Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Arte y Humanidades, The Conversation

Muchos hablamos de ello, lo blandimos en las discusiones y lo defendemos: la idea de Europa, de que todos compartimos una identidad y unos valores comunes, democráticos, humanísticos, solidarios.
No cabe duda de que el Viejo Continente lleva siglos intentando consolidar un concepto propio. Después de todo, nos decimos, somos la cuna de Grecia y Roma, el germen de la civilización occidental. Aunque algunas de estas afirmaciones respiran excesiva superioridad eurocentrista, el que no fuésemos la única civilización no quiere decir que la identidad europea no sea importante.
Stefan Zweig, uno de los pensadores más europeístas del siglo XX, lo tenía claro, y se suicidó al ver su utopía destrozada en la Segunda Guerra Mundial. Se nos rompe el alma recordando los grandes conflictos bélicos porque fueron nuestros, heridas abiertas en el corazón del Viejo Continente. Cuando tanta muerte y tanta sangre definen la historia de aquello que enarbolamos como propio, ¿qué nos queda?
En el Día de Europa, me gusta pensar que nos queda siempre un vínculo cultural. Y que volviendo a todo lo bueno, bello y bonito que hemos hecho a lo largo de la historia, los europeos mantenemos ese lazo.
A pesar de las diferentes características de cada pueblo y nación, seguimos siendo, efectivamente, el continente de Grecia y Roma. Desde el lenguaje hasta la belleza, pasando por los destinos turísticos, la Antigüedad determina nuestro presente.
Además, las relaciones establecidas en estas tierras a lo largo del tiempo también ayudan a definir esta cultura común. Porque si cruzar el Atlántico fue durante milenios una empresa inasumible, y aventurarse hacia Asia (o más allá del norte de África) era arduo y potencialmente peligroso, moverse por Europa parecía, sin embargo, bastante asequible.
Y vaya si nos movimos. Emigrantes, nobles, viajeros, trashumantes de todo pelaje cruzaron unas fronteras que se desdibujaban cada poco para conocer, curiosear, aprender y mejorar. Y así, el arte, original de cada pueblo, se volvió a su vez un poco universal: pensemos en los estilos medievales –tan particulares y a la vez reconocibles–, en las influencias pictóricas, en la escultura canónica, en el Renacimiento… Los viajes que se realizaron durante milenios ayudaron a que, al final, se conformase una patria cultural europea.
Recordemos también a esos pensadores que reflexionaron localmente y sirvieron de referentes internacionales ante muchos de los problemas que nos afectaban como civilización: la Escuela de Salamanca, analizando la colonización de América; Hannah Arendt, reflexionando sobre el Holocausto; o Nuccio Ordine definiendo, muy al hilo de este texto, la utilidad de lo inútil.
Hoy las alianzas geopolíticas buscan activamente proteger este proyecto cultural. Es comprensible. Después de todo, no hace tanto tiempo y sin haberse cobrado vidas humanas, a todos nos conmocionó ver arder la torre de Notre Dame. Hubo quien calificó de frívolos esos sentimientos. Pero no lo eran. No lamentábamos solo los daños a un edificio, sino a un emblema cultural que, aunque esté en Francia, es, en cierto sentido, de todos.
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– ref. La selección: Día (cultural) de Europa – https://theconversation.com/la-seleccion-dia-cultural-de-europa-282195
