, casi coreografiada, de quienes aceleran el paso para no quedarse fuera. Para un observador ajeno, nada en esa escena cotidiana permitiría sospechar que, semanas o meses atrás, ese mismo convoy o esa misma vía fueron el escenario de una tragedia colectiva. Los pasajeros vuelven a ocupar sus asientos, despliegan el periódico, se ajustan los auriculares y dejan perder la mirada tras el cristal, como si nada hubiera sucedido.

No es una manifestación de frialdad moral ni una muestra de falta de empatía hacia las víctimas, sino una de las expresiones más interesantes de la capacidad adaptativa del cerebro: la posibilidad de atenuar el miedo para recuperar la normalidad y continuar con nuestra vida. Desde esta perspectiva, olvidar parcialmente el impacto emocional de una catástrofe no significa borrar lo sucedido, sino permitir que el recuerdo deje de condicionar cada una de nuestras decisiones.

El circuito del miedo

Cuando una tragedia irrumpe en un entorno cotidiano, ya sea un atentado terrorista o un accidente ferroviario grave, se desencadena una respuesta biológica que prepara al organismo para afrontar una amenaza.

Los trabajos pioneros de Joseph LeDoux sobre la neurobiología de las emociones permiten comprender cómo determinados estímulos sensoriales asociados a la experiencia traumática, como el chirrido de los frenos, el olor característico del escenario o el espacio cerrado de un vagón, pueden activar circuitos cerebrales relacionados con el miedo antes, incluso, de que seamos conscientes de lo que estamos percibiendo.

En este proceso, interviene especialmente la amígdala, que participa en la detección y valoración de estímulos amenazantes y coordina distintas respuestas fisiológicas a través de sus conexiones con el hipotálamo y otras estructuras cerebrales. Se activa así el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, con la consiguiente liberación de cortisol, mientras que otros sistemas neurobiológicos contribuyen a incrementar el estado de alerta. El organismo se prepara para responder mediante la huida, la lucha o, en determinadas circunstancias, la inmovilización. Se trata de una reacción adaptativa que, sin embargo, podría resultar incapacitante si se mantuviera de forma permanente.

El papel de la resiliencia

La cuestión es cómo conseguimos recuperar la normalidad después de una experiencia de estas características. Una de las respuestas se encuentra en lo que la psicología del aprendizaje y la neurociencia denominan extinción del miedo. Este proceso no implica que la memoria traumática desaparezca, sino que se aprende una nueva asociación que permite reducir la respuesta de temor ante determinados estímulos.

Así, cada nuevo viaje en tren que transcurre sin incidentes puede contribuir a que el cerebro aprenda que ese contexto no implica necesariamente una amenaza. La experiencia repetida de seguridad favorece la adquisición de asociaciones inhibitorias que compiten con las memorias de miedo previamente establecidas.

Por tanto, la resiliencia no debe entenderse como un simple acto de voluntad, sino como un proceso complejo en el que intervienen mecanismos de aprendizaje, regulación emocional y neuroplasticidad.

La heurística del pavor

Sin embargo, la recuperación de la confianza no depende exclusivamente de los mecanismos neurobiológicos. También está condicionada por la forma en que interpretamos los riesgos y calculamos las probabilidades de que vuelva a producirse una tragedia. La mente humana no funciona como una calculadora estadística y, en muchas ocasiones, utiliza atajos cognitivos para tomar decisiones.

Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky describieron la denominada heurística de disponibilidad, según la cual tendemos a estimar la frecuencia o gravedad de un acontecimiento en función de la facilidad con la que podemos recuperar ejemplos de nuestra memoria.

Cuando una catástrofe recibe una amplia cobertura mediática, sus imágenes permanecen especialmente accesibles en nuestra memoria, lo que puede llevarnos a sobreestimar la probabilidad de que vuelva a suceder. A este fenómeno se añade lo que el psicólogo Paul Slovic estudió en relación con la percepción del riesgo y el denominado dread risk, es decir, aquellos peligros que generan un temor especialmente intenso por sus características. No percibimos de la misma manera un riesgo que consideramos familiar y controlable, como conducir un automóvil, que otro en el que sentimos que dependemos completamente de factores externos, como viajar en avión o en tren.

Viajeros que dejan de viajar

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos ofrecen un ejemplo especialmente ilustrativo de esta relación entre percepción del riesgo y comportamiento colectivo. Tras los ataques terroristas, el tráfico aéreo comercial experimentó una caída considerable, mientras que parte de la población optó por utilizar el automóvil para evitar volar. La recuperación de la confianza en el transporte aéreo fue progresiva y estuvo condicionada por las nuevas medidas de seguridad, la evolución de la percepción pública y las circunstancias económicas.

El coste de esta decisión también fue objeto de investigación. Un estudio estimó que, durante los doce meses posteriores a los atentados, aproximadamente 1 500 personas adicionales –en comparación con el año anterior– fallecieron en accidentes de carretera como consecuencia del incremento de los desplazamientos por carretera asociado al temor a volar. El resultado pone de manifiesto una paradoja: en determinadas circunstancias, el miedo a un riesgo poco frecuente puede llevarnos a elegir alternativas que presentan una probabilidad objetiva de daño superior. La emoción, en este caso, termina condicionando una decisión que, desde una perspectiva exclusivamente estadística, podría parecer contradictoria.

La urgencia material: el caso del 11-M en Madrid

El proceso de recuperación del miedo tampoco puede explicarse únicamente desde la psicología individual, puesto que las condiciones sociales y económicas determinan en buena medida las posibilidades reales de evitar una situación temida. Por eso, lo que ocurrió tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid es muy diferente del ejemplo anterior.

El tren de Cercanías de Madrid constituía para miles de personas una herramienta imprescindible de su vida cotidiana. Las líneas que conectaban municipios como Alcalá de Henares y Torrejón de Ardoz con el centro de Madrid –donde ocurrió la tragedia– transportaban diariamente a trabajadores y estudiantes cuya actividad dependía de llegar puntualmente a sus destinos. Para ellos, dejar de utilizar el tren no era una alternativa sencilla.

Apenas cuatro días después de los atentados, el lunes 15 de marzo, Renfe reanudó el servicio en los tramos afectados. La necesidad de desplazarse hizo que los usuarios recuperasen progresivamente sus rutinas.

Esta circunstancia introduce un elemento importante en la interpretación psicológica del fenómeno: la exposición repetida a una situación temida no siempre se produce porque la persona haya superado previamente su miedo. En ocasiones, ocurre precisamente lo contrario: la persona vuelve a enfrentarse a aquello que le genera temor porque las exigencias de su vida cotidiana no le permiten evitarlo. Cada desplazamiento que termina sin incidentes puede contribuir a modificar la percepción de amenaza y favorecer la recuperación de la confianza.

El reverso oscuro: el sesgo de normalidad y la indolencia

Sin embargo, nuestra capacidad de reducir el miedo también puede llevarnos a infravalorar determinados riesgos. Es lo que se conoce como sesgo de normalidad, una tendencia a interpretar que las circunstancias seguirán desarrollándose como lo han hecho habitualmente, incluso, cuando existen indicios de que podría producirse una situación excepcional.

La recuperación de la normalidad constituye una respuesta adaptativa frecuente ante la adversidad. El problema aparece cuando esta recuperación individual se traslada al ámbito colectivo e institucional, sin mantener una adecuada memoria de lo sucedido. A medida que disminuye la angustia ciudadana, también puede reducirse la presión social para exigir explicaciones, revisar los protocolos de seguridad, investigar posibles fallos técnicos o reclamar inversiones en infraestructuras.

Así, no debemos confundir la recuperación psicológica con la desaparición de las responsabilidades. Que los ciudadanos vuelvan a utilizar el tren no significa que las causas de una tragedia hayan quedado resueltas, ni que las instituciones puedan dar por concluida su obligación de investigar, corregir y prevenir.

La memoria colectiva debe cumplir precisamente esa función: conservar las lecciones de lo sucedido incluso cuando el miedo individual ha dejado de ocupar un lugar central en nuestra vida cotidiana.

The Conversation

Juan Moisés de la Serna no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Volveremos a coger trenes como si nada hubiera pasado – https://theconversation.com/volveremos-a-coger-trenes-como-si-nada-hubiera-pasado-295570

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