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Las actitudes sociales están impulsando la transformación de la movilidad en Europa, no la tecnología

Las actitudes sociales están impulsando la transformación de la movilidad en Europa, no la tecnología

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Turienzo, Lecturer in Business organization and marketing, Universidade de Santiago de Compostela

MNStudio/Shutterstock

La movilidad está evolucionando rápidamente, especialmente en Europa, y esta transformación no solo se refleja en los tipos de vehículos que se utilizan, sino también en los propios ciudadanos. Las motivaciones, las preferencias y los valores sociales están cambiando rápidamente.

Innovaciones como los coches eléctricos y autónomos prometen hacer el transporte más sostenible, eficiente y limpio. Como resultado, las políticas públicas y el discurso se centran ahora en orientar y preparar a la sociedad para esta nueva generación de vehículos.

Sin embargo, en los últimos años también se ha producido un crecimiento exponencial de los servicios de transporte compartido, como Uber y Cabify, así como de las aplicaciones de alquiler de bicicletas eléctricas, patinetes y ciclomotores, como Lime, conocidos colectivamente como MaaS (siglas inglesas de movilidad como un servicio). Esto ha revelado algo inesperado: hoy en día, a la gente le preocupa menos el tipo de vehículo en el que viaja y más su utilidad. Para muchos de nosotros, lo más importante es simplemente llegar a nuestro destino, más que la imagen que proyectamos mientras lo hacemos.

Más que la tecnología, la movilidad siempre ha estado regida por las tendencias sociales y las normas culturales que evolucionan con el tiempo. Por lo tanto, la revolución actual del transporte ya no depende únicamente de un grupo de ingenieros, sino de comprender las verdaderas necesidades de los usuarios.

Superando el “pico del automóvil”

Aunque el cambio ha sido gradual, no hay duda de que los jóvenes europeos de hoy en día ya no se sienten representados por poseer o utilizar un tipo de vehículo concreto. Los datos muestran que estamos superando lo que se conoce como el “fenómeno del pico del automóvil”, y las estadísticas de las últimas décadas revelan una fuerte caída en el número de personas que obtienen el permiso de conducir.

Después de la vivienda y la alimentación, el transporte suele ser el tercer gasto más importante de los hogares, lo que convierte el uso del coche en una fuente constante de preguntas, especialmente para los jóvenes: ¿por qué comprar un coche si se puede alquilar? ¿Por qué no utilizar Uber, Cabify o un taxi? Si no se tiene intención de comprar un coche (o no se puede permitir), ¿por qué molestarse en sacarse el carné de conducir?

Cada vez más, las consideraciones prácticas o personales –como los valores, las circunstancias personales, la conciencia medioambiental, la sensación de libertad, la edad, los ingresos o la ubicación geográfica– prevalecen sobre la posesión de un tipo de vehículo concreto.

Históricamente, la investigación relacionada con la movilidad se ha centrado en los vehículos (cómo hacerlos más limpios, más inteligentes, más automatizados) sin prestar mucha atención a las personas que los utilizan. Sin embargo, la disminución de las ventas de vehículos y el auge de nuevas opciones de transporte están situando las necesidades y preferencias de las personas en el centro del debate.

Uno de los ejemplos más claros de este cambio es la percepción de los coches particulares. Mientras que las generaciones anteriores soñaban con tener un coche, entre otras cosas porque simbolizaba el estatus, la libertad y la edad adulta, los jóvenes de hoy en día suelen considerarlo un gasto innecesario, o incluso una carga para el medio ambiente. Fenómenos como el “pico del coche” y el crecimiento del MaaS demuestran que el valor que se concede a la propiedad y el uso del coche ha llegado a su límite.

Sin embargo, hay que reconocer que para muchas personas que viven fuera del alcance del transporte público y el MaaS, como en las zonas rurales o suburbanas, el coche privado sigue siendo esencial. Lo mismo puede decirse de las familias con niños pequeños o con familiares mayores o discapacitados.

Desconfianza y dilemas éticos

Los datos de las investigaciones muestran que la evolución tecnológica no siempre es aceptada socialmente. En el caso de los vehículos eléctricos, muchas personas siguen desconfiando de su autonomía y, a pesar de sus reconocidos beneficios medioambientales, su coste sigue siendo demasiado elevado para muchos, especialmente para los jóvenes. También existen serias dudas sobre la disponibilidad de estaciones de recarga. Como resultado, la conciencia medioambiental suele quedar relegada a un segundo plano frente al pragmatismo.




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Los vehículos autónomos también plantean cuestiones éticas. ¿Quién es responsable en caso de accidente? ¿Cómo se toman las decisiones en situaciones de emergencia? ¿A quién intentará salvar el vehículo si el accidente es inevitable? Este dilema ético, estrechamente relacionado con el famoso experimento del problema del tranvía, exige que se establezca una norma por la que los vehículos autónomos estén programados para salvar el mayor número posible de vidas humanas.

Además, no existe una legislación unificada para los vehículos autónomos en todos los países europeos. ¿Por qué iba un consumidor a comprar un coche autónomo si es posible que ni siquiera se le permita utilizarlo?




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También existe una creciente preocupación por la privacidad. Para utilizar un vehículo autónomo, hay que indicarle dónde se va. Esto plantea serias dudas sobre quién tiene acceso a esa información. ¿Es solo el vehículo, o también podrían ser tus padres o tu pareja?

A todo esto se suma la creciente popularidad de los patinetes y bicicletas eléctricas entre los jóvenes (y no tan jóvenes). El atractivo es evidente: son rápidos, asequibles, pueden circular tanto por carreteras como por zonas peatonales y no necesitan plaza de aparcamiento. También se pueden llevar en trenes o autobuses, una forma de transporte conocida como multimodalidad.

Evidentemente, no será solo el MaaS lo que sustituya a los coches privados. La transformación de la movilidad requerirá un equilibrio entre la tecnología y las realidades sociales. Ninguna solución tendrá éxito si la gente no confía en ella, ni tampoco si excluye a gran parte de la población –jóvenes o mayores, urbanos o rurales, personas solas o familias– o si no satisface sus diversas necesidades.




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Las personas en el centro de la movilidad del mañana

La forma en que nos desplazamos en Europa no solo está cambiando debido a la tecnología, sino también a nuestra forma de pensar. Para que los sistemas de transporte del futuro funcionen, debemos comprender cómo diferentes personas ven, utilizan y se adaptan a estas nuevas formas de desplazarse.

Esto significa que los gobiernos, las empresas y los agentes de innovación deben trabajar juntos. No basta con que el transporte sea rápido o respetuoso con el medio ambiente, también debe ser accesible y asequible para todos, teniendo en cuenta las necesidades específicas de cada sector de la sociedad. Esto significa que la tecnología no puede estar desconectada de la vida real. Debemos enseñar a las personas a utilizar las herramientas digitales, garantizar que todos tengan acceso a los nuevos servicios y diseñar sistemas que se adapten al modo de vida real de las personas.

Solo poniendo a las personas en el centro de estos cambios podrá Europa beneficiarse plenamente de la revolución de la movilidad que ya está en marcha.

The Conversation

Javier Turienzo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las actitudes sociales están impulsando la transformación de la movilidad en Europa, no la tecnología – https://theconversation.com/las-actitudes-sociales-estan-impulsando-la-transformacion-de-la-movilidad-en-europa-no-la-tecnologia-255324

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