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De la fruta madura al bloqueo: un siglo de tensiones entre Cuba y EE. UU. explicado paso a paso

De la fruta madura al bloqueo: un siglo de tensiones entre Cuba y EE. UU. explicado paso a paso

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raisiel Damián Rodríguez González, Profesor de Teoría Política y Humanidades en la Facultad de Derecho, Empresa y Gobierno., Universidad Francisco de Vitoria

Raúl Castro y Barack Obama se estrechan la mano durante la Cumbre de las Américas celebrada en Ciudad de Panamá en 2015. Pete Souza/White House, CC BY

Las relaciones entre Cuba y Estados Unidos suelen analizarse bajo el prisma de la Guerra Fría, pero su naturaleza responde a una tensión histórica que se remonta al siglo XIX.

Ya en 1823, John Quincy Adams, el sexto presidente de Estados Unidos, formuló la “teoría de la fruta madura” argumentando que, por leyes de gravitación política, Cuba acabaría anexionada a la Unión tras separarse de España. Adams veía al Caribe como un apéndice natural del continente:

“Hay leyes de gravitación política, como leyes de gravitación física, y Cuba, separada de España, tiene que gravitar hacia la Unión… No hay territorio extranjero que pueda compararse para los Estados Unidos como la Isla de Cuba. Cuba, casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión”.

Sin embargo, a diferencia de Puerto Rico, el destino de Cuba no fue la integración territorial. La isla poseía una identidad nacional forjada en un Ejército Libertador con décadas de experiencia combativa, una industria azucarera de vanguardia y una cohesión cultural que actuó como muro de contención. Una anexión total habría supuesto para Washington una resistencia inasumible.

Mientras Puerto Rico fue asimilado rápidamente como territorio no incorporado, Cuba optó por el ejercicio de la soberanía, forzando a EE. UU. a diseñar un modelo de control indirecto.

La república tutelada y el modelo de subordinación

Este esquema de dominación se definió tras la guerra de 1898 mediante la Enmienda Platt (1901). Este apéndice constitucional otorgaba a Washington el derecho de intervención militar y limitaba la capacidad de la isla para gestionar su deuda o firmar tratados. Bajo esta independencia tutelada, el capital estadounidense fluyó hacia sectores estratégicos, convirtiendo a Cuba en líder industrial azucarero, pero también en un mercado cautivo para las manufacturas del norte.

A mediados del siglo XX, Fulgencio Batista personificó el último intento de estabilizar esta relación asimétrica. Tras su golpe de Estado en 1952, contó con el respaldo total de Washington para garantizar el orden y las inversiones. No obstante, la brutal represión y la corrupción socavaron esta alianza.

En marzo de 1958, el gobierno de Eisenhower impuso un embargo de armas al régimen, una señal crítica que debilitó logísticamente a Batista. Simultáneamente, la opinión pública estadounidense, influenciada por crónicas como la de Herbert Matthews en el New York Times, comenzó a simpatizar con un Fidel Castro visto entonces como un líder idealista que restauraría la democracia.

La ruptura definitiva

El triunfo de la Revolución en 1959 liquidó el sistema republicano y marcó la divergencia definitiva con el modelo puertorriqueño. Lo que inició como una pugna por la soberanía sobre recursos nacionales –con la Reforma Agraria y las nacionalizaciones de 1960–, escaló rápidamente. Para marzo de 1960, Eisenhower ya había aprobado planes encubiertos para derrocar al nuevo Gobierno.

La escalada de tensiones diplomáticas y económicas culminó en la invasión de Playa Girón (1961). La derrota de la brigada mercenaria llevó a Washington a intensificar la presión mediante la Operación Mangosta, un programa de guerra sucia que combinaba sabotajes económicos, espionaje y guerra psicológica para forzar una sublevación interna.

Ante esa amenaza, y con el deseo de alcanzar los favores de la URSS, Castro aceptó el despliegue de misiles nucleares soviéticos, provocando la Crisis de los misiles en 1962, que situó al mundo al borde de la aniquilación. El conflicto se saldó con la promesa de EE. UU. de no intervenir militarmente en la isla, compromiso que ha perdurado, al menos hasta ahora.

Ante la imposibilidad de la vía armada, el bloqueo económico formalizado por Kennedy en 1962 se convirtió en la herramienta de asfixia permanente. Durante décadas, la relación fue una espiral de hostilidad con breves paréntesis, como la apertura de “secciones de intereses” –oficinas que representaban los intereses estadounidenses en Cuba– bajo Jimmy Carter en 1977. Sin embargo, la era Reagan devolvió el conflicto a su punto álgido al incluir a Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo en 1982, una etiqueta que hoy, bajo la influencia de la administración Trump, vuelve a bloquear cualquier normalización financiera.

Giros tras la caída de la URSS

Tras la caída de la URSS, las relaciones experimentaron giros paradójicos. El hito más significativo fue el proceso de normalización iniciado el 17 de diciembre de 2014 por Raúl Castro y Barack Obama. Este “deshielo” restableció relaciones diplomáticas y facilitó viajes y remesas. No obstante, el objetivo estratégico de Obama era claro: influir en una transición hacia el capitalismo cambiando el garrote por métodos de influencia cultural y apoyo al sector privado.

Esta ventana se cerró abruptamente en 2017 con Donald Trump, quien endureció el bloqueo y activó el Título III de la Ley Helms-Burton para castigar a inversores extranjeros. Los intentos iniciales de la administración Biden por retomar la apertura terminaron en parálisis institucional, dejando paso a un clima de tensiones exacerbadas tras el retorno de Trump a la presidencia.

¿Soberanía o anexión?

En el escenario actual, parte de la sociedad cubana vuelve a mirar hacia el norte. Ante el estancamiento y la crisis sistémica derivada de décadas de gestión ineficiente, algunos sectores recuperan el viejo sueño de Adams, viendo en la anexión una salida desesperada. Miami se percibe hoy como una realidad a imitar, movilizando deseos de cambio que cuestionan el proyecto nacional revolucionario.

Sin embargo, es imperativo comprender que la resistencia a la hegemonía extranjera ha sido la constante que ha permitido a Cuba construirse como nación soberana. La posibilidad de convertirse hoy en un territorio libre asociado, como lo es Puerto Rico, no solo transformaría la identidad histórica de la isla, sino que alteraría la geopolítica global: convertiría a la llave del Caribe en un laboratorio de pruebas de nuevos modelos neoliberales y cuestionaría el principio de soberanía que ha sostenido las relaciones internacionales durante el último siglo.

The Conversation

Raisiel Damián Rodríguez González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De la fruta madura al bloqueo: un siglo de tensiones entre Cuba y EE. UU. explicado paso a paso – https://theconversation.com/de-la-fruta-madura-al-bloqueo-un-siglo-de-tensiones-entre-cuba-y-ee-uu-explicado-paso-a-paso-282090

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