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Epicuro y el placer de lo imperturbable

Epicuro y el placer de lo imperturbable

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Santiago Iñiguez de Onzoño, Presidente IE University, IE University

Estatua de Epicúreo en la Universidad de Göttingen (Alemania). Wikimedia Commons, CC BY

Hay tiempos y lugares que son epicentros para la transformación del conocimiento. Aunque el ingrediente fundamental de las revoluciones intelectuales son las personas, la concentración de sabios en un entorno de libertad de pensamiento y expresión puede generar auténticos vuelcos culturales.

Las escuelas filosóficas

Uno de esos periodos se dio en la Atenas del siglo IV a. e. c., en plena efervescencia filosófica griega. Sócrates, Platón y Aristóteles, entre otros, habían dejado una impronta indeleble, imperecedera para la historia del pensamiento posterior, y muy tangible entonces en la vida de la ciudad.

La Academia de Platón, en el noroeste de la polis, era uno de los núcleos educativos más influyentes, donde las ideas de su promotor se desarrollaban y difundían. El Liceo, creado por Aristóteles, ocupaba un espacio cuyas ruinas aún se pueden visitar en los jardines posteriores del actual parlamento griego. La escuela estoica, cuyos miembros participaban activamente en la vida pública ateniense, se ubicaba cerca del ágora, la zona comercial, próxima a la Acrópolis. Otra escuela de nueva creación en ese siglo, “El Jardín”, abierto por Epicuro, se inauguró en el camino hacia el puerto del Pireo, en las afueras de la ciudad.

Entre todos estos centros de pensamiento existía una rivalidad intelectual que se manifiesta en las obras publicadas por sus miembros, cargadas de apologías e invectivas. Atenas vivía una intensa actividad intelectual que sigue influyendo en la manera actual de pensar, de responder a cuestiones vitales y de concebir el mundo.

El jardín de Epicuro

En ese formidable ecosistema intelectual, el jardín de Epicuro se convirtió rápidamente en foco de influencia y atracción de pensadores. Su fundador describía a los maestros como “médicos de la felicidad”, y confesaba que se había dedicado a la filosofía por su decepción con los profesores que tuvo en la infancia.

En su escuela tuvo oportunidad de desarrollar el modelo educativo en el que creía. La ubicación, en las afueras, en un campo con huerta, tenía como objetivo exponer a los estudiantes a la naturaleza, amplificar su percepción sensorial. Para Epicuro, todo el conocimiento proviene de los sentidos y el universo es fundamentalmente material, al contrario que en el mundo de las ideas defendido por los platónicos.

El profesorado se distribuía en distintas categorías, según su experiencia y función, una clasificación que no tendría nada que envidiar a la tipología de profesores universitarios contemporánea. Además, Epicuro pensaba que existían tres tipos de estudiantes:

  1. Los alumnos autodidactas, con iniciativa e inquietudes individuales y que podían aprender por sí mismos.

  2. Los alumnos que necesitaban guías para el aprendizaje pero que respondían proactivamente a la enseñanza.

  3. Los alumnos renuentes y reactivos, que requerían de coacción para aprender.

Curiosamente, en la última categoría de alumnos se encontraba Hermarco de Mitilene que, con el tiempo, se convertiría en su discípulo más leal, activo pensador epicureísta y su sucesor al frente de la escuela. Una prueba de que los hijos o pupilos que más cuesta educar se pueden convertir en predilectos. Y también de que la educación puede cambiar hasta a los más renuentes.

Placer imperturbable

La mayoría de la gente asocia el epicureísmo con el placer, que a su vez se identifica con los excesos. En un entorno consumista, placer es sinónimo goce físico, molicie, sensualidad e incluso de éxtasis (del tipo que sea). Por tanto, no es tan frecuente afiliar las ideas de placer y disfrute intelectual.

Sin embargo, lo que realmente propugnaba Epicuro era el placer como ataraxia, como imperturbabilidad o serenidad. Su propuesta era buscar dicho placer, especialmente el intelectual, y evitar el dolor. Para ello desarrolló una taxonomía, distinguiendo entre cuatro tipos de goce:

  1. El placer físico activo. Por ejemplo, comer.

  2. El placer físico estático. Por ejemplo, no tener hambre.

  3. El placer mental activo, como mantener una conversación interesante con los amigos.

  4. El placer mental estático, que se manifiesta en no perturbarse por nada.

Según el filósofo, de todos estos placeres el más genuino y preferible es el último porque procura la felicidad mientras que los demás son pasajeros.

Epicuro pensaba que determinados placeres, como el abuso de la comida o la bebida, solo generaban resultados contraproducentes. También era crítico con la acumulación de bienes y el amasamiento de riquezas, y postulaba tener solo los bienes necesarios para vivir cómoda pero no lujosamente.

Una diferencia de matices

Desde esa perspectiva, el epicureísmo no es tan distinto del estoicismo, que propone el desprendimiento de los bienes materiales y la práctica de la virtud como camino para alcanzar la felicidad.

Quizás la contraposición entre epicureísmo y estoicismo haya sido resultado de versiones e interpretaciones o incluso del uso pedagógico de la oposición de ideas, la diferenciación y categorización. Aprendemos asociando sinónimos y distinguiéndolos de sus antónimos. Definir un concepto y su contrario permite delimitar mejor su significado, aunque la realidad sea mucho más difusa.

La oposición entre epicúreos y estoicos también pudo ser propiciada por el entorno académico de la Atenas clásica. Al existir varias escuelas, se buscaría la diferenciación para atraer alumnos y profesores.

Miedos sin sentido

Epicuro consideraba que, aunque la mayor preocupación de la gente es el miedo a morir, ese temor no tiene sentido porque, después de fallecer, los cuerpos perecen y no hay dolor, ya que no hay existencia. Sucede algo parecido con el origen: tampoco hay conciencia de haber vivido o de haber sentido placer o dolor antes de nacer. Con estas ideas Epicuro negaba la inmortalidad del alma. Por tanto, también rechazaba que, en función del comportamiento durante la vida, se adjudicaran castigos o premios tras la muerte. Además, consideraba que los dioses del Olimpo estaban demasiado ocupados para interesarse por los humanos, y que era preferible no entretenerse con oraciones o sacrificios.

Para Epicuro, si se asume la idea de que la muerte es un corte limpio, y por tanto no hay que preocuparse de lo qué vendrá después, entonces desaparece la preocupación fundamental y el individuo puede centrarse en buscar la imperturbabilidad.

Siguiendo este planteamiento, tampoco habría que obsesionarse con vivir más tiempo: la duración no añade más valor a la existencia porque lo importante es buscar el equilibrio en el presente.

Se puede considerar que Epicuro es el precursor del carpe diem –la idea de que hay que vivir intensamente el presente y no preocuparse por el mañana–, propuesta luego por el poeta latino Horacio.

Epicuro cuestionado

Los censores de Epicuro centran sus críticas en su materialismo, en la negación de la inmortalidad del alma, de un orden sobrenatural y de dios. Su doctrina y obras han encontrado la repulsa de diversas religiones, y Dante le sitúa en el sexto círculo de su Infierno.

El filósofo contemporáneo Mauro Bonazzi explica que uno de los grandes atractivos de Epicuro es su llaneza, su frescura y el estilo directo al abordar las ideas.

Sin embargo, también cuestiona su enfoque concentrado en el presente: “La tesis de Epicuro es coherente pero aceptarla tiene un precio muy alto. Al renunciar al tiempo renunciamos a nuestros proyectos, a nuestras aspiraciones, a las esperanzas que forman el entramado de nuestro día a día. Al final, el resultado es la reducción al mínimo de cualquier compromiso, y esta no es una opción deseable”.

La cara y la cruz

En su libro Una pena en observación, escrito tras la muerte de su esposa, el escritor británico C. S. Lewis explica la idea de que el dolor y la alegría son la cara y cruz de una misma moneda, y que es difícil vivir un sentimiento si no se ha experimentado el otro.

Quizás Epicuro estuviera de acuerdo con una versión modulada de su doctrina; no la de evitar el dolor o el sufrimiento a ultranza, algo virtualmente imposible, pero al menos reducir su impacto en nuestro ánimo. La virtud de la resiliencia es posiblemente el remedio.


Una versión de este artículo se publicó en LinkedIn.

The Conversation

Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Epicuro y el placer de lo imperturbable – https://theconversation.com/epicuro-y-el-placer-de-lo-imperturbable-257441

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