Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Torrent-Sellens, Catedrático de Economía, Estudios de Economía y Empresa, UOC – Universitat Oberta de Catalunya
La segunda mitad del siglo XIX fue una mala época para la prosperidad social compartida. Desde tres países distintos (Inglaterra, Austria y Francia) y sin conexión aparente entre ellos, tres economistas: William Stanley Jevons (1835-1882), Carl Menger (1840-1921) y Leon Walras (1834-1910) desarrollaron en esos años el pensamiento marginalista (que busca optimizar el uso de los recursos) y las primeras versiones del Homo economicus, que basa sus decisiones económicas en la racionalidad.
Años más tarde, en 1890, el británico Alfred Marshall(1842-1924), padre de la economía neoclásica, fue capaz de sintetizar esa nueva visión económica en Principios de Economía, el libro más utilizado en las facultades de Economía hasta la aparición, en 1936, de Teoría general, de John M. Keynes (Inglaterra, 1883-1946).
De los clásicos a los neoclásicos
La irrupción de la economía neoclásica acabó con la economía clásica (o economía política), dejando a un lado sus campos de análisis: la actividad económica como resultado de las necesidades del ser humano, los mecanismos de las relaciones de producción (particularmente la propiedad de los medios de producción), la división entre valor de uso y valor de cambio y la distinción entre valor (los recursos involucrados en la producción del bien) y precio (lo que dice el mercado que ese bien vale).
Este cambio supuso una revolución en la forma cómo se interpretan las decisiones económicas y sus efectos. Y, por tanto, en la manera en que se organizan y regulan. Además, desterró a los grandes pensadores neoclásicos: Adam Smith (1723-1790), David Ricardo (1772-1823), Karl Marx (1818-1883), que desarrollaron sus teorías desde Gran Bretaña y Alemania, los dos grandes países industriales de la Europa del siglo XIX.
Valor y bienes
En el modelo neoclásico, el comportamiento económico se explica por las preferencias de los individuos y por la importancia que le dan a la escasez, según el tipo de producto. Así, cuanto más tienen de un bien consumible (alimentos, agua), menos valor le dan. Y al contrario, cuanto más tienen de un bien escaso, más valor le confieren. A partir de allí se construyen la oferta y la demanda que, cuando se cruzan en los mercados, determinan los precios óptimos y el punto de equilibrio económico.
Para que estos parámetros se cumplan, los mercados deben funcionar en condiciones de competencia perfecta y todos sus participantes deben ser optimizadores racionales y bien informados. Es decir, una especie de frankensteines sociales sin emociones ni sensibilidad social, que siempre estén calculando utilidades y productividades.
Intereses capitalistas y burgueses
En honor a aquellos nuevos tiempos, es decir, a los intereses de la Revolución Industrial y las emergentes clases capitalistas y burguesas, la economía neoclásica borró del mapa la teoría del valor, ese instrumento analítico fundamental para la economía clásica, que plantea cómo se genera (producción), cómo se distribuye (compartición) y cómo se reinvierte (repartición de ganancias entre salarios, beneficios y rentas) el valor generado en la actividad económica.
De este modo, establece los límites entre actividades productivas e improductivas y sirve para diferenciar entre la creación de valor (métodos de combinación de recursos para crear riqueza) y la extracción de valor (actividades de producción o circulación de recursos con el objetivo de generar rentas derivadas del poder político o de mercado).
Con la economía funcionando gracias a la influencia de la escasez y las preferencias del Homo economicus, el valor pasó a ser subjetivo y el precio su principal elemento identificativo.
Hoy como ayer
Ha llovido mucho desde entonces, pero la situación actual recuerda a lo acontecido hace un par de siglos. Si a principios del siglo XIX la Revolución Industrial cambió la organización social de la producción, en la actualidad, las dos oleadas digitales y sus dos economías derivadas (la economía de la información y el conocimiento, y la economía de los datos y tareas masivos) no han sido capaces de crear bienestar y progreso social generalizados.
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Basta echar un vistazo a los indicadores de polarización o desigualdad de ingresos o riqueza para confirmar que en esta época digital la situación ha empeorado. Y que la economía neoclásica ha aportado múltiples explicaciones y argumentos para justificar este empeoramiento (por ejemplo, cuando afirma que la regulación del mercado de trabajo entorpece su buen funcionamiento), pero también ha sido capaz de asimilar otras visiones del comportamiento económico.
La última, la importancia de las instituciones y sus propiedades inclusivas y redistributivas, concediendo el Premio Nobel de Economía en 2024 a los investigadores Daron Acemoglu, James Robinson y Simon Johnson.
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Vuelta a la semilla
Para que la economía recupere su propósito social, que en esta época digital significa buscar el modo de repartir mejor los beneficios de la digitalización, debería volver a ser todo lo plural e interdisciplinaria que fue en sus inicios.
Científicamente, la economía debe superar al Homo economicus y hermanarse de nuevo con las otras ciencias sociales, humanísticas y jurídicas, pero también con las ciencias experimentales y ambientales. Crear una nueva teoría del valor, digital y sostenible, sería un gran paso adelante.
Este cambio implica replantearse incentivos e impuestos, revertir el poder de monopolio de las grandes empresas superstars digitales (Google, Amazon, Facebook, Apple, etc.) y recuperar el valor público como fuente imprescindible de bienestar individual y social compartido.
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Joan Torrent-Sellens no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Un pensamiento económico diverso y plural para repartir mejor los beneficios de la digitalización – https://theconversation.com/un-pensamiento-economico-diverso-y-plural-para-repartir-mejor-los-beneficios-de-la-digitalizacion-242188

