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‘Fuerza de voluntad’ perruna: ¿qué les permite autocontrolarse delante de un bistec?

‘Fuerza de voluntad’ perruna: ¿qué les permite autocontrolarse delante de un bistec?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Oswaldo Gamboa Ruiz, Jefe del departamento de psicología básica y neurociencias, Universidad de La Sabana

Pueden esperar el momento de comer, controlar su mordida durante el juego, tolerar el corte de sus uñas o la aplicación de una vacuna e, incluso, detenerse solos antes de cruzar una calle concurrida ante la luz verde de un semáforo. Los perros son parte de nuestra vida cotidiana de una forma tan profunda que, a veces, olvidamos lo extraordinario que resulta su comportamiento.

Cuando vemos conductas de espera o autocontrol ante algo gratificante y de inhibición de la agresión ante algo incómodo, es fácil pensar que tienen una enorme “fuerza de voluntad”. Pero lo que ocurre en realidad es todavía más interesante: los perros poseen mecanismos biológicos y cognitivos que les permiten controlar sus impulsos y adaptarse al mundo social humano.

¿Qué rol tiene el instinto?

Durante mucho tiempo, se pensó que los animales actuaban únicamente por instinto. Sin embargo, hoy sabemos que muchos son capaces de inhibir respuestas inmediatas. Los perros pueden esperar, tolerar la frustración y ajustar su comportamiento según el contexto.

Esta capacidad se conoce como control inhibitorio y tiene bases neurobiológicas compartidas con otros mamíferos, incluidos los seres humanos. En ella, participan regiones cerebrales como la corteza frontal, asociada con la regulación del comportamiento, y neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, que regulan emociones, comportamiento y funciones fisiológicas esenciales.

Además, el cerebro canino posee una gran plasticidad, lo que les permite aprender constantemente de la convivencia con las personas a través de las consecuencias de su comportamiento. Por eso, pueden ser entrenados para esperar tiempos cada vez más largos.

Así, el autocontrol no es lo opuesto al instinto: también hace parte de la biología del comportamiento. En la naturaleza, controlar una respuesta puede ser tan importante como ejecutarla. Un depredador que espera el momento adecuado aumenta sus posibilidades de éxito y un animal social que regula su agresividad mantiene relaciones más estables dentro del grupo.

Por tanto, el comportamiento inhibitorio coexiste con las necesidades de obtener territorio, comida, pareja o protección en el cerebro de nuestros compañeros caninos.

Compañeros moldeados por la convivencia

Aunque muchos mamíferos poseen control inhibitorio, en los perros ocurre algo especial. Miles de años de convivencia con humanos favorecieron individuos más atentos a nuestras señales, menos agresivos y más dispuestos a cooperar.

Responden a nuestro tono de voz, a los gestos, a la mirada, a la postura y a la tensión corporal. Hasta son sensibles a cambios sutiles en nuestras emociones. Esa sensibilidad hace que parezca que entienden nuestras intenciones del mismo modo que otro ser humano, pero probablemente lo que hacen es responder a patrones consistentes del ambiente social.

Por ejemplo, cuando un perro espera permiso antes de comer, no necesariamente comprende una norma moral sobre “lo correcto”. Más bien, aprende que ciertas señales humanas se relacionan con consecuencias estables: tranquilidad, recompensa, aprobación o ausencia de interrupciones. Cuanto más consistente es la instrucción, más sólido será el aprendizaje.

En otras palabras, nuestras mascotas no responden al lenguaje humano por su significado abstracto o cultural, sino por las relaciones que establecen entre sonidos, emociones, gestos, contextos y consecuencias.

Entonces, ¿tienen fuerza de voluntad?

La respuesta depende de cómo entendamos ese concepto. En los seres humanos, la fuerza de voluntad suele involucrar deliberación moral, conflicto interno y reflexión consciente sobre normas culturales. No hay evidencia de que los perros experimenten estos procesos del mismo modo que nosotros.

Sin embargo, sí muestran formas complejas de autocontrol. Pueden inhibir respuestas inmediatas, esperar recompensas, tolerar situaciones incómodas y adaptar su conducta a distintos contextos sociales. En términos funcionales, esto se parece mucho a lo que llamamos “resistir un impulso”.

Encaje perfecto entre dos especies

Así, lo que interpretamos como fuerza de voluntad es, en gran parte, el resultado de sistemas biológicos de regulación del comportamiento refinados durante miles de años de convivencia con nuestra especie. Su cerebro, preparado para responder al ambiente físico y social, terminó ajustándose de manera extraordinaria a la vida humana.

Por eso, solemos interpretar sus acciones en términos humanos. Su regulación social es tan compatible con la nuestra que fácilmente atribuimos intenciones morales a lo que hacen. Pero comprender cómo aprenden y cómo controlan su comportamiento no reduce el vínculo que tenemos con ellos; al contrario, nos permite relacionarnos de forma más empática y realista.

Al final, quizá los perros no “reprimen sus impulsos” como imaginamos los humanos. Más bien, son animales profundamente adaptados a convivir con nosotros, capaces de aprender nuestras rutinas, responder a nuestras señales y regular su conducta en un mundo social compartido. Y tal vez esa extraordinaria capacidad de adaptación sea una de las razones por las que han logrado convertirse en nuestros compañeros más cercanos.

The Conversation

Víctor Oswaldo Gamboa Ruiz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Fuerza de voluntad’ perruna: ¿qué les permite autocontrolarse delante de un bistec? – https://theconversation.com/fuerza-de-voluntad-perruna-que-les-permite-autocontrolarse-delante-de-un-bistec-281151

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