Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan-Antonio Moreno-Murcia, Catedrático de Universidad, Universidad Miguel Hernández
¿Por qué, para muchos estudiantes, el objetivo es aprobar, o sacar una nota determinada, pero no se implican en el aula ni participan? Muchos alumnos escuchan, cumplen y responden cuando se les pide, incluso tienen buenos resultados, pero participan poco y evitan exponerse. Más allá de lo interesantes o relevantes que encuentre los contenidos, o del tipo de tarea que se proponga, uno de los factores clave está en cómo se presenta el profesor ante el alumnado y qué relación establece con ellos y con la disciplina.
Cada vez hay más evidencias de que mostrarse humano, reconocer dudas y no tener siempre la última palabra son cualidades que favorecen esa relación. La humildad intelectual, entendida como la capacidad de reconocer los propios límites y mostrarse abierto al aprendizaje, desplaza el protagonismo del ego hacia el proceso de enseñar y aprender.
Dicho de otro modo: esta modestia o humanidad no es una cualidad secundaria, sino una de las herramientas más eficaces para mejorar el aprendizaje.
Hallazgos recientes demuestran, como veremos a continuación, que cuando el profesorado no necesita parecer infalible, el alumnado se siente más seguro para participar, preguntar y equivocarse. La autoridad no desaparece, pero deja de apoyarse en la imposición y empieza a construirse sobre la confianza.
El profesor no tiene todas las respuestas
La evidencia confirma algo que muchos docentes han intuido: los estudiantes se implican más cuando sus docentes admiten dudas o errores. En estos contextos aumenta la sensación de aceptación, el sentido de pertenencia y disminuye el miedo a equivocarse.
Cuando el error se percibe como amenaza, la respuesta habitual es el silencio: muchos chicos y chicas que están interesados en la materia prefieren no participar. En cambio, cuando el docente lo normaliza, los estudiantes se atreven a preguntar y a probar. El aprendizaje deja de ser una búsqueda de la respuesta correcta y se convierte en exploración.
Los entornos que gestionan el error de forma constructiva generan mayor confianza y creencias más adaptativas sobre el aprendizaje. La humildad intelectual, en este sentido, no es solo una actitud, sino una herramienta pedagógica.
Menos control, más confianza
Durante mucho tiempo, la autoridad docente se ha asociado con el control y la distancia emocional. Sin embargo, este modelo puede tener efectos negativos. Los estilos autoritarios se relacionan con menor bienestar y mayor agotamiento en el alumnado.
Frente a ello, la evidencia apunta a modelos basados en la confianza. Los estudiantes no aprenden mejor cuando se sienten vigilados, sino cuando se sienten acompañados. La autoridad cambia de base: se construye sobre la coherencia, la justicia y el respeto.
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Las emociones del docente también influyen. La forma de reaccionar ante el error o la participación condiciona la implicación del alumnado. Un clima tenso inhibe; uno respetuoso facilita. Más que controlar todo lo que ocurre, resulta más eficaz cuidar cómo ocurre.
Sentirse seguro para aprender
Aprender no es solo un proceso cognitivo, también es emocional. Por eso cuando los estudiantes perciben cercanía y comprensión, presentan menos ansiedad y mayor implicación.
Se trata de generar una sensación de pertenencia: si el alumnado siente que forma parte del proceso y que puede equivocarse sin ser juzgado, su disposición a aprender cambia. A veces basta un pequeño gesto para alterar ese equilibrio. Una reacción inadecuada ante un error puede hacer que un estudiante deje de intervenir durante semanas. Por el contrario, cuando el docente valora el intento antes que el acierto, la confianza se recupera.
La seguridad emocional no es un añadido, es una condición del aprendizaje. Cuando el alumnado se siente respetado, puede centrarse en comprender. Cuando no, parte de su atención se dedica a protegerse.
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Un profesor que también aprende
Otra señal poderosa es que el docente se muestre como alguien que sigue aprendiendo. No mediante discursos, sino en la práctica. Cuando incorpora ideas del alumnado o reconoce que revisa sus planteamientos, transmite que aprender es una actitud permanente.
Este enfoque coincide con las recomendaciones de la UNESCO del aprendizaje a lo largo de la vida. No se trata solo de formación continua, sino de apertura al cambio.
Además, este posicionamiento influye en el alumnado. Los entornos que promueven el desarrollo profesional docente favorecen la implicación y la mentalidad de crecimiento.
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Enseñar al corregir
La forma de dar retroalimentación influye directamente en cómo el alumnado entiende el aprendizaje. Cuando solo se señalan errores, muchos estudiantes asocian aprender con fallar. En cambio, cuando se reconoce el esfuerzo y se orienta la mejora, la respuesta cambia.
Si los docentes transmiten la idea de que las capacidades no son innatas o fijas y que pueden desarrollarse aumenta la persistencia y el rendimiento, además de la seguridad psicológica. No se trata de evitar la corrección, sino de cambiar su sentido.
No es lo mismo decir “esto está mal” que “vamos a ver cómo mejorarlo”. Cuando el docente no necesita imponer su criterio, la retroalimentación se convierte en ayuda, no en juicio. Pequeños cambios en cómo se dice tienen un gran impacto.
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Lo que los estudiantes no olvidan
La relación con el docente es uno de los factores que más influyen en el aprendizaje. Con el tiempo, muchos estudiantes olvidan contenidos, pero no cómo se sintieron al aprender. La cuestión no es solo cuánto sabe el docente, sino qué experiencia genera.
Por eso cuando el aula es un espacio donde se puede preguntar, equivocarse y participar sin miedo, además del rendimiento, mejora la relación con el conocimiento.
La humildad intelectual es una manera de exigir mejor y de reforzar la autoridad porque se ejerce de manera más justa y cercana. Porque muchas veces enseñar bien no consiste en demostrar lo que uno sabe, sino en crear las condiciones para que otros quieran aprender. Y para eso, a veces, lo más poderoso que puede hacer un profesor es algo aparentemente sencillo: dejar de tener siempre la razón.
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Juan-Antonio Moreno-Murcia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ‘Me equivoqué’: una manera de mejorar la participación y la confianza en el aula – https://theconversation.com/me-equivoque-una-manera-de-mejorar-la-participacion-y-la-confianza-en-el-aula-280287
