Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation
Queridos lectores, no les voy a decir que la IA no es neutral, porque estarán hartos de escucharlo y ya lo tendrán integrado en su concepción del mundo (espero). Es una de las cosas que ha destacado León XIV en su encíclica. No es que Magnifica humanitas diga nada nuevo, la noticia está en que un Papa denuncie el peligro de la tecnología que no está al servicio del ser humano. Un movimiento de ajedrez más en el tablero de tecnológicas que se arriman al poder (en este caso, religioso).
Ver lo bien que se entienden el fundador de Anthropic y ex de Open IA, Christopher Olah, y el Santo Padre es algo así como la contrapartida al lado oscuro de la Fuerza que representa Elon Musk celebrando la investidura de Trump. O Jeffrey Epstein subvencionando uno de los pilares de la investigación tecnológica de Occidente, el Media Lab del Massachussets Institute of Tecnology, en su obsesión por la mejora genética humana con tintes eugenistas. El infame empresario compartía su manía transhumanista, por cierto, con Musk y con científicos como el fallecido padre del genoma humano, Craig Venter.
Pero no nos dejemos engañar por las luces de neón del espectáculo. Entre pitos y flautas, los que tenemos que seguir lidiando cada día con esa inteligencia artificial que no está claro que esté creada en nuestro beneficio somos el público, la gente de a pie. Tenemos que usar WhatsApp porque es la única forma de estar en el grupo de padres del colegio o de quedadas de amigos, aunque la preocupación por la seguridad y la privacidad ya está llevando a muchos gobiernos europeos y a la administración de la UE a reemplazar esta plataforma en los despachos oficiales.
Parece que tampoco nos queda otra que seguir usando el buscador de Google, aunque de repente haya empezado a funcionar en modo IA sin pedirnos permiso. El nuevo Google ofrece una síntesis de lo que su algoritmo busca en internet por nosotros, para ahorrarnos la engorrosa tarea de pensar. Si nos descuidamos, el algoritmo acabará preparándonos la cena (que más nos convenga).
Sin embargo, un pobre chatbot –que es en lo que se ha convertido Google– no puede reemplazar las cualidades intrínsecas de la interacción humana: reciprocidad auténtica, reconocimiento del otro y manejo del conflicto… detalles necesarios para entender la realidad que nos rodea y que ayudan, por ejemplo, a reconstruir lo que no se ve en una noche de niebla en la carretera, algo en lo que el cerebro humano sobrepasa con mucho a la visión computerizada de los coches autónomos.
Los fallos de los algoritmos de aprendizaje automático pueden ser tonterías, sesgos de nada, o tener un impacto mucho mayor. Por eso, el Parlamento Europeo ha votado en contra de Chat Control, un proyecto que pretendía escanear nuestros mensajes privados en busca de abuso sexual infantil y que comete garrafales errores de valoración (aparte de saltarse a la torera nuestro derecho a la privacidad).
Es verdad que la IA puede hacer muchas cosas mejor que las personas, sí, como reconocer una imagen falsa o manipulada… aunque también muchos animales ven mejor que nosotros. No olvidemos que, si hablamos de humanos, “nuestra debilidad sensorial y nuestra grandeza cognitiva son dos caras de la misma moneda evolutiva”.
Seguiremos informando.
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– ref. La selección: ver menos para entender más – https://theconversation.com/la-seleccion-ver-menos-para-entender-mas-284113

