Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation
El pasado miércoles, a las 8 de la mañana, dos trenes de alta velocidad partieron de la madrileña estación de Atocha con destino a la de Sevilla-Santa Justa, pero nunca llegaron a su destino. La caída de un sistema automático de seguridad, señalización y protección que supervisa la marcha del tren y activa el frenado automático de emergencia provocó que una cadena de órdenes desembocase en un accidente fatal, con decenas de muertos y heridos.
Cuando una tragedia así sacude un país, cuando se rompe la seguridad que damos por sentada en algo tan cotidiano como un viaje en tren a la hora de comenzar una jornada de trabajo, nos quedamos sobrecogidos. Inevitablemente, entran en funcionamiento las neuronas espejo: imaginamos el suceso, la escena, nos metemos en la piel de esos viajeros, de sus padres, sus parejas, sus amigos, sus hijos. Porque cualquiera de nosotros podría haber ido en ese tren. Al espanto, siguen la tristeza, la incertidumbre, indignación, el miedo, la rabia… todas esas emociones que salen del cerebro primitivo, que reacciona sin pensar, ante la sensación de amenaza.
Y, como a río revuelto (de emociones) ganancia de pescadores, empiezan a aparecer los bulos, los políticos que quieren aprovechar el percance a su favor… pero también los humanos solidarios que entienden que la prioridad es aliviar el sufrimiento: los servicios de emergencias, los psicólogos, los amigos, los voluntarios. Ayudarnos entre nosotros siempre ha sido, desde la prehistoria, nuestra mejor baza.
También, claro, se despierta la búsqueda de explicaciones. Queremos saber qué pasó, entenderlo, prevenir que se repita, pedir responsabilidades. Pero antes que nada, necesitamos informarnos, tomarnos un espacio de calma para comprender antes de juzgar.
Quizá no podamos podemos saber, en términos absolutos, si es más peligroso viajar en tren hoy. Pero los datos detrás de las tragedias ferroviarias vividas este año 2026 nos obligan a replantearnos nuestra idea de seguridad.
Por otro lado, cuando una catástrofe recibe una amplia cobertura mediática, sus imágenes se nos quedan grabadas y empezamos a sobreestimar la probabilidad de que vuelva a suceder. Y eso puede jugarnos malas pasadas: por ejemplo, en el año posterior a los atentados del 11 de septiembre en Nueva York –en los que se estrellaron dos aviones–, la gente optaba por viajar en coche en vez de por aire… y murieron 1 500 personas más en viajes por carretera, en comparación con años anteriores.
Eso sí, al final, casi siempre, nuestro instinto de supervivencia –y el sesgo de normalización– nos llevan a retomar nuestra vida. Sin duda, volveremos a coger trenes como si nada hubiera pasado.
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– ref. La selección: cualquiera de nosotros podría haber estado en esos trenes – https://theconversation.com/la-seleccion-cualquiera-de-nosotros-podria-haber-estado-en-esos-trenes-295483
Original source: https://submissions.mil-osi.com/2026/11/04/la-seleccion-cualquiera-de-nosotros-podria-haber-estado-en-esos-trenes-295483/

