Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología

No es lo mismo que nos sorprenda un apagón masivo en un ascensor o en un avión, que encontrarnos en casa tranquilos, con nuestra familia. En el primer caso, nos sirve de recordatorio de nuestra tremenda fragilidad digital, no solo en cuanto a lo mucho que la economía depende de la electricidad, sino en lo más cotidiano: ¿cómo gestionar no tener forma de llegar a la guardería para recoger a un hijo, por ejemplo, ni manera de llamar para avisar?
El segundo escenario, sin embargo, puede llegar a producirnos un cierto gustito, una inesperada satisfacción cuando, tras el desconcierto inicial, nos hacemos a la idea de que, si no hay luz para enchufar el ordenador, si no funciona la cobertura de internet, no nos queda otra que… relajarnos y disfrutar. Los placeres de la desconexión digital nos descubren, sobre todo, lo bien que nos sienta relacionarnos con nuestros congéneres. No solo con seres queridos: incluso hablar con un extraño en la cola del supermercado ayuda a calmar la ansiedad en situaciones de estrés. No hay duda, socializar nos salva en tiempos crisis.
Y es que, en un mundo donde la tecnología es la eterna protagonista, a veces olvidamos que esta tecnología no sería nada sin los humanos que la creamos, la sostenemos y la alimentamos. La inteligencia artificial y esos chatgepetés que tan populares se ha hecho en los últimos tiempos son posibles gracias no solo a sus programadores sino, sobre todo, gracias a una ingente cantidad de material para su entrenamiento. Material creado por personas. Es lo que ocurre, por ejemplo, con los voluntarios que producen contenido de licencia libre para la Wikipedia, que luego es explotado por los sistemas de artificial para mejorar sus “dotes” de conversación. Y para traer más beneficios a las compañías privadas que los desarrollan.
Aunque los defensores de la licencia Creative Commons lo consideran un abuso, por otro lado, siempre será mejor que la inteligencia artificial beba de fuentes fiables a que lo haga de la superpoblación de basura en internet. ¿Cuántos vídeos absurdos y cutres alberga TikTok? Se nos pudriría el cerebro si los viéramos todos, como invita a reflexionar la moda Brainrot que se ha hecho viral en los últimos meses. Tanta hiperactividad online, sin embargo, no siempre va acompañada de conocimientos sólidos sobre cómo funciona la tecnología: los nativos digitales no tienen competencias digitales, y preguntas como “¿Dónde se ha guardado el archivo que acabo de descargar?” se han vuelto cada vez más comunes en el aula.
Paciencia, y sigamos todos aprendiendo.
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– ref. La selección: el gustito de la desconexión digital – https://theconversation.com/la-seleccion-el-gustito-de-la-desconexion-digital-256386
