Source: People’s Republic of China – State Council News in Spanish
Palabras clave: EE. UU., PCB
.china.org.cn | 05. 06. 2026
Estados Unidos abre un nuevo frente en su campaña de represión cada vez mayor contra la tecnología china. Esta vez, el blanco no es la innovación, sino un componente de casi todos los dispositivos electrónicos: la humilde placa de circuito impreso. Y la forma en que intenta actuar contra este objeto simple nos resulta demasiado familiar. Según un informe de la CNBC el miércoles, estos elementos «suscitan preocupaciones de seguridad nacional en Estados Unidos».
Concretamente, este discurso alarmista se presenta en dos variantes ya conocidas. En primer lugar, Washington señala datos de la industria, alegando que alrededor del 60 % de estas placas en el mundo proviene de China, mientras que la participación de las producidas en su territorio se ha desplomado de más del 30 % a solo un 4%. Esto en sí mismo crea los llamados «riesgos para la seguridad nacional y la cadena de suministro», afirmó, según la cadena.
En segundo lugar, una vez identificados los «riesgos», comienza la campaña de miedo. En una entrevista con la CNBC, Mike Cadenazzi, subsecretario de Guerra para la política industrial, sostuvo que «los chips, los sustratos y las placas de circuito impreso son vías de ataque para un posible actor malintencionado». Finalmente, llega el peor de los escenarios: una placa comprometida podría significar el «mal funcionamiento de un misil en vuelo», alertó Cadenazzi.
Sin duda, eso suena inquietante, pero hay un problema evidente: la afirmación no está respaldada por absolutamente ninguna evidencia; al igual que en el caso de imputaciones similares anteriores, se trata de pura especulación, inventada de la nada. Si este peligro es tan grave como se argumenta, ¿por qué un alto funcionario de defensa estadounidense lo difunde al mundo entero a través de los medios de comunicación, en lugar de abordarlo discretamente? ¿Podría tratarse de otro intento con motivaciones políticas para tomar medidas drásticas contra otro sector chino?
Este guion nos resulta demasiado familiar. Cada vez que Estados Unidos se ve perdiendo terreno en la competencia del mercado abierto, la «seguridad nacional» deviene mágicamente en la llave maestra para solucionar el problema.
En los últimos años, hemos visto el mismo patrón con los equipos 5G de Huawei y los vehículos eléctricos (VE). Tan pronto como China demuestra una capacidad seria en un rubro, Washington lo eleva a «amenaza para la seguridad nacional». El verdadero temor, al parecer, no es ninguna «amenaza» potencial de esos productos, porque no hay pruebas de ello; se trata del rápido ascenso de China en la fabricación avanzada y la integración de la cadena de suministro. Y Washington solo amplía sus objetivos, pasando de los chips de alta gama a las capas que los sustentan: encapsulados, sustratos y placas de circuito impreso.
El declive de las placas estadounidenses es el resultado de décadas de su propio vacío industrial. Los altos costos laborales, la escasez crónica de trabajadores calificados, los ecosistemas débiles de la cadena de suministro y la intensa competencia global han hecho que la relocalización sea mucho más difícil de lo que admiten los políticos, según diversos informes. Ignorar la raíz del dilema mientras se busca rebobinar la globalización con las palabras mágicas «seguridad nacional» es sencillamente ingenuo.
La Ley CHIPS y de Ciencia ofreció una lección. A pesar de los cientos de miles de millones en subsidios destinados a reactivar la fabricación estadounidense de semiconductores, los resultados han sido decepcionantes. Las nuevas plantas se retrasan, los costos son mucho más altos de lo esperado y muchos proyectos luchan contra la escasez de mano de obra y la carencia de habilidades, según reportes de los medios. La idea de que el mismo enfoque funcionará para las mencionadas placas reta la credibilidad
Durante años, las empresas estadounidenses se han beneficiado de la industria china de estas placas de bajo costo y alta eficiencia lo que ayudó a impulsar el auge de la electrónica de consumo, el crecimiento de la IA y, en cierta medida, la producción de material de defensa. Ahora, de repente, esa misma cadena de suministro es una «amenaza». Cuando la globalización sirve a los intereses de Washington, los brazos están abiertos; cuando no lo hace, es un peligro para la seguridad. Estados Unidos juega un doble rasero como un profesional.
La realidad sigue demostrando que el proteccionismo no descarta al competidor como se pretende, sino que a menudo acelera su innovación. Después de que el Gobierno de Estados Unidos cortara el acceso de Huawei a chips avanzados en 2020, muchos analistas occidentales indicaron que el despliegue de la 5G en China se estancaría. Por lo contrario, esta duplicó sus estaciones base en 2021 y sigue avanzando a pasos agigantados. Sin mencionar que la firma ha presentado recientemente la Ley de Escalado de Tau, marcando una nueva dirección en el diseño de chips.
En esencia, este uso repetido del pretexto de la «seguridad nacional» tiene poco que ver con la seguridad. Se trata de aferrarse a una hegemonía tecnológica en crisis, proteger las ganancias corporativas arraigadas y frenar el avance industrial de China a toda costa. Cuando un país comienza a ver los logros de otro como una amenaza, revela menos sobre su fortaleza que sobre su creciente inseguridad. El problema real no son las placas descritas, sino una superpotencia que teme la competencia leal.
La verdadera fortaleza proviene de la competencia abierta, no de barreras artificiales. El ramo de los vehículos eléctricos chinos ofrece un ejemplo convincente: al dar la bienvenida a rivales de peso como Tesla, favoreció la innovación nacional y produjo autos que ahora brillan por su calidad y tecnología en el mundo. Las sanciones no traen consigo el dominio; el mercado sí, pero solo si te lo ganas.
