Source: People’s Republic of China – State Council News in Spanish
China Hoy | 28. 01. 2026
El Foro Económico Mundial de Davos suele marcar rumbo. Ese rol terminó el 20 de enero de 2026 cuando, en vez de ruta, subrayó el desconcierto internacional. Pero su principal protagonista no fue Trump, aunque sus exabruptos siguieran llenando titulares. La esencia del realismo geopolítico del momento actual se manifestó en el discurso desencarnado de Mark Carney, primer ministro de Canadá.
No había terminado de secarse la tinta del recién estrenado documento de Estrategia Nacional de Seguridad (ENS) de los Estados Unidos, cuando ya una flota norteamericana rodeaba las costas de Venezuela. Y los primeros días de enero fueron apenas prolegómenos de una crónica anunciada en la reedición trumpiana de la doctrina Monroe.
La versión original de la doctrina Monroe fue enunciada el 2 de diciembre de 1823, por James Monroe en su elocución presidencial al Congreso. Era una encrucijada geopolítica, cuando en el contexto de la Santa Alianza europea, al final de las guerras napoleónicas, hubo la percepción del trance que representaría para Estados Unidos la ambición europea de recuperar sus colonias americanas. Frente a ese potencial peligro, Monroe respondió con una advertencia preventiva contra cualquier intervención europea en los países americanos, diciendo que sería vista como un acto hostil hacia Estados Unidos.
Otro aspecto poco conocido es que, previo a la independencia de los países latinoamericanos, Monroe había considerado peligrosa para Estados Unidos la unificación de la Hispanoamérica poscolonial, como lo auspiciaban Miranda y Bolívar. Jefferson había advertido contra la conformación de una gran potencia en el Sur como potencial rival comercial y territorial.
De ahí las dos caras de la doctrina Monroe, una excluye a las potencias foráneas de la región y otra afirma los intereses nacionales de dominio continental de Estados Unidos, favoreciendo repúblicas pequeñas y fragmentadas, fáciles de influenciar o de anexar.
A 200 años de distancia, el mundo es completamente otro. A partir de 1823, Estados Unidos gozó de dos siglos de avance ininterrumpido y, desde 1990, ha ejercido hegemonía geopolítica mundial durante más de 30 años. Ese fue el pico del ascenso de su poderío mundial.
Pero también ese llamado momento unipolar quedó atrás. Despilfarró su poderío en numerosas guerras de elección que no respondían a amenazas existenciales y que fue sistemáticamente abandonando sin alcanzar los objetivos declarados. Así fue como después de alcanzar el ápice de su poder, se encuentra envuelto, ahora, en agudas divisiones internas, agravada crisis fiscal y desconcierto político generalizado, mientras contempla con resquemor el ascenso económico de China y su cada vez mayor influencia en la zona advertida por Monroe como su zona de dominio: los países latinoamericanos, su patio trasero.
En ese contexto, se despierta, de nuevo, una recelosa sensación de amenaza extracontinental. La doctrina Monroe 2.0 es la respuesta de un Estados Unidos ya en declive, que pretende defenderse replegándose a su zona histórica de dominio.
Habría que desentrañar todos los elementos de la profunda crisis existencial de Estados Unidos, para aquilatar el anacronismo del intento de resucitar una visión de mundo que ya no corresponde a sus propias capacidades. De hecho, la doctrina de Seguridad de Estados Unidos expresamente plantea el corolario Trump de la doctrina Monroe como un retroceso necesario, dadas las limitaciones de su poderío.
Se trata de un movimiento defensivo, basado en la constatación de haber sobredimensionado sus fuerzas, extendidas en más de 800 bases militares en todo el mundo, en un ejercicio universal de control geopolítico que ya no pueden enfrentar. Corresponde entonces su repliegue regional que marcará para América Latina el retorno doloroso de la “política del garrote”, que apareció con mucha de su crudeza y arbitrariedad en el bombardeo de pequeñas barcazas de pescadores en el Caribe y en el secuestro del presidente de Venezuela.
Si bien las formas actuales de la doctrina Monroe 2.0, corresponden al bizarro personaje que ocupa la Casa Blanca, la realidad geopolítica es una situación de carácter más permanente. Enfrentamos un cambio de época. La hegemonía geopolítica estadounidense está en pleno declive. El mundo unipolar está en plena transformación bajo el imparable surgimiento de un sistema internacional basado en variadas formas de pluricentrismo.
Estados Unidos reclama su antiguo “destino manifiesto” para convertirse en el polo dominante de América Latina, por la vía de la fuerza y sin ningún miramiento ideológico ni contemplación del derecho internacional. Pero no es una posición de fuerza, sino de debilidad. La agresiva política actual es esencialmente defensiva y parte del reconocimiento de su pérdida de liderazgo.
De esa manera, Trump realiza un acto de realismo político, al encerrarse en su entorno inmediato, como corolario de su creciente debilidad, según señala la ENS:
“Nuestras élites… hicieron apuestas enormemente equivocadas y destructivas en el globalismo y en el llamado ‘libre comercio’, que hundieron a la clase media y destruyeron la base industrial de las que depende la preeminencia económica y militar estadounidense”.
Ese es el punto de partida: un reconocimiento de la fragilidad industrial de Estados Unidos que obliga a un repliegue estratégico. Todo el mundo tendrá que hacer cuentas de cómo le afectará el repliegue de Trump. Europa, primero, dónde la Estrategia la contempla en medio de un desvanecimiento civilizatorio (el diablo repartiendo escapularios). Pero es América Latina la que enfrentará los mayores desafíos.
Las perspectivas posiblemente oscuras del presente deben ponerse bajo la óptica histórica del carácter transitorio de un imperio en descenso. Más peligroso aún, en su momento de ocaso, pero, de todas formas, en declive.
Pero, en ascenso o declive, no pienso que sea nada que nuestros pueblos latinoamericanos no hayan sufrido antes, durante el corolario Roosevelt de la doctrina Monroe. Por generaciones se vivieron días duros de intervenciones militares, injerencias en asuntos domésticos, explotación de recursos naturales, imposición de regímenes militares y todo un largo viacrucis de acoso geopolítico del vecino del Norte. Ya no digamos después de la Segunda Guerra Mundial, como proclamados sus patios traseros en la Guerra Fría.
Pero aquella historia no podrá repetirse igual. Las condiciones son diferentes. El ascenso del Sur Global es un contrapeso que antes no existía. El constructivo ascenso chino en la región no puede ser contrarrestado solo con fusiles. Tampoco la fuerza imperial es la misma. Hasta Canadá se siente amenazado.
Pero, todo sumado, bajo las nuevas garras de la doctrina Monroe, serán las pequeñas economías centroamericanas y caribeñas las que posiblemente tendrán horas particularmente espinosas, por la profunda dependencia de sus economías, la fragilidad de sus sociedades y su cercanía geográfica, según los lamentos del expresidente mexicano Porfirio Díaz: ¡Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!
Autor: VELIA GOVAERE VICARIOLI*
*Velia Govaere Vicarioli es catedrática de la Universidad Estatal a Distancia de Costa Rica.
Este artículo fue publicado previamente en La Revista (24-01-2026)
