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Las toallitas: suaves para la piel, tóxicas para el ambiente

Las toallitas: suaves para la piel, tóxicas para el ambiente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge Rodríguez-Chueca, Profesor Titular de Universidad, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Marmar studio/Shutterstock

Cada día, se retiran toneladas de residuos sólidos de bombas, colectores y estaciones de tratamiento de aguas residuales. Una parte importante de esta basura está formada por toallitas húmedas. Lo que para millones de personas es un simple gesto cotidiano, tirarlas por el inodoro, se ha convertido en uno de los grandes problemas invisibles del saneamiento urbano.

En conjunto, el impacto económico de las toallitas húmedas en España supera los 230 millones de euros al año. Solo el Canal de Isabel II retira en la Comunidad de Madrid más de 30 000 toneladas anuales de residuos sólidos, con un coste cercano a los 13 millones de euros. Pero el problema no termina en las alcantarillas: muchas de estas toallitas acaban llegando a ríos y mares a través de vertidos y desbordamientos, dejando imágenes cada vez más frecuentes en riberas y playas, lo que genera un impacto considerable sobre la fauna.

Los hitos de la higiene personal

El papel higiénico es un producto tan cotidiano que apenas pensamos en él, salvo cuando escasea en situaciones excepcionales, como ocurrió durante la pandemia de covid-19. Sin embargo, su aparición supuso una auténtica revolución en la higiene personal y en la vida urbana moderna.

Antes de su expansión, la población utilizaba lo que tenía más a mano: hojas, paja, trapos, periódicos, esponjas o, simplemente, agua. El papel higiénico industrial comenzó a comercializarse a mediados del siglo XIX, popularizándose en el siglo XX con la llegada de los baños interiores y las redes modernas de alcantarillado. Este hecho transformó hábitos cotidianos, infraestructuras urbanas y estándares de higiene.

Su éxito no se debía únicamente a la comodidad. La verdadera innovación estaba en el comportamiento del material. El papel higiénico debía ser lo suficientemente resistente para usarse, pero también lo bastante frágil para deshacerse rápidamente al entrar en contacto con el agua. El saneamiento moderno se construyó, en parte, sobre esa fragilidad deliberada.

Aquella revolución también tuvo costes ambientales importantes asociados al consumo masivo de papel, agua y recursos forestales. Pero, a diferencia de otros productos higiénicos posteriores, el papel higiénico estaba diseñado para integrarse razonablemente bien en las infraestructuras de saneamiento.




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¿La segunda revolución higiénica?

Las toallitas húmedas aparecieron comercialmente a finales de los años cincuenta. En un primer momento se utilizaron para la limpieza de manos en restaurantes o durante viajes. Posteriormente, se popularizaron para la higiene infantil. Y ya en las primeras décadas del siglo XXI, comenzaron a comercializarse de forma masiva para uso adulto en el baño.

Las toallitas tomaron el relevo del papel higiénico por un dechado de virtudes: suavidad, limpieza, frescura y cuidado de la piel. La publicidad las presentó como una evolución más cómoda y sofisticada de la higiene cotidiana. Sin embargo, no heredaban el comportamiento material del papel higiénico, y ahí reside gran parte del problema.

Las toallitas no desaparecen

Aunque las primeras generaciones de toallitas húmedas incorporaban una proporción importante de fibras sintéticas, actualmente muchas están fabricadas con viscosa, pulpa de celulosa o algodón. Se trata de materiales potencialmente biodegradables, pero biodegradable no significa necesariamente “desintegrable” en condiciones reales del saneamiento urbano.

La clave está en el diseño. Mientras que el papel higiénico está pensado para perder resistencia rápidamente en contacto con el agua, las toallitas están diseñadas justo para lo contrario: mantener su integridad mientras se utilizan. Deben resistir humedad y fricción sin romperse.

En el hogar esto suele pasar desapercibido. La toallita desaparece aparentemente sin problemas al tirar de la cisterna. Pero durante su recorrido por tuberías y colectores, esa mayor resistencia mecánica favorece que se enreden con otras fibras y residuos, formando acumulaciones que terminan provocando averías y atascos.

Además, incluso cuando están fabricadas con fibras vegetales, su degradación ambiental puede prolongarse durante años. En condiciones secas, algunas pueden tardar décadas en descomponerse completamente, frente a los pocos meses que suele necesitar el papel higiénico.

El impacto económico es enorme. En España, el mantenimiento y limpieza asociados a este problema cuestan cientos de millones de euros cada año. Pero además, muchas toallitas terminan llegando a ríos y mares, donde pueden ser ingeridas por fauna acuática o acumularse en las riberas convirtiéndose en un residuo visible y persistente.

La paradoja dermatológica

La popularidad de las toallitas húmedas se apoya en una idea muy concreta: son más suaves y cuidadosas con la piel que el papel higiénico convencional. Y, en parte, es cierto. La humedad reduce la fricción y puede resultar beneficiosa en situaciones puntuales, como irritaciones o determinadas afecciones dermatológicas.

Sin embargo, eso no significa que su uso intensivo esté exento de riesgos. Muchas toallitas contienen conservantes, fragancias, tensoactivos, lociones o compuestos antibacterianos que pueden alterar la barrera cutánea o provocar dermatitis y alergias en personas sensibles.

Por ello, numerosos dermatólogos recomiendan moderación, especialmente con productos perfumados o destinados a un uso muy frecuente. La sensación de frescura o limpieza absoluta no siempre equivale a una mejora real para la salud de la piel.




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La lógica del usar y tirar

Las toallitas húmedas no son una anomalía. Son el resultado lógico de una sociedad acostumbrada a la comodidad del usar y tirar. Del mismo modo que ocurre con pañales, compresas, cápsulas monodosis o numerosos productos desechables, la comodidad inmediata suele ocultar costes ambientales e infraestructurales que permanecen fuera de la vista del consumidos.

En España, la normativa prohíbe arrojar estos productos al inodoro, incluso cuando algunos se comercializan como “desechables por el váter”. Su destino correcto es el contenedor de la fracción resto. Además, en los últimos años se han endurecido las obligaciones de etiquetado y se han multiplicado las campañas de concienciación impulsadas por administraciones públicas y empresas gestoras del agua.

Sin embargo, el problema persiste. En parte, porque existe una contradicción difícil de resolver: el valor comercial de las toallitas reside precisamente en aquello que las hace problemáticas para el saneamiento. Son resistentes, duraderas y eficaces mientras están mojadas.

Quizá el futuro de la higiene pase por soluciones distintas, desde productos realmente desintegrables hasta tecnologías ya habituales en otros países como los inodoros con agua integrados en muchos hogares japoneses. Tal vez, esa sea la tercera revolución higiénica.

Mientras tanto, el reto sigue siendo el mismo: entender que incluso los gestos más cotidianos tienen consecuencias materiales. Y que aquello que desaparece de nuestra vista no desaparece necesariamente del entorno.

The Conversation

Jorge Rodríguez-Chueca recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades para la financiación de proyectos de investigación relacionados con el tratamiento de las aguas.

ref. Las toallitas: suaves para la piel, tóxicas para el ambiente – https://theconversation.com/las-toallitas-suaves-para-la-piel-toxicas-para-el-ambiente-282679

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