Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eduardo Oliver, Científico Titular, Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas (CIB – CSIC)

Cuando estalla una crisis –una pandemia, un incendio forestal, un conflicto geopolítico, una erupción volcánica– la sociedad mira hacia la ciencia en busca de certezas. Pero la ciencia, especialmente en situaciones límite, no funciona a base de certezas, sino de evidencias incompletas, hipótesis revisables y debates razonados. Y esta tensión entre la necesidad de respuestas rápidas y la naturaleza gradual del conocimiento científico es, precisamente, el primer gran obstáculo para un buen asesoramiento público.
La experiencia reciente nos ha mostrado que el reto no es solo generar conocimiento, sino hacerlo útil, hacerlo comprensible y hacerlo legítimo ante los ojos de la ciudadanía y de los decisores políticos. Pero esa capacidad no se improvisa en mitad de una emergencia. Para que la ciencia pueda orientar decisiones públicas en contextos de alta presión, deben existir previamente estructuras, procedimientos y perfiles capaces de conectar el conocimiento disponible con las necesidades reales de quienes toman decisiones.
A partir de estudios internacionales y lecciones aprendidas durante la covid-19, pueden identificarse al menos cinco grandes desafíos.
1. Incertidumbre y urgencia: cuando no hay tiempo y los datos no alcanzan
Las crisis rara vez se gestionan con información completa. Los datos cambian, se corrigen o llegan con retraso. Pese a ello, gobiernos y medios de comunicación reclaman respuestas inmediatas y conclusiones firmes. Esta presión puede llevar a comunicar la ciencia como si fuera más segura de lo que realmente es. O, por el contrario, dar la impresión de que la constante revisión de la evidencia existente es un signo de debilidad.
Pero la incertidumbre no es un error: es el punto de partida de cualquier decisión informada. Comunicarla bien –sin alarmismo, pero sin paternalismo– sigue siendo una de las asignaturas pendientes en la comunicación institucional.
Por eso, una de las funciones más importantes del asesoramiento científico no es prometer certezas, sino ordenar la incertidumbre: distinguir qué se sabe, qué no se sabe todavía, qué opciones existen y qué riesgos implica cada una o qué acciones cabe tomar por parte de gobiernos y ciudadanos.
Además, tal y como recomiendan guías internacionales de comunicación del riesgo, es conveniente comunicar consistente y frecuentemente, usando fuentes y mensajeros de confianza, y explicar claramente que la información va a cambiar rápidamente conforme avance el conocimiento de la situación y cuándo se espera que vuelva a haber información nueva.
2. Polarización y politización: cuando los datos se convierten en munición
En contextos polarizados, cualquier recomendación científica corre el riesgo de interpretarse como un posicionamiento, una toma de partido. La instrumentalización del conocimiento, es decir, usar solo los datos que confirman la posición propia, erosiona la confianza social. No importa tanto si la recomendación es sólida, sino de qué “lado político” parece venir.
Por eso, los asesores científicos se encuentran en un campo minado: deben ser independientes, pero no aislados; deben comunicarse con responsables políticos, pero sin convertirse en actores políticos.
La independencia del asesoramiento no significa distancia absoluta respecto de la política, sino reglas claras para interactuar con ella sin quedar subordinado a intereses partidistas o coyunturales.
Esto exige diferenciar bien los papeles. La ciencia informa, amplía opciones y explicita riesgos. La decisión final corresponde a quienes tienen responsabilidad democrática.
3. Sobrecarga informativa y desinformación: competir contra bulos y ruido mediático
Durante las crisis, la información que circula crece a más velocidad que la capacidad de la ciudadanía para evaluarla. En ese río revuelto, los bulos encuentran un terreno fértil: son simples, emocionales y se propagan con gran velocidad, mientras que el asesoramiento científico es más matizado y requiere contexto.
No basta con “desmentir” noticias falsas. Hace falta anticiparse, construir mensajes claros y consistentes, y cultivar una relación previa de confianza con la ciudadanía. Esa confianza no se activa “por decreto” durante una crisis. Se construye antes, mediante instituciones creíbles, transparencia, comunicación sostenida y una cultura pública que reconozca la evidencia como parte legítima del debate democrático.
4. Tensiones institucionales: expertos y decisores en diálogo imperfecto
Los gobiernos deben tomar decisiones con múltiples dimensiones –económicas, sociales, sanitarias, políticas– y la ciencia es solo una de ellas. Esto genera, inevitablemente, tensiones, discrepancias entre comités científicos, falta de coordinación, estructuras de asesoramiento poco definidas o cambios de criterio difíciles de explicar.
Un buen asesoramiento no depende solo de tener expertos brillantes, sino de diseñar instituciones preparadas para escucharlos y traducir su conocimiento a opciones políticas viables. Asesorar científicamente no es solo pedir la opinión de una persona experta: requiere capacidades específicas de síntesis, mediación y traducción entre comunidades con tiempos, lenguajes y responsabilidades distintas.
5. Dimensión ética y social: decisiones que no afectan por igual a toda la población
Toda recomendación tiene consecuencias desiguales. Medidas de confinamiento, restricciones de movilidad, asignación de recursos o protocolos sanitarios no impactan de la misma forma en todos los grupos sociales. Por eso, el asesoramiento científico no debe limitarse a estimar la eficacia técnica de una medida. También debe ayudar a anticipar sus impactos sociales, territoriales y distributivos, especialmente sobre quienes parten de situaciones de mayor vulnerabilidad.
Los asesores científicos tienen la responsabilidad de identificar estos efectos y de explicarlos con transparencia. Pero aquí surge un dilema clásico: ¿cuánta transparencia es compatible con la necesidad de confidencialidad en situaciones de riesgo?
Estructuras permanentes de asesoramiento y otras medidas
¿Cómo mejorar entonces? Sin duda, conviene preparar las estructuras permanentes de asesoramiento antes de la crisis, no durante ella. Pero también:
● Reconocer y profesionalizar la figura del asesor científico, con funciones, mandatos, y responsabilidades claras.
● Profesionalizar la comunicación científica institucional, integrando expertos en comunicación del riesgo y formatos breves, claros y adaptados a los tiempos de la decisión pública.
● Fomentar la cooperación entre científicos y responsables políticos, con roles claros y reglas de transparencia.
● Proteger la integridad científica frente a presiones políticas o mediáticas, mediante códigos de conducta y mecanismos de independencia técnica.
● Crear canales ágiles para combatir la desinformación, pero también para escuchar las preocupaciones ciudadanas.
La ciencia como infraestructura democrática
La lección es clara: las crisis no crean de la nada la capacidad de asesorar, y las crisis no van a desaparecer. Lo que sí puede mejorar es nuestra capacidad para conectar la evidencia científica con decisiones legítimas y socialmente aceptadas. El asesoramiento científico no es un lujo técnico: es una pieza central del funcionamiento de las democracias modernas.
Durante mucho tiempo, el asesoramiento científico en la toma de decisiones públicas fue fragmentario, reactivo y dependiente de contactos informales o comités ad hoc creados en plena urgencia. Hoy sabemos que esa improvisación tiene un coste elevado. Contar con organismos estables, bien organizados y estructurados en el corazón del poder legislativo y ejecutivo, no solo mejora la calidad de las decisiones, sino que aporta coherencia, continuidad y legitimidad democrática.
La diferencia entre consultar ciencia cuando estalla la crisis y tenerla integrada de forma permanente es, en muchos casos, la diferencia entre reaccionar tarde o estar preparados. En un mundo cada vez más complejo, invertir en ciencia es también invertir en resiliencia social.
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Eduardo Oliver es presidente de la asociación Ciencia en el Parlamento. Esta asociación recibe fondos de la convocatoria de Proyectos I+P de FECYT para el fomento del asesoramiento científico (FCT-24-20693).
Emilia Aiello es vicepresidenta de la asociación Ciencia en el Parlamento.
– ref. ¿Cómo puede asesorar la ciencia en mitad de una crisis? – https://theconversation.com/como-puede-asesorar-la-ciencia-en-mitad-de-una-crisis-283342
