Source: The Conversation – (in Spanish) – By Matilde Fernandez (CaI), Científica Titular en astrofísica, Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC)
Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com
Pregunta formulada por Álvaro Jesús, de 14 años. IES Amor de Dios (Cádiz)
Las estrellas se forman a partir del gas que todavía queda, vagando, por la Galaxia (en mayúsculas porque es nuestra galaxia, la Vía Láctea) y con los restos que estrellas más viejas lanzan al exterior en las últimas etapas de su vida.
Esta materia se suele terminar aglutinando en pequeñas partículas que se parecen al polvo que puede haber en nuestras casas. Y, de hecho, se llama así, “polvo”, pero para distinguirlo del de casa lo denominamos polvo interestelar.
Donde se junta la materia
Resumiendo: las estrellas se forman a partir del gas y el polvo que hay en la Vía Láctea (y en el resto de galaxias del universo).
Si este gas y polvo esta muy desparramado, va a ser muy difícil que por sí mismo se junte, pero la Galaxia da vueltas. Es decir, las estrellas y el gas y polvo que la forman giran en torno al centro, como lo hace un plato en torno a un eje perpendicular al mismo que pasa por su centro, igual que un frisbee en la playa.
Aunque ese giro es bastante ordenado, no faltan zonas, aquí y allá, en las que se acumulan más estrellas (los brazos de la Galaxia) y donde también se amontonan el gas y el polvo. Cuando se acumula bastante somos capaces incluso de verlo.
Por su forma y color, estas concentraciones se parecen a nuestras nubes, blanquecinas, por lo que se les llama nubes de gas y polvo o nebulosas.

NASA, ESA, CSA y STScI
Aquí ya sí que hay suficiente materia como para formar algunas estrellas. Sí, porque estas no nacen sueltas (bueno, habrá alguna excepción): se forman en grupos, al mismo tiempo, en la misma nube de gas y polvo.
El proceso se inicia de forma muy lenta, porque estas nubes pueden durar como tales millones y millones de años, pero tarde o temprano aparece una zona que empieza a atraer materia de los alrededores y que poco a poco va “engordando”. Si esa parte de la nebulosa es muy densa y tiene mucho polvo y gas disponibles, acabará formando una estrella más grande; si hay menos materia, surgirá una más pequeña.
Los primeros puntos brillantes
Conforme la materia se junta, va aumentando su densidad y el calor generado en la compresión empieza a irradiarse al exterior. Así, pasados unos pocos millones de años somos capaces de ver puntos brillantes en la nube de gas y polvo. Son las futuras estrellas. Les queda aún mucho camino por recorrer, pero ya son visibles.
Esta fuente de energía no es la que iluminará los astros ya formados, porque para las escalas de tiempo de las estrellas, la energía generada por la compresión dura muy poco. Pero sí que sirve para ir calentando la protoestrella por dentro, subiendo y subiendo su temperatura hasta que otra fuente de energía, la que se genera cuando las partículas subatómicas (protones) interactúan, empieza a jugar su papel.
El proceso se parece a una carrera de relevos en la que un corredor (la primera fuente de energía) avanza lo más rápido que puede hasta pasarle el relevo a otro atleta que va a ser capaz de correr mucho más rato.
Una infancia que dura muchos millones de años
El hecho de que esta segunda fuente de energía, llamada energía nuclear, vaya desempeñando un papel cada vez más importante no significa que se haya formado ya la estrella. Vuelven a hacer falta muchos millones de años para que la contracción le acabe de pasar el relevo completamente a la energía nuclear. Para una estrella como el Sol, esto ocurre a los 30 millones de años.
Para hacernos una idea, comparemos con nuestra propia especie (Homo sapiens sapiens): se piensa que los primeros homínidos bípedos aparecieron hace unos 6 o 7 millones de años. Fue una evolución que requirió más o menos el 20 % de tiempo que tarda en formarse una estrella como la nuestra.
Ese Sol con 30 millones de años era un poco distinto del actual: giraba más rápido, las manchas frías que –igual que ahora– cubrían a veces su superficie, eran más grandes y las fulguraciones que ahora nos parecen tan espectaculares, lo eran entonces todavía más.
Sin embargo, el paso del tiempo conllevó un paulatino frenado y una reducción de toda esa actividad solar hasta desembocar, unos cientos de millones de años después, en un Sol más tranquilo y más apropiado para la vida que, en breve, empezaría a desarrollarse en uno de los planetas que ya orbitaban a su alrededor.

El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.
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Matilde Fernandez (CaI) no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Cómo nace una estrella? – https://theconversation.com/como-nace-una-estrella-252822
