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¿Qué pretende el Financial Times al difamar los logros de China en la lucha contra la pobreza?

¿Qué pretende el Financial Times al difamar los logros de China en la lucha contra la pobreza?

Source: People’s Republic of China – State Council News in Spanish

.china.org.cn | 09. 05. 2026

Foto: Xinhua

Por Jorge Fernández

China recibe con gran respeto críticas constructivas que contribuyan a mejorar sus planes y estrategias, pero mira con gran recelo piezas pseudoperiodísticas que buscan demeritar esfuerzos colectivos que constituyen el orgullo del pueblo chino.

El mes pasado, el rotativo británico Financial Times publicó un artículo de opinión que cuestionaba los resultados que China alcanzó en su lucha contra la pobreza. Su autor, William Langley, se volvió tendencia, pero paradójicamente no por la solidez de su texto sino por su falta de objetividad y rigor periodístico. La pieza, simple y sencillamente, hirió sensibilidades en China. Además de la distorsión deliberada que pretendió crear, resultó ofensiva para aquellos que llevan décadas trabajando por mejorar la vida de los sectores más vulnerables de China. Entonces, ¿por qué permitió el Financial Times la publicación de un reportaje con argumentos tan deleznables?

La pieza periodística se hace notar por su estrategia retórica marcada con argumentos débiles y contados casos para demostrar su tesis —uno solo, para ser exactos—. El camino más directo para entender el porqué de este trabajo tan sesgado sería preguntarle directamente a Langley. Pero, ¿para qué hablar con el payaso si puede uno hablar con el dueño del circo? La respuesta a por qué el Financial Times permitió un texto con argumentos tan malos quizás no está en el autor, sino en la naturaleza misma de este diario británico, que desde hace 10 años es propiedad de Nikkei, una organización mediática japonesa.

Nikkei logró, con la adquisición del Financial Times, un anhelo albergado desde hacía tiempo, a saber, saltar del público japonés a los mercados angloparlantes. El sueño se hizo realidad con la compra del rotativo británico en el verano de 2015. Con ello vino adjunta la línea editorial de Nikkei, que coincide con aquellas voces que demandan la remilitarización de Japón y la vinculación del estrecho de Taiwan con la seguridad nacional del país nipón. Huelga decir que, en medio de las turbulencias entre China y Japón, Nikkei comulga con la postura de la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi. Con estrategias retóricas en sus opiniones sobre China— además de artículos que apuntan a desestabilizar consensos—, la línea de Nikkei es abiertamente anti-China. No importa qué haga o qué deje de hacer, la vara con la que el Financial Times mida a China será la de Sanae Takaichi.

Es en este juego de intereses editoriales que cae el trabajo de Langley, una pieza que apela a la duda, pero sin aportar información dura que corrobore su hipótesis sobre China. Es una negación de la victoria de Xi Jinping en su lucha contra la pobreza extrema, pero sin respaldo alguno. Y, dado el poder de difusión del Financial Times, la pieza periodística ha molestado a no pocos. Con el título, China said it ended poverty. Did it? (China dijo que acabó con la pobreza. ¿En serio?) Langley sugiere que la victoria es un mero eslogan amparado en la semántica de los conceptos. Bajo su óptica, todo depende de la terminología con la que se mida la pobreza extrema. En consecuencia, aún con victoria, el hecho para Langley no necesariamente es sustentable.

Una mirada al artículo de Langley revela que su argumentación descansa en el caso de una aldeana de la etnia Dong, en la suroccidental provincia de Guizhou. A esta sexagenaria mujer se le asignó un departamento en una urbanización local, como parte de los trabajos de reubicación dirigidos a personas en situación de pobreza extrema. La medida, de carácter voluntario, resolvió la situación de miles de personas que, debido a las condiciones geográficas adversas de sus hogares de origen, no podían hacer frente a su precariedad. Curiosamente, el autor acompaña el reportaje con fotografías de las nuevas zonas residenciales que, a decir verdad, serían la envidia de miles de personas en otras partes del mundo. La mujer no se volvió rica, pero la antigua choza, sin electricidad, agua potable u otros servicios, perdida en un páramo de la montaña donde antes vivía, se transformó en una vivienda dentro de una urbanización equipada con servicios, escuelas, hospitales, caminos pavimentados e infraestructura de comunicación. Su vida cambió, sin lugar a dudas, significativamente.

Guizhou, pese a haber sido una de las regiones más desfavorecidas en el pasado, registra un crecimiento económico acelerado, incluso superior al de provincias como Gansu y Yunnan. En este escenario, Langley selecciona deliberadamente esta provincia, sustituye evidencia dura por un caso anecdótico individual y pretende hacer caer al lector en la trampa de que la imagen nacional queda representada en la historia de esta aldeana. La reubicación, además, es solo una de las muchas estrategias desplegadas por el Gobierno y, en rigor, una de las más complejas, debido a la reticencia de algunas familias a abandonar su terruño y sus hábitos de vida. Extrapolar el caso de una persona de la tercera edad como prueba de un fracaso general resulta tendencioso y manipulador.

Para Langley, la lista de personas en pobreza extrema se basó en datos de 2013 y en actualizaciones mínimas. Sin embargo, esta afirmación es claramente incorrecta. Para empezar, en China se han creado mecanismos institucionales permanentes justamente para evitar recaer en niveles de pobreza ya superados. El Gobierno provee herramientas para promover la consolidación de la lucha contra la pobreza, tal y como ha quedado claro en su XV Plan Quinquenal. Evitar la caída o la recaída en la pobreza es un tema al que se le concede gran atención a través de estrategias de revitalización coordinadas con los gobiernos locales. Pero, de ninguna manera, el Gobierno se asume como un ente que “a través de transfusiones” ofrece asistencia a personas pasivas. Es, por el contrario, un facilitador para que las familias, ya bajo otras condiciones de vida, generen sustento mediante sus propios recursos.

El colaborador del Financial Times hace creer al lector que la lucha contra la pobreza resultó de una política diseñada para cumplirse en el corto plazo, y no como una solución sostenible a futuro. Pero, la lucha contra la pobreza de China no es un hecho coyuntural, sino un proceso histórico que incluso va más allá de la política de Reforma y Apertura, y se remonta a la fundación misma de la Nueva China. Si se consideran los resultados acumulados, China —según afirma el Banco Mundial— ha conseguido sacar de la pobreza extrema a cerca de 800 millones de personas. A lo largo de los años, el país ha ejecutado políticas combinadas que incorporan infraestructura, desarrollo industrial y asistencia social. La campaña de China es una estrategia estructural de largo plazo, que se agudizó durante la dirección del presidente Xi Jinping, quien lideró la fase final y más compleja de este proceso.

China es, quizás, uno de los pocos países en el mundo que celebra incontables encuentros todo el año con extranjeros. En ellos, espera con interés recibir críticas constructivas que puedan ayudarle a mejorar sus planes y estrategias. Por el contrario, observa con gran recelo aquellas críticas construidas deliberadamente para menoscabar esfuerzos colectivos que constituyen el orgullo de una nación. Nikkei, a través del Financial Times, vierte críticas sin sustento con el único fin de debilitar consensos aceptados a nivel mundial. Hoy se cuestiona la victoria en la lucha contra la pobreza y mañana, quizá, los avances logrados en materia de ciencia y tecnología. Cuando alguien avanza rápidamente hacia la cima, los detractores reaccionan con más rapidez que los brotes de bambú en primavera, como lo demuestra William Langley y su deleznable artículo sobre la pobreza.

El autor es doctor en historia, experto en relaciones internacionales y asuntos contemporáneos de China, con amplia trayectoria como periodista y analista político.

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