Source: The Conversation – (in Spanish) – By Susana Al-Halabí, Profesora Titular de Universidad, Psicología, Universidad de Oviedo
Las redes sociales están inundadas de “charlas”, “talleres” o “guías” para centros escolares en los que el término “prevención” se utiliza indiscriminadamente y sin mayor evidencia que la autoproclamada por el profesional en sus propias diapositivas. Y esto ocurre para la conducta suicida, el uso de sustancias, la violencia sexual, el acoso escolar, la educación afectivo sexual, el mindfulness, etc.
La pseudodivulgación psicológica en medios y redes lo invade todo, brotando en cada pantalla de los smartphones de una generación que desconoce que el teléfono nació con el “descabellado” propósito de hablar con otra persona. Y en la de adultos hiperpreocupados por una hiperpsicologización de cualquier malestar, hiperatendiendo e hiperreforzando de manera diferencial ciertas conductas de hiperatención a uno mismo. “El ojo que se ve a sí mismo está enfermo” decía Víctor Frankl. Poco más que añadir.
Asistimos a tiempos extraños en los que el paisaje es particularmente complejo y paradójico, pues nunca la salud mental infanto-juvenil fue tan frágil ni, a su vez, estuvo tan presente la sensibilización sobre su cuidado en los países occidentales.
Salud mental en contextos educativos
UNICEF ha determinado que las intervenciones psicológicas escolares son rentables. El contexto escolar constituye un entorno idóneo donde implementar actuaciones con apoyo empírico para la promoción del bienestar psicológico y, en concreto, para la prevención de las dificultades psicológicas.
Sin embargo, en España, este tipo de intervenciones se caracterizan principalmente por buenas intenciones y pocos criterios científicos y de calidad.
Se salvan un puñado de programas de prevención que han publicado su registro en las bases de datos de ensayos clínicos, que cuentan con modelos teóricos, pautas CONSORT y, sobre todo, con apoyo empírico avalado por la comparación con un grupo control y por la publicación de sus resultados en revistas indexadas con revisión por pares.
El propósito de una evaluación de resultados es analizar hasta qué punto se han modificado los comportamientos de las personas que recibieron la intervención en comparación con las que no la recibieron. A largo plazo, el objetivo es reducir un problema concreto (por ejemplo, el uso de sustancias o los intentos de suicidio en una población determinada).
Se trata, por tanto, de obtener evidencias de validez y datos rigurosos alejados de una mera impresión personal del profesional o de la satisfacción con la sesión recibida.
La clave es el término “programa de prevención”, pues, stricto sensu, algo es preventivo en la medida en que ha demostrado la consecución de tales objetivos.
Constituye un asunto cardinal conocer los fundamentos de la ciencia de la prevención y los estándares internacionales de calidad. Para hablar de “programa” se requiere un trabajo multidisciplinar, sistemático y de excelencia en diversas etapas, incluyendo, diseños robustos de investigación y aspectos éticos.
Y, sobre todo, la prevención psicológica solo ha de brindarse cuando sea necesario, sin contemplar el “por si acaso”. Por eso, una fase inexcusable de los estándares de calidad es la evaluación de necesidades. Las intervenciones psicológicas no son soluciones homeopáticas basadas en principios previos a Louis Pasteur.
¿Las actividades externas que entran en las aulas han sido elaboradas según dichos criterios?
Malas prácticas en prevención
La Administración pública debe aunar su criterio para tomar de decisiones con el de investigadores y académicos que promulgan, en toda Europa, enfoques basados en la innovación y la ciencia, incluyendo urgentemente la interrupción de enfoques populares pero ineficaces, cuando no dañinos.
Quizás el campo de las adicciones consigue esquivar a duras penas este panorama, pues contamos con un portal de buenas prácticas y con una tradición más sólida de investigación
que ha determinado que muchas iniciativas populares no solo no son eficaces, sino que pueden incrementar el problema.
Tome nota de tales prácticas ineficaces o dañinas: aumentar el conocimiento del alumnado proporcionando información detallada (e inapropiada para su edad) sobre ciertos aspectos de los problemas que se pretenden prevenir; recibir visitas de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado con tácticas de miedo y anécdotas; brindar los testimonios de personas que hayan atravesado problemas similares; centrarse únicamente en la construcción de la autoestima; utilizar debates no estructurados; confiar en la intuición del profesorado; desarrollar actividades dirigidas por los iguales, y repartir pósteres o folletos.
Sin embargo, asistimos a prácticas habituales en las que aulas y salones de actos reciben a profesionales variopintos cargados de buenas intenciones, pero dirigiéndose sin pudor a personas en diferentes etapas evolutivas y con necesidades diversas.
Acuden manejando conceptualizaciones dispares de un mismo fenómeno, simplifican las causas de problemas complejos y ofrecen información irrelevante o contraproducente, sin formación teórica, metodológica o ética, y con una clamorosa ausencia de evaluación de los resultados a corto y largo plazo de la pretendida “charla” o “taller”.
En el mejor de los casos, ya se lo adelantamos, no tendrán el más mínimo impacto. En el peor, algunos contenidos pueden causar daño iatrogénico (incrementar el malestar por efecto de la propia intervención).
Desde el lado de la ciencia de la prevención queremos poner de relieve la necesidad de tomar decisiones informadas, entendiendo que el centro escolar debe ser un espacio seguro, inclusivo y de atención a la diversidad. Conscientes de la dificultad de tal empresa, es de justicia mencionar la extraordinaria colaboración que muchos equipos directivos y profesionales bien formados mantienen con la investigación, así como su elevado compromiso con la ciencia y el servicio público.
¿De qué hablamos cuando hablamos de prevención?
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la prevención de los problemas psicológicos consiste en reducir su incidencia, prevalencia o condición de riesgo y su impacto en la persona, la familia y la sociedad. Implica la movilización de recursos individuales y contextuales, y la toma de decisiones políticas ancladas en la evidencia científica.
Se trata de una disciplina complementaria a la promoción que consiste, precisamente, en promover la salud por medio del incremento del bienestar, la competencia, la resiliencia psicológica y la creación de entornos y condiciones que la favorezcan.
La European Society for Research Prevention destaca el carácter preeminente de la conducta como factor común y subraya la importancia de los factores de riesgo y protección conductuales como elementos importantes.
La relevancia del profesional de la psicología específicamente formado en prevención resulta, pues, indiscutible en el contexto educativo.
Qué funciona, para quién, en qué circunstancias y cómo
Es necesario y eficiente disponer de programas que permitan preparar a los niños para el camino, y no el camino para los niños, mediante el aprendizaje de habilidades y competencias concretas. Un sendero particularmente intrincado por el desafío que suponen las redes sociales y la presión irrespirable por ser diferente.
En definitiva, necesitamos investigación que revele qué funciona, para quién, en qué circunstancias y cómo, pues los factores contextuales son determinantes en los entornos educativos.
De no ser así, los beneficios potenciales de las intervenciones preventivas escolares pueden ser también sus debilidades. Esto es particularmente importante para los enfoques universales, en los que todo el alumnado está expuesto al mismo contenido. Algunos adolescentes pueden aprender estrategias irrelevantes para ellos o, lo que es peor, que aumenten su malestar. Este resultado, incluso, puede quedar enmascarado cuando se promedian los resultados.
Ese tipo de intervenciones basadas en las buenas intenciones pueden alentar, de forma inadvertida y errónea, a los adolescentes a atender y debatir sobre pensamientos y emociones supuestamente “negativas”, olvidando que las emociones son, ante todo, funcionales, adaptativas y operantes, como cualquier otra conducta.
Igualmente, se enseña a rotular ciertas emociones con “etiquetas psicológicas”, lo que puede conducir a cambios en el autoconcepto (por ejemplo, “tengo ansiedad”) y el comportamiento (por ejemplo, evitación) que, en última instancia, aumentan la angustia.
Además, los adolescentes son especialmente susceptibles a la influencia de sus compañeros. Precisamente, las intervenciones en las escuelas suelen realizarse en grupo. Esto puede facilitar que algunos influyan sobre el estado de ánimo de los demás o aprendan comportamientos problemáticos (deviancy training).
Por lo tanto, este tipo de actividades en entornos grupales, algo muy habitual en los centros educativos, podría conducir a un aumento de las experiencias de malestar.
Prevenir no es un juego de niños
¿Se está contribuyendo con estas prácticas voluntaristas a la actual y complejísima crisis de salud mental infanto-juvenil?
El panorama no es sencillo. Pero no se puede continuar bajo la suposición generalizada de que cualquier actividad escolar es beneficiosa solo por el mero hecho de que los adultos que acuden al aula así lo consideren. Esto es particularmente relevante en una época en la que el lenguaje clínico lo ha invadido todo.
Un punto de partida inexcusable sería contar con intervenciones escolares realizadas con rigor científico. Necesitamos que todos –Administración pública, profesionales, investigadores y académicos de la psicología, centros escolares, familias, profesorado, medios de comunicación y sociedad civil– rememos en la misma dirección, pues a todos nos corresponde responsabilizarnos.
La calidad de vida del capital futuro de nuestra sociedad está en juego. Y no es un juego de niños.
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Susana Al-Halabí recibe fondos de la Beca Leonardo de Investigación Científica y Creación Cultural 2024 de la Fundación BBVA.
Eduardo Fonseca Pedrero recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España, la Agencia Estatal de Investigación y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (Proyecto “PID2021-127301OB-I00” financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033 FEDER, UE)
– ref. Lo primero es no hacer daño: la máxima olvidada en la prevención escolar de los problemas psicológicos – https://theconversation.com/lo-primero-es-no-hacer-dano-la-maxima-olvidada-en-la-prevencion-escolar-de-los-problemas-psicologicos-247367

